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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 5

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE –de ANTE CILIGA

Esclavitud capitalista y burguesía roja, no queda nada de la revolución

Nunca el proletariado mejoró sus condiciones gracias al marxismo leninismo de Stalin y Trotsky. Todo lo que se dijo en sentido contrario era parte de la mentira desconcertante del Estado Ruso. Todavía hoy es importante denunciarlo frente a todos aquellos que ocultan la realidad con el pretexto del poder “de no servir a la derecha”. No, en Rusia nunca hubo algo diferente a la esclavitud del capital.

Aquí Ciliga, nos habla de la situación de los proletarios rusos y de lo que todavía queda en sectores del proletariado de espíritu de lucha y rebeldía contra la “burguesía roja” como le decían los obreros a los capitalistas en Rusia. También testimonia de la capa intermedia de privilegiados intelectuales de la que durante las primeras décadas la burguesía real se iba rodeando para protegerse: desde tiempos inmemoriales esas supuestas “clases medias” son indispensables en la opresión, y en Rusia jugaban además el papel de muestrario del bienestar “socialista” que el capital nacional exponía en el exterior y que los partidos “comunistas” del mundo propagandeaban como modelo. Como intelectual y en un principio, miembro del partido, Ciliga recibe ese trato privilegiado, pero es consciente que todos esos privilegios exigen como contrapartida la sumisión y complicidad con el Estado ruso. Pero como iremos viendo Ciliga no aceptará nunca ese tipo de chantaje del poder, sino que explícitamente va posicionándose contra el capital y el Estado ruso y será reprimido por eso. No se podría comprender la importancia de la obra de este militante revolucionario, ni el significado de muchas de sus afirmaciones, sin esta toma de posición práctica que adopta rompiendo con todas las ilusiones iniciales sobre “la revolución rusa”. Es por eso que Ciliga considerará la explotación como nueva esclavitud y como todos en esa época hablarán de nuevo régimen por más que denuncie sin piedad la esclavitud y explotación total a la que el ser humano está sometido. Aquí extractamos los primeros pasajes en los que se hace consciente de esa tragedia histórica y dice explícitamente que “la obra iniciada en Rusia no ha alcanzado su meta”…y que debía responder a la cuestión ¿cómo podía ser que en Rusia todo fuera perfecto en apariencia, de palabra, mientras en realidad reinaba una situación espantosa? Al mismo tiempo que va llegando a la conclusión de la impotencia y hasta el servilismo de la oposición trotskista y a la tristísima conclusión de que no queda nada de la revolución, que sus hombres están en exilio y en prisión.

Esta era la verdad que venía del corazón mismo de Rusia “revolucionaria, contrástese con las apologías o apologías apenas encubiertas de la oposición trotskista que seguían circulando en el extranjero. Contrástese aún más con lo con las mentiras que todavía hoy hace circular el leninismo en sus versiones estalinistas, trotskistas, maoístas, castristas o guevaristas, como si en Rusia hubiese todavía algo que preservar o algo diferente a la esclavitud capitalista. Contrástese en fin con quienes siguen encontrando que en Rusia, Cuba o Corea el modo de producción no es lo suficientemente capitalista y siguen empeñados en encontrar una contradicción entre el mercado que reconocen como capitalista y el Estado que sería todavía algo obrero o socialista /1

En el fondo todos ellos siguen prisioneros del marxismo leninismo como religión de Estado, mistificando al Estado mismo como sujeto de la revolución y como decía Ciliga de Stalin y Trotsky identificanal Estado con el proletariado, la dictadura burocrática sobre el proletariado con la dictadura del proletariado”

Ricardo

EXTRACTOS:

