Don BERNARDO PRUDENCIO BERRO nació el 28 de abril de 1803 en Montevideo, siendo sobrino y ahijado del Presbítero Dámaso Antonio Larrañaga. Luchó contra el Imperio de Brasil desde 1825. Un hermano suyo murió en Ituzaingó. Fue hijo del campo en Casupá y Mansavillagra. Juez y Ministro de Gobierno en el Cerrito, con Manuel Oribe. Senador después de la Guerra Grande. Ministro de Relaciones Exteriores con Fco. Giró (cuyo gobierno fue derrocado por golpe militar colorado).
Presidente de la República desde el 1º de marzo de 1860. Berro fue un defensor a ultranza del sistema republicano representativo. Luchó denodadamente por una educación laica, gratuita y obligatoria, hecho que finalmente llevó a cabo su sobrino José Pedro Varela Berro 15 años después. La moral pública y las buenas costumbres ciudadanas fueron eje para todas sus decisiones de gobierno. La neutralidad en política extranjera y el absoluto respeto por las soberanías de los pueblos estuvieron siempre presentes para preservar la paz amenazada por la codicia de unitarios argentinos (B. Mitre), el Imperio de Brasil y los colorados criollos. Tendió siempre una mano de concordia a todos los pueblos y amnistió a los levantiscos colorados que habían pasado a servir a Bartolomé Mitre, al frente de ellos, Venancio Flores.
No escatimó esfuerzos para desterrar viejos rencores partidarios, prohibiendo durante su gobierno el uso de las divisas, a pesar de su naturaleza blanca por antonomasia. Bregó incansable e inflexiblemente por la cultura y la formación masiva de nivel medio para los ciudadanos. Creyó siempre en las ventajas de un sistema de gobierno de descentralización municipal para todo el país. Enfrentó con valor las arrogantes exigencias de los gobiernos de Francia, Inglaterra y del Imperio de Brasil, quienes reclamaban por deudas contraídas por el gobierno colorado de la Defensa. Hizo valer la verdad, la razón y el derecho en su diferendo con la jerarquía de la Iglesia Católica local imponiendo la norma legal de los Patronatos. Su gobierno de paz y prosperidad -aún con la amenaza permanente de los colorados encabezados por Venancio Flores- fue reconocido incluso por destacados intelectuales colorados como Isidoro de María. Fue el primer presidente en tomar como prioritaria política de estado, la introducción del ferrocarril en Uruguay. Esta iniciativa como tantas, fueron abortadas por las salvajes tropelías que Flores en el interior iniciaba contra todo, incitando al odio y la violencia, invocando con infames e hipócritas pretextos, la llamada Hecatombe de Quinteros (fusilamiento de colorados levantiscos al mando del General Díaz durante el gobierno del también colorado Gabriel Pereyra al igual que Anacleto Medina, ejecutor del justo fusilamiento), la hipócrita y falsa defensa de la religión Católica (¡!), etc.
Berro fue un ejemplo de vida, de progreso y sana moderación, con la mano siempre tendida en pos de la concordia y el progreso. Pocas horas después del asesinato de Flores a mano del general colorado Goyo Jeta Suárez, su feroz y asesino competidor por el poder, fue Don Bernardo P. Berro tomado preso con un revólver y una lanza en sus manos. Después, un 19 de febrero de 1868, encarcelado en el Cabildo, fue cobardemente asesinado a golpes, tiros y puñaladas por los colorados, junto a varios de sus camaradas. Uno de los cabecillas criminales era hijo del mega traidor y genocida Venancio Flores, venerado ícono de los colorados (¡¡enterrado en la Catedral Metropolitana!!) El cuerpo exánime y sangriento de Berro fue arrastrado por las calles pendiendo de un carro tirado por caballo.
¿Cómo han honrado los blancos y la ciudadanía ilustrada la memoria del Presidente mártir, del más probo y moderno según el contexto histórico de la época? Simplemente ignorándolo, aliados del culto a traidores y criminales de la historia. En Montevideo hay una modesta calle de no más de cinco cuadras que lleva su nombre. Bernardo Prudencio Berro, el mayor Párraga y sus oficiales en la resistencia de Florida, Leandro Gómez, Lucas Píriz, glorias de Paysandú juntos de tantos héroes, son contemporáneos de una misma causa, grandes en el honor y la virtud y por siempre inolvidables en su lucha contra la barbarie que conformó la Triple Alianza. En realidad, estos hombres constituyeron la primera resistencia, aquella que, después de tremendo heroísmo llenó de gloria al pueblo paraguayo.
Si no conocemos nuestro pasado, no avanzaremos sobre terreno firme