Angola y la intervención cubana
Rolando Astarita [Blog]
La intervención de Cuba en Angola constituye el argumento privilegiado de los que hablan de la “epopeya internacionalista y revolucionaria” del castrismo. Recordemos que en 1975 Cuba respondió positivamente al pedido de ayuda lanzado por Agostinho Neto, líder del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) para hacer frente al ataque del Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA), de la Unidad Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA) y de las tropas de Sudáfrica y Zaire, respaldadas por Washington y la CIA. Neto acababa de proclamarse presidente, luego de la salida de Portugal, y las tropas cubanas jugaron un rol clave para frenar la ofensiva de UNITA y los sudafricanos. Todo indicaría, además, que Castro tomó la decisión de ayudar al MPLA con independencia de Moscú (Piero Gleijeses, “Sobre ‘Back cannel to Cuba”, http://www.lahaine.org/mundo.php/sobre-lback-channel-to-cuba, basado en las memorias de Henry Kissinger). En la década de 1970 la URSS apoyaba a Angola, pero no quería verse involucrada en un conflicto de proporciones en África. De todas formas, el apoyo soviético fue decisivo, una vez que la invasión fue frenada, para sostener la presencia cubana en Angola, como lo admite el mismo Fidel Castro: “No hubiera habido perspectiva posible para Angola sin el apoyo político y logístico de la URSS, después de aquel triunfo (de 1975)” (Reportaje de Ignacio Ramonet, p. 334).
Cuito Cuanavale, Namibia y el apartheid
A pesar de que las tropas sudafricanas y UNITA fueron rechazadas en 1975, el estado de guerra continuó y en 1987 Sudáfrica lanzó otra ofensiva, que fue frenada definitivamente, a comienzos de 1988, en la ciudad de Cuito Cuanavale. Las tropas cubanas lucharon junto a fuerzas angoleñas y namibias, y de nuevo jugaron un papel clave. En los meses que siguieron a Cuito Cuanavale, Sudáfrica se retiró de Angola, se debilitó el apartheid, y se allanó el camino para que Namibia obtuviera su independencia y para que la Organización del Pueblo del Sudoeste Africano (SWAPO, por sus siglas en inglés), llegara al poder en este país. Por eso, los partidarios del castrismo hablan de Cuito Canevale como del “Stalingrado de África”, y sostienen que la intervención militar de Cuba fue el factor decisivo en la independencia de Namibia y la caída del apartheid. Por ejemplo, Isaac Saney escribe que “… la más dramática manifestación del internacionalismo de Cuba… es el rol crucial de la isla en asegurar la independencia de Namibia y el fin del régimen racista en Sudáfrica” (“African Stalingrad: The Cuban Revolution, Internationalism and the End of Apartheid”, Latin American Perspectives, vol. 33, 2006, pp. 81-117). También: “… el resultado directo de la batalla fue… el fin de la campaña (de Sudáfrica) de desestabilización regional… el fin de su ocupación de Namibia y el ascenso al poder del SWAPO y el comienzo de las negociaciones con el Congreso Nacional Africano, la liberación de Nelson Mandela y la descriminalización de las organizaciones antiapartheid, lo que llevó eventualmente al desmantelamiento del apartheid”. Fidel Castro presenta un balance similar, y sostiene que Cuito Cuanavale aceleró la caída del apartheid en unos 20 o 25 años (citado por Saney).
Pero la realidad es que la independencia de Namibia y la caída del apartheid son el resultado de la conjunción de una suma de factores que no deberían dejarse de lado, ni minusvalorarse. La tesis que afirma que Cuito Cuanavale fue el factor decisivo, o prácticamente único, cae en un análisis externalista y reductivo. Externalista porque minusvalora las luchas de la población negra de Sudáfrica y Namibia contra el régimen sudafricano, así como las contradicciones que enfrentaba el capitalismo sudafricano en la medida en que se prolongaba el apartheid. Y es reductiva porque pasa a segundo plano los crecientes costos que demandaba a Sudáfrica el dominio sobre Namibia; la campaña internacional anti-apartheid, que llevó a las sanciones contra Sudáfrica; los cambios a nivel mundial derivados del retroceso de la URSS en los 1980; y las garantías que dieron el MPLA, el SWAPO y el CNA para la continuidad del sistema capitalista en sus respectivos países, así como la disposición del capital internacional a renegociar los términos de su presencia en África del sur, en coexistencia con los gobiernos de esas organizaciones. Por eso, la batalla de Cuito Cuanavale hay que ponerla en contexto, como señalan Kathleen Schwartzman y Kristie Taylor (“What Caused the Collapse of Apartheid?”, Journal of Political and Military Sociology, vol. 27, pp. 109-139, 1999) y Brian Woods (“Preventing de Vacuum: Determinants of the Namibia Settlement”, Journal of Southern African Studies, vol. 17, 1991, pp. 742-768). Veamos con cierto detenimiento los factores que hemos señalado.
