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CRISELDO VIERA

 

L a estancia tenía, además del campo de las casas,  una pequeña chacra de 20 cuadras, el campo de las “ochenta”, (así le decíamos por tener ochenta cuadras), el campo del “medio” con unas 200 cuadras, y el campo del “fondo”, que tenía 500 cuadras. Solo había un pequeño monte de sauces, junto al arroyo, en el campo de las casas. Lo demás todo pelado.

De tanto andarlo, no había piedra ni barranca que no conociera al dedillo. En los pedregales del campo del fondo, me gustaba investigar. En ese lugar,  mi imaginación volaba imaginándome a los  charrúas en esos lugares.

 Me preguntaba cómo se verían las cosas por esa época. Busque mucho, pero nunca encontré ninguna evidencia que hubieran pasado por ahí. O quizás no supe verlas. Suele ocurrirnos en la vida que busquemos respuestas sin saber formular preguntas.

 Lindero a la estancia por el oeste, se ubicaban los campos del tambo. Unas 400 cuadras, divididas por la carretera. En realidad eran dos tambos.

Cuando por alguna circunstancia mi madre se quedaba sin leche, ya sea porque se le había cortado o, como ocurría muy a menudo se le había quemado,  me mandaban al tambo grande, con un tarro grande y alargado de aluminio, a traer el vital elemento.

Ese trayecto recorrido tantas veces, tendría una importancia vital para mí en el futuro.

Una vez me dijo un compañero, que la forma de defenderse contra los efectos del PENTOTAL, era imaginar una situación vivida, como si estuviera ocurriendo en el momento que te lo inyectan. Supuestamente, al preguntarte algo, solo contestas lo que estás pensando. Nunca comprobé si esto era real, pero siempre lo tuve presente.

 Ocurrió que durante los interrogatorios sentí que me inyectaban algo con una jeringa. Recordé mi plan y comencé a  imaginar el camino que hice tantas veces al tambo a buscar leche. Pero desde el principio, desde que mi madre me decía: “agarrá la petiza para ir a buscar leche al tambo”.

Después venía todo lo otro: ensillar, llamar a los perros, abrir la portera, visualizar todos los detalles del caminito, los pastos, las piedras, el trotecito de la petiza, los arroyos, etc. Me llevaba casi media hora. Y así lo hice.

Nunca sabré si lo que me inyectaron fue PENTOTAL. Tampoco si todo esto funciona,  pero…!déjenme creer que gané esa carrera!

La experiencia me fue confirmando que solo en la disposición de “dar pelea” está el triunfo…..aunque se pierda.

O como dice Sun Tzu “hay que ganar las guerras, antes de empezar la batalla”.

Las verdaderas  batallas, las que de verdad cuentan, se libran dentro de uno mismo

El sábado, era un día especial.

Todo comenzaba cuando mi madre me pedía que llevara ramas para el horno.

¡Señal de amasijo!

Las juntaba en la leñera y las iba colocando dentro del horno, que estaba detrás de la cocina de los peones. Esto me agradaba mucho. Sobre todo cuando encendía el fuego. Ese era mi premio.

Luego iba a la cocina donde mi madre ya había comenzado a amasar. Ponía un montón grande de harina en una mesa, le hacía un hueco en el medio, donde ponía sal, levadura y agua. Muy suavemente empezaba a arrimar harina hacia el centro, donde  empezaba a formarse la masa. A veces me dejaba ayudarla. Cuando se mojaba toda la harina, empezaba a amasar.

Yo observaba, con mis ojos asombrados, como se iba transformado ese montón hasta formar algo maravilloso.

 Totalmente  diferente del inicio. Luego ponía esa enorme masa en una caja grande de madera, que tenía dos manijas de cada lado. Lo tapaba con una frazada especial, y se dedicaba a otras tareas.

 Yo tenía totalmente prohibido levantar la frazada, pero cuando mi madre no me veía, lo hacía suavemente….y ¡observaba algo maravilloso! La masa original, se iba hinchando, e hinchando, hasta triplicar su tamaño. Cuando mamá me descubría, me retaba, porque decía que “no dejaba leudar la masa”.

Pero… la tentación era muy grande, y el daño no debió ser demasiado, ya que nunca se estropeó el amasijo.

Luego de un tiempo prudencial  y de comprobar que la masa estaba a punto, empezaba a formar los panes, todos iguales, y los iba poniendo en una mesa pequeña, donde los tapaba con la misma frazada que puso a leudar la masa.

El último pan, era pequeño y mi madre le hacía una cruz y lo guardaba en el armario. Nunca supe porque. Después de todo este ritual, venía la parte linda.

