Envíopostaporteñ@ 1267

Prólogo 2014 a la Crítica del Programa de Transición

Rolando Astarita [Blog]

Este Prólogo lo escribí con motivo de la próxima reedición de mi Crítica del Programa de Transición por parte de ¿Dónde empezar? (www.dondeempezar.com.ar). En el mismo sintetizo las ideas centrales de la crítica, y sintetizo los principales argumentos de los cruces polémicos que mantuve sobre el PT.   

El Programa de Transición (en adelante PT) fue escrito, en 1938, por León Trotsky, con motivo de la fundación de la Cuarta Internacional, y desde en­tonces fue el texto programático y político de las organizaciones trotskistas en prácticamente todo el mundo. Incluso las que de alguna manera consideraron necesario actualizar el texto redactado por Trotsky, mantuvieron sin embargo la matriz del viejo enfoque. Pasada casi una década y media desde que fuera pu­blicado por primera vez, aprovecho la oportunidad de esta nueva edición de la Crítica del Programa de Transición para responder brevemente, en este Prólogo, algunos de los principales argumentos que me han presentado los defensores de la política trotskista, y aclarar algunos malentendidos. A este fin, conviene recordar primero las ideas rectoras del PT, y la lógica que las encadena, para ir luego a las cuestiones más debatidas.

El punto de partida del PT son dos datos que Trotsky consideraba decisivos, y objetivamente verificables: el primero era que las fuerzas productivas esta­ban estancadas desde 1914. Según esto, con el estallido de la Primera Guerra el capitalismo había llegado al límite de sus posibilidades históricas de desarrollo, y por lo tanto ya no estaba en condiciones de satisfacer ninguna reivindicación económica o democrática seria de las masas. El segundo hecho del que partía Trotsky era que millones de obreros y campesinos, a lo largo del mundo, se volcaban a la revolución, pero eran traicionados por sus dirigentes.

Ambos hechos son decisivos porque determinan, siempre según la visión de Trotsky, el agotamiento de la democracia burguesa y del reformismo burgués democrático, y en particular su incapacidad para satisfacer las reivindicaciones de las masas trabajadoras. En otras palabras, los experimentos reformistas es­tán condenados al fracaso. Por ejemplo, la política del New Deal de Roosevelt no tiene ninguna perspectiva de éxito, y a la clase dominante solo le quedan, como última alternativa, los métodos de la guerra civil contra las masas traba­jadoras. Por eso, los dirigentes socialdemócratas, stalinistas y tradeunionistas reformistas, que se interponen entre las aspiraciones de las masas explotadas y los revolucionarios, sólo pueden recurrir a la traición. No tienen otra manera de desviar y detener el ascenso revolucionario que la aplicación de los métodos del fascismo contra la vanguardia obrera, como lo había demostrado en España la represión del partido Comunista a los anarquistas, poumistas y trotskistas. Y por eso también, en este cuadro de decadencia y descomposición generali­zada del modo de producción capitalista, cualquier demanda elemental de los trabajadores plantea, objetivamente, la lucha por el poder.

La táctica transicional se inserta entonces como el último eslabón de esta cadena. La misma consiste en agitar unas pocas consignas que, aunque los marxistas saben que son de imposible cumplimiento bajo el capitalismo, sin embargo parecen de sencilla ejecución. Por eso, a fin de que las masas trabaja­doras las tomen en sus manos, los marxistas no aclaran que las mismas no son aplicables, en sentido progresivo, en el capitalismo, y menos de forma aislada. En cualquier caso, esto se precisa en los textos de propaganda, pero no en la agitación hacia millones. Y cuando los trabajadores tomen en sus manos esas demandas, y se movilicen por ellas, se darán cuenta de que es necesario pro­fundizarlas, hasta llegar a la conclusión de que es necesario tomar el poder. Además, reconocerán entonces a las organizaciones de la Cuarta Internacional como sus direcciones revolucionarias, superando así, a través de la profundi­zación de la movilización, a sus actuales direcciones burocráticas y reformistas (pero contrarrevolucionarias en sustancia)

Veamos entonces los principales ejes de mi crítica, las respuestas y contra-respuestas.