La lucha anti-apartheid en Sudáfrica
Tal vez el elemento más decisivo de la caída del apartheid fueron las contradicciones del régimen sudafricano, potenciadas por un extendido conflicto social. Ya a mediados de los años 1970 los triunfos anticolonialistas en Angola y Mozambique dieron impulso al movimiento anti-apartheid al interior de Sudáfrica. En 1976 se produce la manifestación estudiantil de Soweto, en protesta por la imposición del afrikáner en la enseñanza, que fue brutalmente reprimida por el régimen (algunos calculan hasta 700 jóvenes asesinados por la policía). En los días que siguieron hubo manifestaciones masivas de la población negra, huelgas obreras, movilizaciones y renovado activismo estudiantil, e incluso se organizaron algunas protestas de estudiantes blancos. Además, el Congreso Nacional Africano aumentó su influencia, creció la militancia anti-apartheid y se extendió la resistencia de la población negra. Puede decirse que desde ese momento, y hasta su caída, el régimen ya no pudo controlar la situación. De hecho, en los años 1980 las luchas se multiplicaron, en particular luego de la aprobación de la Constitución de 1983, que extremaba las medidas racistas. Hubo levantamientos y protestas en ciudades y empresas, y luego huelgas de pago de rentas a los terratenientes.
Pero también se agudizó el conflicto entre el capital y el trabajo. Su base fue el crecimiento acelerado del empleo manufacturero, que se había duplicado entre 1960 y 1975. Ya desde los 1960 había habido oleadas de huelgas por salarios, contra la inflación y la falta de viviendas. En los 1980 se expandieron las huelgas, los boicots y las ocupaciones de empresas. En respuesta, el régimen intensificó la represión. Solo entre 1987-1991 unas 5000 personas de raza negra murieron víctimas de la acción de la policía y del ejército; y en 1990 el Congreso Nacional Africano denunciaba que había unos 5000 presos políticos. A pesar de la represión, las luchas se sostuvieron y debilitaron la capacidad de movilización militar del régimen de Pretoria. Es imposible separar el desempeño militar de Sudáfrica en Angola y Namibia de este cuadro de agudo conflicto social.
La movilización internacional y las sanciones
Otra de las consecuencias de la masacre de Soweto fue que impactó internacionalmente, dando lugar a un movimiento anti-apartheid de características globales. Las imágenes de la policía asesinando estudiantes, transmitidas en todo el mundo, conmocionaron a la opinión pública. La repercusión fue inmensa: el movimiento anti-apartheid abarcó unos 100 países, hubo manifestaciones en los campus universitarios de EEUU y Europa, y se multiplicaron las denuncias y los llamados a repudiar al régimen sudafricano. Como señala Hakan Thörn, en el transcurso de esta lucha se crearon redes transnacionales, y surgieron organizaciones y formas de acción colectiva que tuvieron impacto en las culturas políticas nacionales y transnacionales (“Liberation Struggles in Southern Africa and the Emergence of a Global Civil Society”, Workshop Report, Documenting Liberation Struggles in Southern Africa, 2009, Pretoria, Chris Saunders (ed)).
Respondiendo al menos parcialmente a este clamor, en 1977 el Consejo de las Naciones Unidas dispuso el embargo de armas a Sudáfrica. Y si bien la medida tuvo muchos agujeros, y Sudáfrica desarrolló una industria armamentística para compensar, todo indica que perdió capacidad militar (Schwartzman y Taylor). En el mismo sentido, Woods afirma que a causa del embargo, a fines de la década de 1980 Sudáfrica había perdido gran parte de su poderío aéreo: los viejos Mirage sudafricanos no podían penetrar los sistemas de radares y misiles instalados en Angola, y eran superados por los MIG piloteados por cubanos y angoleños.