Incluso hoy, reducidos a la servidumbre, cuando sus fábricas han pasado a manos de la burocracia, de la “burguesía roja”, como la llaman en Rusia, uno siente que aún conservan algo de ese gran esfuerzo de 1917-1921. Se nota más allá de todas las diferencias individuales; efectivamente, para el proletariado de Leningrado parece que la revolución no ha sido en vano. Seis años después, en la espantosa y lejana Siberia, tuve ocasión de hallar de nuevo a miles de obreros de Leningrado. Habían sido expulsados entre 30 y 40.000 tras el asesinato de Kírov, con sus mujeres e hijos. Les habían dispersado por todos los rincones de Siberia septentrional y por los ríos que desembocan en el Océano Ártico. Pero en su fría y taciturna sumisión uno notaba un punto de desprecio hacia el poder burocrático, de orgullo obrero y de secretas esperanzas de revancha. No se daban el nombre de “zinovievistas”, pues eso les parecía palabrería y cobardía; se hacían llamar “los de Leningrado”, y lo decían con orgullo: “Nosotros somos un destacamento de la clase obrera, y no un grupo de sediciosos burócratas”. Los obreros de Leningrado han sabido defenderse y continuaran haciéndolo. La ciencia soviética exige que todos sus siervos se sometan al nuevo “emperador” y a la alta aristocracia del partido, y que les adule. Pero al mismo tiempo defiende los intereses y los privilegios de la intelligentsia y de toda la burocracia, tanto la comunista como la sin partido. Les defiende no sólo frente a las viejas clases dominantes, sino también frente al pueblo, frente a las masas trabajadoras. De ahí extrae su fuerza y su entusiasmo.

Ahora que había empezado a relacionarme con el mundo intelectual, me pude dar cuenta de los inmensos privilegios de los que disfrutan en la U.R.S.S. los miembros de la intelligentsia: primero los del partido, luego el resto, sobre todo los técnicos. La diferencia de las condiciones sociales en Rusia es especialmente chocante dado el bajo nivel general del país. Basta con comparar el alojamiento, la alimentación, el vestuario, las condiciones higiénicas y culturales de las que disfrutan los intelectuales y burócratas por una parte y los simples trabajadores por otra, para darse cuenta del abismo que separa a estas dos capas de la población…

Por eso los intelectuales de los países capitalistas admiran tanto a la Rusia soviética: ¡este país es el paraíso de los intelectuales! Pero, ¿se puede afirmar que la esencia del “nuevo mundo” consiste únicamente en que la clase de los intelectuales explota al pueblo en lugar de la burguesía y que los burócratas de todas las organizaciones obreras, los funcionarios e ingenieros de las fábricas y los trust, los médicos, profesores y académicos sustituyen a los terratenientes, los capitalistas y sus allegados? ¿La educación y los conocimientos técnicos deber ser la base de nuevos privilegios, de una nueva división social entre explotadores y explotados, amos y esclavos? Por mi situación material y social me hallaba entre esos “diez mil privilegiados”. ..

El hecho de que el nuevo régimen hubiera sustituido a los burgueses y terratenientes por los burócratas e intelectuales realmente no bastaba para verlo con buenos ojos, ni tampoco el hecho de que hubiera instalado el culto a Marx, Lenin, el régimen soviético y la propiedad estatal en lugar del culto a Cristo, el zar y la propiedad privada. Ciertamente, en esta constatación había algo incomprensible; ¿cómo es que el gran esfuerzo de 1917 hacia la emancipación había desembocado en una nueva esclavitud conservando la forma y las consignas de 1917? Pero el hecho es que eso era precisamente lo que había ocurrido

 Había que encontrar una explicación, una nueva teoría, y no negar los hechos para salvar la vieja teoría. Me parecía vislumbrar el comienzo de la explicación. Me acordaba de que Hegel había demostrado que un fenómeno puede conservar su forma a la vez que transforma completamente su contenido. ¿Acaso Lenin no había dicho que a menudo el destino de los grandes hombres es servir de iconos tras su muerte, mientras se falsifican sus ideas liberadoras para justificar una nueva opresión y una nueva esclavitud? Desde luego que da gusto ver cómo algunas decenas o centenares de miles de hombres salen del pueblo y ascienden a la cima de la sociedad y la civilización. Pero este ascenso lo pagan decenas de millones, ¡160 millones de obreros y campesinos cuyas condiciones de vida no han mejorado en absoluto! Sabía que mi lugar no estaba entre esa minoría de saciados, sino entre la mayoría oprimida y desgraciada. La obra iniciada en Rusia no había alcanzado su meta…