¡Mi madre me decía que prendiera el fuego!

 Durante un rato estaban las ramas ardiendo, hasta que mi mamá me decía que me retirara un poco.

Sacaba las brasas que quedaban con un gancho chato y limpiaba el horno con un estropajo de bolsa mojado. Y para comprobar la temperatura, ponía con la pala un trozo de papel en el centro. Si se quemaba, volvía con el estropajo mojado, una y otra vez, hasta que el papel se carbonizaba, ¡pero no se quemaba!

Para mi madre era la temperatura óptima para cocinar el pan, para Ray Bradbury,  era el título exacto para su libro “FAHRENHEIT 451”, la temperatura que se quema el papel.

Luego que colocaba todos los panes ordenados en el horno, cerraba la puertita con una chapa, y ponía un despertador (no sé cuánto tiempo). Cuando sonaba el reloj, sacaba los panes hacia la mesa, y ¡cosa maravillosa! …eran todos iguales.

Máximo Gorki los llama “Karavai” en algunos de sus cuentos.

El trabajo estaba terminado.

Pero no para mí.

Era costumbre de mi madre, enviarle dos panes a la vecina, la Sra. de Micheltorena. Allá iba yo con la maleta cargada con panes, que aún despedían un aroma exquisito.

La estancia de Micheltorena, era nuestro vecino inmediato. Yo diría el único, porque en todo el horizonte por los cuatro lados no se divisaba ningún otro. Las casas estaban cerca, y se iba por una calle que empezaba en la portera de nuestra estancia.

Un kilómetro más o menos. Ataba la petiza en el alambrado y caminaba unos 50 metros, donde ya me esperaba “la señora de Micheltorena”. . Esta tarea me agradaba mucho, ya que ahí vivía “el vasquito”. Tenía mi edad, más o menos, y era hijo único.

En ese lugar vivían, además del padre y la madre, el peón que se llamaba  Quintero. Pero había otro personaje que por esa época yo no le presté mucha atención, porque hablaba muy poco. Se llamaba Criseldo Viera.

Era muy viejo y su pelo era blanco como la nieve  Caminaba encorvado y muy despacio. Creo que  nunca me dirigió más que un “como le va amigo”. El vasquito tampoco le prestaba mucha atención.

Nos íbamos a la parte de atrás de las casas, donde había unos naranjos altísimos. Hubiera sido fácil bajar las naranjas con un gancho, pero preferíamos subirnos hasta la copa para bajar las más maduras. Llenaba las maletas con naranjas y además  la señora siempre me obsequiaba con dulce.

Mirando todo esto en perspectiva, reflexiono como la mayoría de las veces,  lo esencial nos pasa desapercibido.

Porque de todo lo que acabo de relatar, lo más importante por el  resto de mi vida,  no sería el pan, ni el vasquito ni el dulce de naranja: era Don Criseldo.

Lo supe precisamente una semana o dos antes de las elecciones de 1958.

Era un día de mucho calor, y mi padre acostumbraba al levantarse de la siesta de verano, ir a sentarse debajo del ombú, que le proporcionaba una sombra fresca.

Yo andaba por ahí, cuando sentí a mi padre que decía “aquel que viene allá es don Criseldo, y viene a pedirme que lo lleve a votar”. Precisamente, venía en su caballo viejo, al tranquito. Le pregunté cómo sabía que venía a eso, a lo que me contestó: “y a que otra cosa va a venir”.

Cuando llegó, saludó y esperó que lo invitaran a bajarse. Mi padre me mandó a buscar una silla para el visitante, e iniciaron  una charla, como se acostumbra en el campo: el tiempo, las novedades, el calor…y. como quien no quiere la cosa,  se fue entrando en el tema que más le importaba a mi padre: los recuerdos de don Criseldo de la guerra con Aparicio. Así me vine a enterar que  fue uno de los cuatro que llevaron a Saravia cuando lo hirieron en Masoller.

Desde 1897 hasta 1904,  estuvo “en todas”. Y nunca recibió un tiro ni un lanzazo. El comentaba esto con mucha modestia: “casualidades que se dan”. Y no sería por evitar situaciones, ya que cuando necesitaron “cuatro hombres de confianza” para una tarea muy delicada, uno fue él. Nada menos que sacar a Saravia herido de muerte.

 ­-¿Cómo fue cuando lo llevaron don Criseldo?

-Estaba en el frente, aguantando el fuego con mi división, cuando un coronel me tocó el hombro y me dijo: “rubio, sígame”.

