No lo vamos a quemar al hombre con mucho dato; no sea cosa que aún viva y lo vayan a visitar sus bien adoctrinados y envalentonados colegas de hoy, calientes por la “descomunal traición” del pasado…
No sea cosa que lo premien al hombre con un allanamiento de padre y señor mío y unos soberbios picanazos retroactivos, queriendo hacerle cantar alguna “información clave”. O, sencillamente, humillarlo.
(En este caso la palabra “hombre” sí que está bien empleada).
Tampoco vamos a cometer el ridículo desliz de insinuar siquiera que en este caso se trata de aquello de que para muestra basta un botón, haciéndonos eco de las descabelladas ensoñaciones que esperan de las fuerzas represivas, en momentos límite, un pasarse a las filas del pueblo y de la revolución, “porque ellos también son pueblo”…
Se trata, en realidad, de todo lo contrario; de un botón que es la antítesis misma del de la muestra.
Capaz que el bien anónimo protagonista de estos renglones todavía vive y es un viejo cuenta-cuentos, de esos cuentos a los que hay que darles cierto color vivificante -para hacerlos más emotivos y como con cierta moraleja-, dirigidos a unos nietos atentos y admirados que jamás olvidan las cuitas confesadas tardíamente por un abuelo o una abuela con una vida llena de aventuras y enseñanzas que aún oídas en la más tierna infancia, en general las asimilamos recién a nuestra propia hora del cuenta-cuentos a unas nietas o unos nietos que nos miran con ojos grandotes como bochón de a medio y sin moverse de al lado nuestro.
El Hombre (pongámosle mayúscula; se lo ganó) era comisario, ya jovato, medio pasado de edad como para estar todavía de servicio y con mando directo.
Revistaba durante la noche y buena parte de la madrugada en una de las veinte y pico de seccionales policiales “trabajando al mango” en el lúgubre Montevideo que acababa de ser invadido por la infeliz milicada montada en el potro desbocado, pizarrero y asesino de un fascismo de estreno en el difícil arte oligárquico-burocrático de tener la sartén por el mango para afanar tranquilito y sin que nadie te codee.
Su porte no era muy distinto al de los milicos de las aventuras de Patoruzú o algo parecido: gigante y barrigón, bigotes a los Pepe Batlle, gorra metida hasta las cejas, bien sobada, con un millón de lavadas encima y aún así dándole cierta prestancia de “autoridá del pueblo”…
Un perfecto “Capitán Cañones” o tal vez un insólito “Comisario de Cerro Mocho” tan real y gritón como el mismo querido e inolvidable Roberto Barry del personaje homónimo (atenti los más jóvenes: busquen todo lo que puedan de este querido, auténtico y genial humorista radial, viviseccionador sin par del decadente Uruguay del medio siglo XX).
A unas pocas cuadras de la comisaría de nuestro Hombre, estaba, ocupada por sus laburantes apenas se oyeron los primeros acordes de la marchita botona anunciando el golpe, la planta de la filial de una de las multinacionales que ya venían hacía rato pisando fuerte en territorio oriental, pretendiendo desconocer por completo normas laborales, leyes, sindicatos y todo lo demás que se le pareciera, con la anuencia y el amparo del PACHECATO Blanqui-Colortado con viento en la camiseta.
Por supuesto que el nuevo “superior” gobierno comandado por Bordaberry (no Pedrito, claro) ya había tratado de desalojarlos y ficharlos uno por uno para encanutarlos y, de pronto, someterlos a la “justicia (¡!) militar” y terminar en El Cilindro o “Libertad”.
Pero no pudo ser; los trabajadores habían cerrado los pesados portones de hierro a cal y canto, aun a sabiendas de que los víveres que tenían no daban para resistir muy prolongadamente que se dijera…
Pasaron las dos primeras jornadas del golpe y de la huelga general con la toma de innumerables centros de trabajo y miles de heroicas trabajadoras y heroicos trabajadores ocupando resueltamente.
A partir de la tercera jornada y durante todo el tiempo que duró la resistencia en los centros ocupados, ocurrió el “milagro” de este cuento que no es cuento:
Noche a noche, sin faltar ni una sola, el comisario de marras, a los gritos, daba la orden a dos subalternos de aprontar la camioneta y salir con él hasta la planta ocupada a pocas cuadras, “para ver qué están haciendo estos civiles en desacato” y tal vez poder ficharlos uno por uno…
Todo ocurría con absoluta aparente “normalidad”: los miliquitos aprontaban sus cachiporras, se ponían las gorras, y cuando se disponían a meterse en la camioneta, el comisario les decía: “Mejor Uds. quédense, hacen más falta aquí; yo me doy una vuelta sin bajar y asunto arreglado. Cualquier problema los mando buscar, ¿ta?...”.
Enfilaba manejando hacia la planta, frenaba de culata sobre una pequeña puerta lateral muy a oscuras, pegaba un leve bocinazo, y enseguida un par de ocupantes se asomada oteando a los cuatro costados, muy en silencio y con cierto nerviosismo, apenas susurrando un “Gracias, Hermano…” que parecía demasiado poco al lado de lo que el botón que no sirve pa la muestra, les “ordenaba” que bajaran del vehículo policial, todas las noches…
Todas las santas noches en las que religiosamente, militantemente, heroicamente también, les llevó su olla de comida caliente, muy grasienta y muy picante, de mucho fideo y mucho arroz y mucho boniato, y algo, un poco, de carne de la que sobraba del afane cotidiano de los “altos mandos del proceso cívico-militar” de flamante estreno de gobernantes y de represores con un campo orégano como el que nunca antes habían tenido, ni siquiera en la dictadura de Terra de 1934.
En la planta de la multinacional ocupada, no se almorzaba; apenas se mateaba todo el día con las orejas metidas en la “Hitachi” y la “Spica” a la espera de novedades sobre el tenebroso capítulo de la historia oriental que acababa de empezar y que duraría más de una docena de larguísimos y durísimos años todavía no muy bien contados en los libros, y que, cuando la cuenten bien, una página al menos recordará este gesto enorme de humanidad enorme, para el que no hay ni habrá nunca una nueva charretera ni un ascenso militar post mortum con que reconocérselo.
En la planta ocupada no se almorzaba, pero sí se cenaba un guiso gordo y polentudo llevado sin bombos ni platillos por un Hombre de Pueblo para el que el mejor reconocimiento, es, sencillamente, la palabra Compañero.
Gabriel –Saracho- Carbajales,
Montevideo, 27 de junio de 2012.