¿Había, pues, que abandonar este país de esperanzas frustradas y volver a Europa? No, aún no había llegado ese momento. Yo aún no tenía una idea clara de cómo había sucedido todo esto: ¿cómo podía ser que en Rusia todo fuera perfecto en apariencia, de palabra, mientras en realidad reinaba una situación espantosa? Aún no sabía qué había que hacer para evitar que los mismos acontecimientos se repitieran en Europa. Tenía que permanecer en Rusia hasta aclarar por completo este problema. Había venido a estudiar la experiencia de la gran revolución rusa. Y sospechaba que mis estudios me llevarían a la otra punta de Europa, a Siberia, a lo desconocido. Algunos de mis amigos, trotskistas renegados, hacían todo lo que podían por apartarme de este camino. Durante la primavera y el verano de 1929, cuando la oposición empezó a disolverse, al principio creí que se trataba de un malentendido; en la lejana Siberia la gente leía las resoluciones y las ordenanzas del partido acerca de la industrialización, la colectivización, la autocrítica y el aumento del papel político de las masas; y tomaban las palabras por realidades.

Pero cuando vuelvan de Siberia y vean que hoy se explota al obrero más que  nunca, que la industrialización se lleva a cabo a expensas de la clase obrera, que no hay restos ni de democracia obrera ni de democracia interna en el partido, entonces, me decía a mí mismo, esta gente volverá a la oposición. Pronto comprobé que me equivocaba. En el fondo a todos estos intelectuales de la oposición les importaba muy poco la suerte del obrero. Eso no era lo que determinaba su orientación política, era la ofensiva contra el kulak y la industrialización acelerada. Su actitud ante la opresión y la horrorosa explotación que sufrían los obreros era exactamente la misma que la de los estalinistas y bujarinistas. Para ellos, los obreros eran las víctimas propiciatorias que se ofrecían en el altar del socialismo, es decir, del capitalismo del Estado que ellos tomaban por socialismo.

 “¿Qué quiere usted, camarada?”, me decía uno de ellos, “Rusia es un país tan miserable que basta con que se garantice a alguien una posición adecuada y soportable como hombre civilizado para que se convierta en un aristócrata y surja un abismo entre él y las masas”. Uno de los diplomáticos soviéticos más conocidos concluía de esta forma una conversación con un amigo mío: “No olvidemos que Rusia es un país asiático; las formas de Stalin a lo Gengis Kan son más convenientes que la cortesía europea de León Davidovitch.”  Bujarin había concedido a Stalin el título de “Gengis Kan de la revolución rusa” y estas palabras habían dado la vuelta al país.

Otro opositor arrepentido replicaba de esta forma a mis argumentos sobre la democracia obrera: “En Rusia la cuestión no es la democracia obrera. La clase obrera rusa está tan debilitada y desmoralizada que concederle libertad sería arruinar inmediatamente la revolución. Su salvación es la dictadura de una minoría consciente; ésta, naturalmente, debe apoyarse en las masas obreras y elevarlas poco a poco a su nivel.”

Como se ve, esta gente tenía motivos para capitular. En el fondo no representaban más que un rasgo particular de la burocracia estaliniana. Yo se lo decía, además, tranquilamente y en tono bromista. Ellos me decían que yo miraba a Rusia a través de las ilusiones occidentales. Había entre ellos algunos que creían que Trotsky se había equivocado al no jugar un papel protagonista en 1923: “General victorioso en la guerra civil (título sorprendente), Trotsky era aún entonces el más popular después de Lenin. Si hubiese querido pelear, habría logrado fácilmente la victoria.”

– ¿Acaso cree usted de verdad que Trotsky debería haber hecho un putsch militar?–, objetaba yo.

– No, habría bastado con que se hubiese presentado en las fábricas. La oposición tenía a la mayoría en Moscú, aunque allí sólo disponía de malos oradores y Trotsky no había abierto la boca en ningún lado. ¡La victoria habría sido aún más completa si Trotsky hubiese hablado personalmente en las fábricas más importantes! Luego tendría que haber ido a Járkov, donde tenía la victoria asegurada, y a Leningrado, donde su presencia habría hecho pedazos el muro de Zinoviev.