Con respecto a la idea de que el capitalismo está estancado desde 1914, sostengo que esta tesis no tiene sustento empírico: la producción material, la magnitud del capital fijo, el desarrollo de la clase obrera a nivel mundial, inclu­so la evolución de las condiciones de vida de las masas trabajadoras, están indi­cando que las fuerzas productivas se desarrollaron desde 1914. Por otra parte, la tesis del PT tampoco tiene sustento teórico; no hay razón para sostener que el capitalismo debía estancarse en 1914

Posiblemente esta es la parte de mi crítica al PT que más se ha discutido, y en cierta medida es comprensible: si se quita la premisa del estancamiento secular de las fuerzas productivas, el resto no se sostiene. Como alguna vez me lo confesó un dirigente trotskista inglés: “si admito que las fuerzas productivas han crecido desde 1914 (estábamos en 1990), se caen los fundamentos mismos del programa de la Cuarta Internacional”. De aquí también la variedad de res­puestas a lo largo de estos años. Comento brevemente las más comunes:

Que hubo aumento de la producción material, pero no mejora de los ni­veles de vida de las masas trabajadoras. Mi contra-respuesta es que esto está desmentido por múltiples estadísticas, entre ellas, la esperanza de vida o los niveles de analfabetismo

Que el desarrollo se sustentó en la guerra y el crédito. Sostengo que no se ve que la guerra y el crédito a su vez tienen que sustentarse, a través de los años, en el trabajo productor de plusvalía. Y no hay trabajo productor de plusvalía sin ampliación de la producción

Que para la época que Trotsky escribió el PT, era cierto que las fuerzas pro­ductivas estaban estancadas. Mi contra-respuesta es que tampoco es cierto: en el cuarto de siglo que transcurre desde 1914 a 1938, y a pesar incluso de la Primera Guerra y la Gran Depresión, el producto por habitante a nivel mundial aumentó, y también lo hicieron las fuerzas de la producción.

Que si bien hoy las fuerzas productivas están desarrolladas, el sistema capi­talista “ahora sí” está estancado desde la gran crisis de 1974-75. Sin embargo la realidad es que en los últimos 40 años también hubo desarrollo de las fuerzas productivas.

Que es necesario afirmar que las fuerzas productivas están estancadas, por­que de lo contrario habría que renunciar a la posibilidad misma de la revolución socialista. Planteo que en este punto el argumento se convierte en una petición de principio (“necesito que suceda así porque mi conclusión política es tal”). Con el agregado que la petición de principio es inútil: la Revolución Rusa, para dar un ejemplo, triunfó antes de que alguien pudiera decir con certeza si el ca­pitalismo a nivel mundial podía regenerarse, o no, si no triunfaba la Revolución Rusa.

Asociado a lo anterior, también critiqué la idea de que el capitalismo ya no podía otorgar ninguna mejora, económica o democrática seria, a las masas tra­bajadoras. Es que si las fuerzas productivas se desarrollan, esta tesis no tiene forma de sostenerse. No hay razones objetivas por las que el capitalismo esté incapacitado de satisfacer cualquier demanda. En particular, en las fases de as­censo del ciclo económico, los trabajadores amplían sus posibilidades de obte­ner mejoras con sus luchas y presión. Lo cual, por supuesto, plantea importan­tes cuestiones tácticas y políticas para los marxistas en torno a las direcciones y programas capitalistas reformistas.

Pero por otra parte, la experiencia histórica demuestra que hubo conquis­tas de los trabajadores, y muy importantes desde 1938. En muchos países se consiguió el salario mínimo, seguros de salud, vacaciones, pensiones de retiro, derechos sindicales y otras mejoras. En el plano democrático, el voto universal (incluido el voto de la mujer) en muchos países; los derechos de las minorías oprimidas; mayor libertad sexual, además de la independencia política de mu­chísimas colonias. Estos logros no niegan, naturalmente, que hay retrocesos, derrotas, catástrofes provocadas por el capitalismo. A diferencia de lo que suce­de con la tesis del desarrollo de las fuerzas productivas, esta parte de mi crítica casi no ha tenido respuesta, por lo menos hasta donde conozco.