Así me decían por esa época,  Lo seguí y fuimos hacia la retaguardia, donde estaba el Estado Mayor. El llegar a la carpa del General, me dijo: “consiga dos lanzas fuertes, un maniador y cojinillos para hacer una parihuela. No supe quien era el herido hasta que lo vi. Yo no lo podía creer: ¡el General estaba herido!

Estaba muy dolorido, y con los ojos semicerrados. En ese momento vi que venían tres compañeros más. Uno de ellos era mi primo. El coronel nos dijo que había que sacarlo sin que nadie lo viera.

-¿Cómo lo hacemos? La gente no puede verlo herido”, nos preguntó.

Propuse sacarlo por un zanjón que pasaba casi en medio del tiroteo, así nos evitábamos que algún “comedido que quisiera ayudar” nos estropeara la tarea.

Dicen que había 14.000 hombres de nuestro lado, por lo que sacarlo no iba a resultar tarea fácil. El general perdía mucha sangre, por lo que el Coronel nos dijo que apuráramos la cosa. Armamos la parihuela con el maniador y pusimos los cojinillos para que estuviera más cómodo. Lo acostamos encima, muy despacio y lo tapamos con un poncho grueso para que nadie lo viera. Sólo los cuatro íbamos con él.

 Para llegar al zanjón, casi llegamos al frente, donde estaba el combate más fiero.

Por momentos chiflaban  las balas por encima, y nosotros para evitar que nos dieran, avanzábamos agachados. El General emitía pequeños quejidos cuando tropezábamos. Así anduvimos como una hora, hasta que llegamos al charré en el que nos esperaba el Coronel, como habíamos convenido. El mismo se hizo cargo de las riendas. Me dijo: “Rubio venga conmigo y ayúdeme”. Así lo hice, y sentamos al General cubierto con el poncho, pero ya con la cara descubierta, dejando el cojinillo en su espalda. Ese cojinillo con la sangre del General, me acompañó años, hasta que se me desapareció un día. Fue mi mayor pérdida. ¡Capaz que me lo llevó algún perro…vaya uno a saber!

 Así llegamos después de mucho andar a una Estancia del otro lado de la frontera. Lo estaban esperando. Yo me iba a volver, cuando el coronel me dijo: “quédese… por cualquier cosa”

En eso llega el coronel Nepomuceno, hijo del General, y me pregunta:” ¿Dónde está?”.

Lo acompañé sin decir nada hasta adentro, donde el General estaba acostado, con dos médicos al lado de la cama. Había otras personas observando. Nepomuceno esperó en silencio un largo rato, hasta que los médicos se retiraron un poco. Se acercó despacio y le preguntó: ¿precisa algo, mi General?

El, entreabrió los ojos, y negó con la cabeza. Nepomuceno le dijo entonces, “con su permiso, me retiro mi General, porque mi división está peleando”. El General asintió con la cabeza.

Se fue sin más, con la cabeza gacha.

Este instante de supremo dolor,  fue captado por el escultor de la tumba  de Saravia, en la avenida principal del cementerio del Buceo, y  siempre me pregunté si le habrían dicho que uno de ellos era don Criseldo Viera. ¡Seguramente no!

Pero yo sé que ahí estaba, con su lealtad a toda prueba. Aparicio también lo sabía. ¡Eso sí importa!

Yo escuchaba todo esto como hipnotizado. Había escuchado muchos relatos de la guerra de Aparicio, y conocí a varios que habían estado,  Nunca me impresionaron. Pero resulta que  ese viejito, ¡había estado con Aparicio!

Creo que eso cambió mi vida. Porque en lo sucesivo, cuando iba a la estancia de Micheltorena, lo más importante sería hablar con don Criseldo. A veces se daba y a veces no. Y creo que vale la pena hacer un relato particular de esas charlas (o lo que me acuerdo).

De tardecita, cuando don Criseldo se iba, mi padre me dijo: “vaya a buscarle el caballo a don Criseldo”. Yo me acordé que mi padre había dicho, que le venía a pedir que lo lleve a votar. ¡Se equivocó!, pensé para mí.

¡Los niños disfrutan mucho cuando los mayores se equivocan!

Don Criseldo montó en su caballo viejo, y cuando ya iba a pegar la vuelta, dice: “Ah don Rafael, casi me olvido… ¿no le molesta arrimarme hasta Florida para votar el domingo que viene? ¿Sabe qué pasa? ¡Capaz que viene algún maracaná de esos que usted sabe, y… no gusta  que me anden mostrando! …usted sabe”.