– Pero si la situación era la que usted afirma, ¿por qué Trotsky no actuó de esa manera?

– Trotsky sabía perfectamente que su victoria era fácil. Pero quería evitar la escisión. En aquella época toda la vieja guardia del bolchevismo estaba en su contra; creía que su victoria provocaría ineluctablemente una escisión dentro del Comité Central. No era eso lo que quería. Esperaba conquistar lealmente a esta “vieja guardia” y conseguir la victoria más tarde y con menos dolor. Pero dejó escapar su oportunidad. En 1926 y 1927, su llamamiento a las fábricas ya sólo podía llevarle a la derrota. A Stalin no le importaba la escisión, por eso triunfó. Mi interlocutor añadía: “Hay algo de cierto en lo que le dijo Dzerzhinsky /2 a Rakovski /3 , a saber, que León Davidovitch es un personaje demasiado caballeroso y en el difícil momento que atravesamos necesitamos un hombre más enérgico.” Muchos viejos bolcheviques, incluso los que no pertenecían al  grupo de Stalin, pensaban que éste era el jefe que necesitaban. Un miembro importante del Comité Central que al principio no estaba en el grupo de Stalin decía al respecto: “Es nuestro Iván Kalita /4; a pesar de todos sus defectos ha logrado que los dirigentes bolcheviques permanezcan unidos.”

Aunque rechazaban hacer oposición y compadecían a los que “se pudrían inútilmente” en Siberia, esta gente aún conservaba cierta simpatía hacia Trotsky. Y ésta se manifestaba cada vez que el Pravda atacaba a Trotsky…

Me encontré en esta época con varios dirigentes de la oposición de Zinoviev. Por supuesto, sabían que la oposición estaba en lo cierto y que Stalin había adoptado luego su política.

“¿Pero si la oposición tenía razón, por qué no ha vencido?”, preguntaba yo.

– Nos hemos planteado muchas veces esa pregunta; pensamos que nuestra ofensiva fue prematura.

– ¿No es justamente al revés? Si hubieseis llamado a los obreros antes del triunfo del “aparato”, habríais podido lograr la victoria.

– En absoluto. No son los obreros los que deciden aquí en Rusia, es el “aparato”. El obrero ruso está demasiado frustrado. Ya en la época de Lenin el aparato era el factor decisivo.

Esta afirmación acerca de la predominancia delaparato sobre la clase obrera ya en época de Lenin me dejó callado. Me negaba a creerlo, pero por otra parte no podía evitar reconocer que quienes participaron directamente en los acontecimientos lo sabrían mejor que yo y que en ningún caso tenían intención de calumniar a Lenin.

Otra reflexión que también escuché en aquella ocasión me dejó aún más estupefacto: “Quizá haya sido mejor que la oposición no triunfara; nosotros hacíamos bloque con Trotsky, y en caso de victoria él habría ejercido la hegemonía. Pero Trotsky quizá habría comprometido a la revolución en las peores aventuras.”

Era la primera vez que veía a una oposición con miedo a su propia victoria. ¿Qué quedaba de la revolución rusa, pues? ¡Los hombres que están en el exilio y en prisión!

A. Ciliga


1/ Ver los textos de Rolando Astarita  en su blog o en Posta Porteña:Cuba: crisis, globalización y giro al mercado

2 / Félix Dzerzhinsky (1877-1926), director de la Cheka (G.P.U. a partir de 1922) desde su fundación en 1917 hasta su muerte.

3/ Christian Rakovski (1873-1941), presidente del Soviet de Ucrania desde 1918, embajador soviético en Londres (1923) y París (1925), siendo uno de los principales líderes de la oposición trotskista fue expulsado del partido y deportado a Asia central (1928). A pesar de capitular ante Stalin en 1934, fue juzgado en 1938, condenado a 20 años de prisión y posteriormente ejecutado.

4/ Príncipe del siglo XV que llevó a cabo la unidad moscovita