Otro importante nudo del PT que he criticado es la afirmación de que en 1938 millones de trabajadores salían a la lucha. Además, critiqué la idea de que las masas eran siempre traicionadas por sus direcciones, como si no hubiera algún tipo de conexión interna entre bases y dirigentes

Empezando por la situación en 1938, es un dato que entonces la revo­lución y el socialismo revolucionario estaban en retroceso en los centros neurálgicos de la clase obrera: la URSS, Alemania, EEUU, Gran Bretaña, Francia e Italia, para mencionar los más grandes. Y España se encaminaba a la derrota. Planteé también que la caracterización del PT introducía un sesgo desmesuradamente “optimista” con respecto a los análisis políticos, y que esto representaba una gran dificultad. Por otra parte, sostuve que la compleja relación entre las masas y sus direcciones no podía resolverse con la tesis “mi­llones que luchan, dirigentes que siempre cometen traición”. Si la “traición” es recurrente, debe de haber algo más complejo que posibilita esa recurrencia. Sostuve que debía de haber un terreno común, de convicciones ideológicas y políticas en las masas, que posibilitaban que los programas y estrategias de los dirigentes socialdemócratas, stalinistas y tradeunionistas reformistas tu­vieran consenso y se mantuvieran, a pesar de las “traiciones”. En este punto, sostuve, también debería entrar en consideración la posibilidad del sistema de otorgar reformas concretas.

¿Qué se me ha respondido con respecto a estas cuestiones? Pues por un lado, que Trotsky en muchos textos (por ejemplo, sobre la URSS Alemania o España) reconocía la situación de derrota. Lo cual es cierto, pero entonces hay una contradicción con la caracterización del PT. Y si esto es así, hay que pen­sar esa contradicción y explicar qué consecuencias tiene en la lógica del PT.

Por otra parte, en cuanto a la conexión entre direcciones, masas y refor­mas, apenas se me respondió. En alguna polémica (oral o en mi blog) con trotskistas, cuando señalé que con el esquema del PT no podían entenderse el peronismo, el fenómeno de Roosevelt y el partido Demócrata en EEUU, o la admiración que generaba en la clase obrera europea el “socialismo sueco” de la posguerra, se me dijo que esos fenómenos no eran “generales”. Frente a esto digo que lo general existe solo a través de los particulares. Y que un programa que no puede dar cuenta de esta riqueza del concreto como totalidad, pretendiéndose a la vez de aplicación universal, está en serios problemas 

Todo lo anterior lleva al último eje crítico, dirigido a la esperanza de que haya un avance “en escalera” de consignas transicionales. Mi crítica a esta cuestión tiene varias aristas. Por una parte, basada en la misma experiencia. Esta táctica, recomendada por Trotsky, se aplicó con centenares de variantes en infinidad de países y circunstancias, sin que hubiera habido un solo ejem­plo de que las cosas marcharan como Trotsky se esperanzaba que marcharan. No existen experiencias exitosas de avance de movilizaciones de masas por la escalera transicional prevista en el PT, hacia la toma del poder. Sostengo que habría que hacer un balance de esta experiencia, tratar de analizar las razones del fracaso. Pero no advierto que se avance por este camino.

