Fabián Harari
- El Aromo n° 74: "Cambio de modelo"
“Quiero llegar tranquila a 2015”, dijo Cristina en Tecnópolis, frente a empresarios, sindicalistas y gobernadores. La frase no fue tapa de ningún medio, ni oficialista ni opositor. Se eligieron otras, tal vez más urticantes o más épicas, según el caso. Pocos días después, en un rapto de indiscutible lucidez, Daniel Scioli aconsejó lo que sí llegó a titular destacado: “este gobierno debe terminar lo mejor posible”.
No se trata, entonces, de revertir los resultados de agosto, ni de “profundizar el modelo”. Hoy, tal como están las cosas, la obsesión es llegar lo más indemne posible a la próxima entrega del mandato, un horizonte que aparece peligrosamente distante, frente a un desgaste tan inminente y acelerado.
Fin De Ciclo
La magnitud y la naturaleza de la derrota no pueden ser medida solo en esos 27 puntos, a nivel nacional, que el Gobierno perdió en dos años (del 54% al 27%). Tampoco, en el hecho de haber sido derrotado en el principal bastión de la política nacional, la provincia de Buenos Aires. En el número pasado, anticipamos que en esta elección, Cristina había elaborado una campaña “pura”, es decir, con cuadros kirchneristas propios, con un lugar más bien secundario del PJ. Una forma de probar si podía llegar a perpetuarse (ella o algún sucesor) más allá del 2015. El resultado está a la vista.
No obstante, no se ha tomado en cuenta de que estamos antes la segunda peor derrota de un gobierno constitucional a mitad (o a fin) de mandato, desde 1983. El kirchnerismo obtuvo un porcentaje menor al de Alfonsín en 1987 y al de Menem diez años después. ¿Quién queda por debajo de la elección de Cristina? De la Rúa, en octubre de 2001, con el 23%.
El problema no es la cercanía al 27%, sino que todos los encuestadores están pronosticando una fuga de votos del oficialismo. Por lo tanto, el interrogante no debería ser por cuánto pierde Cristina, sino si se va a perforar el piso al que descendió la Alianza unos meses antes de su caída o no.
La elección plasmó no sólo la ruptura del Gobierno con las capas superiores de la clase obrera (Moyano, Micheli), que se profundizó con el pasaje de sindicalistas oficialistas a la oposición (Baradel, West Ocampo, Daer), sino también con la sobrepoblación relativa, que ya se había anticipado en los saqueos del año pasado. Provincias, en las que el presupuesto nacional aseguraba un caudal de votos, vieron descender los porcentajes a niveles impensados dos años antes.
Se perdió votos en bastiones como Catamarca (del 69% al 36%), Chaco (del 65% al 43%), Formosa (del 78% al 53%), Salta (del 64% al 19%), Tucumán (del 65% al 45%) y Misiones (del 67% al 47%). A estos casos, se suma la emblemática Jujuy, baluarte de la asistencia social, donde el kirchnerismo perdió más de 30 puntos (del 64% al 32%).
¿Por qué esta estrepitosa caída?
Hay un elemento económico: la aceleración de la crisis fiscal, que obliga a recortes en algún lado e impide incrementar la ayuda social. En dos años, estos problemas van erosionando los apoyos en forma creciente. No obstante, bien mirada, la elección anterior tampoco fue una muestra del poder omnímodo del cristinismo.
Como señalamos en su momento, en 2011, la oposición (Macri, Scioli, De la Sota), no se presentó. Además, la campaña fue soportada por el grueso del aparato del PJ. Las agrupaciones kirchneristas “puras” quedaron al margen. Las correcciones también toman en cuenta todo esto: se provincializaron las elecciones y La Cámpora y Unidos y Organizados desaparecieron del diseño de campaña.
Es interesante este primer balance: el fracaso de estas organizaciones muestra que la contención de la sobrepoblación relativa todavía se encuentra, mayoritariamente, en las instituciones tradicionales (gobernaciones, intendencias) y, por lo tanto, el kirchnerismo no ha conseguido la hegemonía de las estructuras bonapartistas de cooptación.
Hay un dato más, que pocos notaron (y quienes sí, lo hicieron para sacar conclusiones risibles): ninguna fuerza política sumó, a nivel nacional, mucho más que el gobierno.