Fue mi primer ejemplo de DIGNIDAD

Después de esto, fueron muchas las veces que pude escuchar a don Criseldo. Algún domingo que venía de visita, o cuando yo iba a por naranjas. Sus relatos me atrapaban por completo, y no perdía ni una palabra. Recuerdo muchas cosas, no sé en qué orden, pero apelo a la benevolencia de algún ocasional lector, (por cuanto ya pasaron cincuenta y pico de años de todo esto) para soportar todo como si fuera de una vez

Había algo que me atrapaba de don Criseldo: ¡sus manos! Eran grandes y huesudas, surcada por venas enormes. Me las imaginaba empuñando la lanza o el sable en tantos entreveros. Un día me animé y le pregunté:

-¿Estuvo en muchos entreveros, don Criseldo?

Me observó un momento, y cuando ya dudaba que me contestara, dijo despacio…

-En algunos estuve. ¿Por?

-Porque estuve pensando…,  un suponer…, usted está en un entrevero ¿no?… ¿no tiene miedo que lo lanceen de atrás?

-¿Y quién lo va a pinchar de atrás?

-Y…algún enemigo, digo yo.

Me observó un rato, y vi que buscaba las palabras. Noté como se fue transformando, cuando me dijo muy enojado:

-¡¿Pero cómo se le va a ocurrir mi amigo?! …Pinchar de atrás!....¡No mi amigo, se mata de frente si tiene que matar!....!Pinchar de atrás!…!parece mentira!... ¡a quien se le va a ocurrir!

Se levantó  y se fue murmurando. Muy enojado estaba, y yo no sabía por qué…

Es que en sus códigos, ni siquiera podía imaginar la cobardía

Fue la primera lección de ÉTICA

Una vez le preguntó  mi padre:

-¿Cuál fue la peor de todas don Criseldo?

¡Ah…la peor fue Paso ‘el Parque… por lejos!

-Y ¿cómo fue?

-Estábamos acampados en el Paso, del lao de la playa, porque se sabía que el enemigo estaba lejos. Habíamos aprovechao para arreglar las garras, y lavar la ropa en el arroyo…todas esas cosas. Estábamos tranquilos. El enemigo andaba lejos.

El General había mandado una descubierta, por las dudas, a vichar la zona. No había pasado mucho rato, cuando volvieron  a galope tendido. Yo estaba cerca de la carpa del General, y me arrimé a ver qué pasaba, ya que sabía bien que a él no le gustaba que se galopiara al pedo. ¡Había que cuidar los caballos!

Me acerqué despacio y vi que el compañero que comandaba la descubierta le dice sin bajarse del caballo: “¡el enemigo se acerca!”.

 El General se enfureció:” ¡cómo va a ser el enemigo, si el último parte lo hace por Canelones! ¡Vaya a confirmar  que debe ser una avanzada! ¡Y rápido carajo!”. Las órdenes se cumplían a rajatabla, ¡y más si las daba el General! Montaron y salieron nuevamente, pero no demoraron mucho: ¡volvieron más rápido todavía! El General, que se había quedado intranquilo, los estaba observando:

¡El grueso del enemigo está cerca mi General!  Pero no tuvieron que explicar nada, ya que en todo el horizonte si veía negrear  la caballada del Gobierno”

¿Qué había pasado?

 Aparicio era famoso por la rapidez  que movilizaba la caballería, lo que le posibilitaba caer siempre de sorpresa. Las filas del Gobierno eran muy lentas, ya que transportaban cañones y artillería pesada. Se trasladaban en tren, pero cuando lo hacían por tierra, eran muy predecibles. Sus desplazamientos eran siempre previstos por la astucia de Aparicio.

Pero esa vez, se la jugaron bien. Dejaron los cañones y la infantería, y sólo movilizaron la caballería. 

Era la primera vez que lo sorprendían

-Ahí nomás se dio la voz de alerta, ¡había que salvar las carretas del Parque! Se uñeron  los bueyes rápidamente, mientras el mismo General disponía fila de tiradores para proteger el parque (municiones) mientras lo pasaban al otro lado del arroyo, donde podrían defenderlo mejor. Los tiradores no tenían protección alguna, ya que después de la arena, venía el campo liso, pero apenas el enemigo estuvo a tiro, empezaron las descargas. Como el pasaje de las carretas se demoraba, el mismo General agarró una picana y se puso a ayudar.