Por otra parte, argumenté que había una razón para que las cosas no fueran así: la clase dominante tiene capacidad de maniobra, la dominación se ejerce no solo con coerción pero también con consenso y concesiones; y sobre esto operan y despliegan su influencia dirigentes socialdemócratas, reformis­tas, etcétera. Sin olvidar los factores ideológicos -el nacionalismo, el racismo, el sexismo, etcétera- que hacen a la relación siempre compleja entre aspiracio­nes, combates, programas, tácticas y representaciones políticas. Por supuesto, no quiero con eso agotar el tema, simplemente apuntar a un espesor que no se atraviesa simplemente a fuerza de agitación transicional

Pero además, y en tercer lugar, la gente común intuye que muchas de esas demandas transicionales son sencillamente inaplicables bajo el capitalismo. A veces no podrá explicar exactamente por qué, pero se da cuenta de que algo no funciona. ¿Quién va a garantizar, por ejemplo, una escala móvil de horas de trabajo y salario hasta acabar con la desocupación, sin que los empresa­rios bajen los salarios o precaricen infinitamente el trabajo? ¿Desde dónde se impone tal medida? Tal vez estas preguntas subyacen, aunque no se formulen explícitamente. Por eso es necesario precisar quién ejecuta y en qué condi­ciones se aplica una consigna.

Por ejemplo, si se agita por el control obrero, hay que explicitar en qué consiste (no es el control de un burócrata), cómo se impone, qué implica (de hecho, un control obrero real implica una guerra abierta contra el capital). Si se plantea que hay que acabar con el IVA (Impues­to al valor agregado) para subir los salarios, hay que explicar en qué condicio­nes y bajo qué gobierno tal medida puede redundar en un aumento duradero. Y así de seguido. Pero esta misma exigencia pone en entredicho la posibilidad de agitar una o dos consignas transicionales de manera “inocente”, como si fueran aplicables en condiciones más o menos normales de dominación del sistema capitalista. Y este es el punto neurálgico del asunto. Si en las actua­les condiciones de Argentina, por ejemplo, un dirigente socialista fuese a la televisión y explicase que la implantación efectiva del control obrero exige condiciones de aguda lucha de clases -organización independiente, milicia obrera, etcétera- su discurso caería en el terreno de lo inaplicable. Cualquie­ra sabe que hoy, en 2014, no hay ninguna posibilidad de poner en práctica semejante consigna

 En última instancia, si se aplicara el control obrero en condiciones de dominio capitalista “normal” (esto es, instituciones democrá­ticas, control del Estado), solo sería bajo la forma de control burocrático. No hay otra posibilidad

En relación con lo anterior, y antes de dejar el punto, parece necesario aclarar que esta crítica de la agitación transicional no significa un rechazo a que los marxistas expliquen que, en caso de acceder al poder, un gobierno re­volucionario de los trabajadores aplicaría un programa de transición al socia­lismo, esto es, un conjunto de medidas que de alguna manera “se demandan y condicionan” unas a las otras, impulsando a la profundización de un curso que apunte a la supresión de la propiedad privada del capital y a la socializa­ción. Esto es, un programa de este tipo puede jugar un rol en la explicación de los objetivos del partido, frente a las grandes masas.

Estos son entonces los núcleos de discusión. No agotan los problemas y cuestiones que son debatibles en el PT. Solo para mencionar las dos más im­portantes, también he polemizado con la caracterización del PT de los países dependientes -esto es, formalmente independientes- como semicolonias, en las cuales estaría pendiente lograr la liberación nacional. Y con la caracteri­zación de la URSS (que en el movimiento trotskista luego se extendió a los países de Europa del Este con régimen soviético, Yugoslavia, Albania, Cuba y China) como Estado obrero. De todas maneras, se trata de discusiones espe­cíficas, esto es, que pueden llevarse adelante con relativa independencia de lo que constituye la estructura fundamental del PT.

Por último, reafirmo lo que escribí en su momento en la Introducción al texto. Esta crítica al PT se escribió a partir de la defensa de un contenido esencial que caracterizó al combate de Trotsky, su lucha contra el conciliacio­nismo (encarnado en primer lugar en las estrategias de los Frentes Popula­res); el nacionalismo (socialismo en un solo país, renuncia a la Internacional), el burocratismo (stalinista y de otros tipos) y el oportunismo en todas sus formas. El marxismo revolucionario deberá fortalecerse asimilando errores, pero también conservando y aprendiendo de lo mejor de sus tradiciones, que no son otras que las de los combates vivos de la clase trabajadora mundial