Todo el peronismo disidente, suma el 23%. Si le sumamos al PRO, obtenemos el 28%. La suma del espacio radical-Carrió-Pino es del 21%. En otras elecciones de mitad de mandato, la caída del Gobierno tenía su repercusión en el ascenso de algún opositor. Aquí, el escenario es disperso. Hoy por hoy, entonces, a nadie le conviene una crisis política.
¿Contraataque O Resignación?
Esta vez, los intentos del kirchnerismo de revertir los resultados han sido tenues. El impuesto a las ganancias no ha dado el resultado esperado en el humor electoral. Otras medidas “opositoras”, como el arreglo con los fondos buitres, en realidad ya estaban planificadas anteriormente. No obstante, el hecho más importante de estos días es algo más que “el giro a la derecha”: es la progresiva entrega del poder real al aparato del PJ. Un poder que, parece, va a compartirse. Osvaldo Granados fue una designación directa de Daniel Scioli, quien ya recibe la colaboración de De Narváez.
Duhalde admitió públicamente haberse reunido con Insaurralde y nadie hizo ningún escándalo. En Jujuy, se privilegia al gobernador por sobre Milagros Sala (quien no tuvo más remedio que mandar “a la mierda” al kirchnerismo). La CGT oficialista ya dio su veredicto: una interna entre Scioli, Massa y De la Sota.
La oposición peronista entendió el mensaje del 2009: para evitar un “contraataque”, hay que dejar de rezar para que bajen los precios de la soja y apurarse a tomar el control del aparato “desde adentro”. Así, una posible nueva bonanza va a encontrar a nuevos beneficiarios. ¿Cristina va a rendirse sin pelear? Parece que tampoco tiene demasiado margen. Una salida anticipada condenaría al kirchnerismo a compartir el espacio histórico con Alfonsín y De la Rúa, antes que con Perón.
Las Partes Y El Todo
En este marco, la verdadera preocupación de la burguesía, hoy día, es evitar una crisis política que no pueda controlar. Eso no quiere decir que ya estemos ante ella, sino que es una posibilidad cierta.
Si el Gobierno perfora el piso del 23% de De la Rúa, las comparaciones, aunque poco realistas, serán inevitables.
Los anteriores ciclos terminaron en una rebelión obrera general y -no debiera olvidarse- hace unos meses, la población salió masivamente a reclamar por sus condiciones de vida. Con todos los límites del caso, millones de personas, sin institución burguesa alguna que los contenga, ocuparon las calles y se manifestaron en los centros de poder. En el medio, un frente de izquierda obtuvo algo menos de un millón de votos.
En cambio, las variables zamoristas y reformistas (Marea Popular) han retrocedido estrepitosamente con respecto al otro fin de ciclo. Si para el 2001, Zamora obtuvo 130.000 votos sobre un padrón de 24 millones, en esta elección llegó a 62.000 sobre un padrón de 30. En 2001, el Polo Social logró 440.000 votos. Este año, Camino Popular y PODEMOS arañaron los 140.000.
Fin de ciclo, descontento generalizado, dispersión de la oposición, acción directa masiva e impacto de la izquierda.
Todas estas variables están, hoy, desconectadas. Pero están.
El grado de relación que se establezca entre ellas requiere de una acción política. Mientras se mantengan así, separadas, todo irá por los carriles tranquilos del régimen. Por eso, la burguesía interviene.
Ahora bien, este escenario ofrece también una oportunidad a la política revolucionaria. ¿Por qué no empezar ligando todos estos elementos en nuestro favor? ¿Por qué, en vez de plantearse una campaña por “la izquierda al Congreso” no se impulsa esa tendencia al reclamo y a la acción directa?
¿Por qué no se intenta movilizar a esos “caceroleros”, que no son otra cosa que elementos de la clase obrera?
En junio, más de un millón y medio de personas se manifestaron en un cacerolazo contra las condiciones de vida. ¿No podría el FIT aprovechar ese impacto electoral para convocar a otro, con consignas propias?
En medio de una campaña de baja intensidad, la sola propuesta de un cacerolazo nacional, colocaría al FIT en el centro del debate. Además, se mostraría como la única fuerza interesada realmente en la vida de la población, frente a las negociaciones en el PJ y la UCR, y, por último, como la verdadera oposición. Si se llegara a movilizar un 10% de esa gente, ya se habría logrado reunir al triple de personas que cualquier acto unitario.
Hay que plantear objetivos más ambiciosos que pedir un voto. Si quiere crecer, el FIT debe animarse a poner un pie en la historia.