Me parece que lo veo: con una camisa blanca remangada, parecía un demonio. Apenas pasaba una carreta, volvía por otra. Las balas chiflaban alrededor de nosotros, y por un momento miré hacia la fila de tiradores, y …no lo podía creer… ¡había quedado el tendal! El General gritó que ocuparan el lugar de los muertos, y siguió picaneando. Si caía el parque, era la derrota. Cuando pasó la última carreta, dio orden de replegarse, y ya ordenadamente, se inició la retirada.

El General no se movió de la línea de tiro, y cuando pasó el último hombre, alguien gritó: “que viva el General Saravia”. El lo miró furioso y le contestó: “no me viven, porque a esos los maté yo” dijo señalando a los caídos.

Y…!no lo va a creer!,  ¡la arena se había vuelto roja con la sangre de los compañeros! Ahí quedaron  como cuatrocientos”

-¿Qué pasaba con los que desertaban, don Criseldo?

-Se fusilaba nomás. Una vez llamaron al General porque un chiquilín que había desertado, quería hablar con él.

-¿Hablar conmigo?, ¿y pa qué?

- Dice que es hijo de un compadre suyo.

 De mala gana fue hasta el lugar donde estaba el desertor.

-“Que le pasa mi amigo?” Era un muchacho que no tenía ni dieciocho años y estaba llorando.

-“Me van a fusilar mi General”. El General lo miró un rato y le dijo:

-Pero usted sabía que no se puede ir, mi amigo, ¿porqué lo hizo?” 

-“Tuve miedo a las balas, mi General”.

El General se acercó un poco más y le dijo con bondad, suavemente:

-No mi amigo, no  hay que tenerle miedo a las moras,  ¿sabe una cosa?  La que está pa uno, está pronta desde la fábrica.

 Le voy a contar algo: cuando estuve en el Brasil, con mi hermano Gumersindo, sucedió que nos dieron una paliza bárbara y nos tuvimos que retirar, dejando muertos y todo. Íbamos de retirada ¡alto ·el suelo!, y al cruzar una altura, como a dos kilómetros de la retaguardia, encontramos a un compañero muerto.

Estaba boca abajo, con un tiro en la nuca. ¿Qué me dice?, ¡le tuvo miedo a las moras, y una  no lo dejó ir!  No hay que tenerle miedo al miedo mi amigo, porque más miedo le da.”

El muchacho miraba al suelo, y asentía con la cabeza, pero no tenía consuelo.

El General se acercó, le puso una mano en el hombro y le dijo: “acá estamos todos jugaos, mi amigo. ¿Usté me promete que no dispara más? El levantó la cabeza, esperanzado y contestó: “sí mi General”.

El General dio la vuelta y salió caminando. Al pasar le dijo al custodio:   “que pase a arresto a rigor”. Y se fue a su carpa.

Don Criseldo Viera, murió en  1959. Yo estaba en el colegio en Montevideo cuando me enteré, y quedé muy triste.

Vinieron personas muy importantes del Partido Nacional al velatorio, y en el entierro había muchos remises. Me contó mi madre que comentaban los vecinos: “le hubieran dado la plata del entierro a él, que era tan pobre, pero se la gastaron en autos”.

Siempre supuse que estaría enterrado en el Panteón del Partido Nacional, por lo que no hace mucho, fui por la sede en  la plaza Matriz, a averiguar. Me dijeron que el Panteón era el 480 del Cementerio de Buceo. Hasta ahí fui.

Me llamó la atención que sobre la loza, decía con letras grandes: APARICIO SARAVIA. Yo sabía que el Panteón de Saravia antes que lo llevaran a Cerro Largo, estaba no lejos de allí, por lo que entré a preguntar. Resulta que fue el lugar en que pusieron el cuerpo de Saravia hasta que le hicieron otro, con esculturas y todo.

¡Qué lástima! Saravia tiene tres Panteones y  Don Criseldo  ¡quién sabe si tiene uno!

¡Cosas que pasan!, diría él.

No hace mucho tiempo, en mi oficio de taxista, tuve la oportunidad de llevar a Carlos Julio Pereira. Muy campechano él, se sentó adelante conmigo. No resistí la tentación de comentarle esto.

-“¿Criseldo Viera?, me dijo, ¿como no lo voy a conocer? 

Me dijo que su padre había estado en la batalla de Paso del Parque, ”la más sangrienta de todas”.

-¿Y usted por qué lo busca? me preguntó.

Le dije que yo lo quería mucho y que simplemente quería estar un rato al lado de su tumba.

-Quien sabe donde lo habrán llevado, ¿Por qué no pregunta en el cementerio de Florida?

No hablamos mucho más porque el viaje fue corto

Espero que alguien que lea esto, pueda indicarme donde están sus restos.

Para mi sigue siendo algo esencial