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Soy De Aquí

(Disculpen quienes no conocen Treinta y Tres y los personajes que se nombran en esta nota. También perdonen la omisión todos los que merecen ser nombrados y quedaron en el tintero. Para nombrarlos a todos, tendría que escribir un libro.)

DECLARACIÓN DE UN ALDEANO

Lamento lo que se pierden quienes moran en grandes ciudades congestionadas y atribuladas

No tienen un Paco Ibarra silbando temprano por las mañanas mientras mete los diarios debajo de las puertas. No saben de las andanzas de Mario Garbarino regalando  poemas en las veredas, ni pueden ver pasar a Perico saludando a los gritos vestido con los colores de la bandera los días en que juega la celeste. ¿Tendrán pasteles como los de Darío? ¿Y un Maestro pintor de letras como el Cacho Iguiní? ¿Un Señor fotógrafo como el Tuerca?

Mi aldea se para en los pedales con el nacho Maldonado, se nutre con la perseverancia inquebrantable de Ana buscando a Silvia, el esfuerzo de la familia Segovia promoviendo el deporte en su más pura expresión.

Sorprende en la calidez de una cerámica de Bolívar Viana o Teresa López.

Vive con la pasión por el fútbol que mueve al Tato Silva a juntar gurises en su Escuela callejera. Del amor por la naturaleza de Paul Mautone. De la extravagancia del guasquero Martínez colgando de los árboles sus artesanías. De la fina mano del tapicero Gandarias. Del compromiso con la vida de las muchachas del refugio. Con la tarea de Luigina en el 25.

Mi Aldea vio nacer  artistas como Gonzalo Victoria que brilla en Chile o Mario Martínez Duarte que no lo dejan venirse de Perú. Se da el lujo de tener un Diego Manara que acaba de ganar el certamen Guitarra Negra.

Mantiene viva la llama del arte escénico con el formidable elenco de la Comedia Municipal, alimenta el gusto por las letras con el Grupo Parnaso y pinta la vida sobre los lienzos del taller de Beba. Revive la leyenda con el tributo a Zitarroza que hace Seugi. Mantiene vivo a Dionisio en la obra de Omar Mesa.

Esta aldea tiene los aromas de la yuyería de Cossio, del pan recién sacado del horno de las panaderías, mezclado con ese olor inconfundible de las Veterinarias, de las milanesas del carro de Homero, de una naranja Lyda recién destapada. Tiene sus ruidos: los de recreos bulliciosos en los patios de las Escuelas, los parlantes del Progreso, las campanadas del reloj de Jefatura, el barullo dominguero de la feria.

Mi aldea sabe de emociones cuando Ceballos grita cada gol como si fuera el de Maracaná, o  se escucha la voz recia y al mismo tiempo tierna del negro Piñeiro. Cuando Marito de Fleitas muestras toda su clase pasando un fichero. Cuando canta el coro de lenguaje de señas. Cuando suenan las guitarras de los hermanos Gutiérrez. 

Es lindo ver a todo el mundo saludándose, porque todos nos conocemos.

Comparada con las grandes metrópolis, no es más que una apacible aldea.

Habrá quien la desprecie por pequeña o quien envidie otros pueblos. No es mi caso. Aquí eché raíces, de aquí soy y aquí me quedo.