Las movilizaciones internacionales también exigieron el retiro de las empresas estadounidenses o europeas de Sudáfrica, y los activistas lanzaron exitosas campañas de boicot de los productos sudafricanos. Producto de esta presión, a mediados de la década de 1980 más de 20 países habían decidido vender las acciones de empresas que operaban en Sudáfrica y que estaban en poder de fondos de pensión; igual medida adoptaron muchas universidades estadounidenses con sus fondos de inversión. Luego, en 1985, los bancos extranjeros (de EEUU en primer lugar) se negaron a renovar los créditos externos a Pretoria, desatando una crisis de la deuda, y con ella una crisis económica que se prolongó hasta 1988, y también debilitó la capacidad de respuesta de Sudáfrica (Schwartzman y Taylor).
La lucha del pueblo de Namibia
También la lucha del pueblo de Namibia jugó un rol clave en la caída del apartheid. Ya a mediados de los años 1960 SOWETO lanzó sus primeros ataques –aunque más bien con fines propagandísticos- contra las fuerzas de ocupación sudafricanas. Luego, igual que sucedió en Sudáfrica, las victorias anticolonialistas de los 1970 dieron impulso a las movilizaciones; y hacia fines de esa década se formó el Consejo de Iglesias de Namibia (CCN por sus siglas en inglés), que pasó a la oposición. Por otra parte, y también como resultado de la presión internacional, el Consejo de Seguridad de la ONU dispuso, en septiembre de 1978, la Resolución 435, según la cual Sudáfrica estaba obligada a retirarse y debían realizarse elecciones libres en Namibia, después de un período de transición. Esta Resolución, votada por las potencias occidentales, actualizaba una Resolución anterior que disponía el retiro de Sudáfrica de Namibia.
Luego, en los años 1980 se registraron movilizaciones masivas, huelgas obreras, luchas estudiantiles y boicots civiles. Hacia fines de la década se sumó un vasto movimiento de desobediencia civil, y llegaron a producirse amotinamientos de soldados negros namibios, que no querían ser carne de cañón en la guerra contra Angola (Woods). También entre 1987 y 1988 se produjeron renovadas huelgas obreras y luchas de los estudiantes.
Por otra parte, a pesar de su superioridad numérica, las tropas sudafricanas nunca pudieron quebrar al Ejército de Liberación del Pueblo de Namibia (PLAN, según sus siglas en inglés), dependiente de SOWETO. Hacia 1987-1988 el SWAPO controlaba amplias zonas en el norte del país, y tenía el apoyo de la mayor parte de la población. Por entonces, había un fuerte consenso entre los consejeros diplomáticos y los jefes militares del gobierno de Botha de que no era posible mantener un compromiso militar sostenido en el sur de Angola y en Namibia sin recurrir a una masiva movilización militar. Pero esto hubiera sido extremadamente impopular en Sudáfrica, y solo podría haberse efectivizado con una escalada represiva que Pretoria ya no podía sostener. Además, la muerte de soldados sudafricanos blancos, incluso antes de Cuito Cuanavale, dio fuerzas al movimiento anti-conscripción, apoyado por la Iglesia Holandesa Reformada de Sudáfrica (véase Woods). Y desde el punto de vista económico, la guerra era insostenible, dada la crisis.
En resumen, hacia fines de la década de 1980 el gobierno de Botha había llegado a la conclusión de que la independencia de Namibia era inevitable, y que debía intentar asegurar las mejores condiciones para la defensa de los intereses de Sudáfrica en la región. También buscaba prevenir que se desatara una emigración masiva de población blanca desde Namibia, en caso de que se impusiera el SWAPO. Es en este marco que se produce la batalla de Cuito Cuanavale, en la que el PLAN tuvo una participación destacada; y en otros combates, como la ofensiva de mayo de 1988 en Cunene (Woods).
Las contradicciones del apartheid para el capital
A los factores antes mencionados Schwartzman y Taylor suman las dificultades que representaba el mantenimiento del apartheid para el capital instalado en Sudáfrica. Es que en los 1980 la industria sudafricana necesitaba libertad de contratación para ocupar puestos calificados, que no podían ser abastecidos solo por la clase trabajadora blanca. Además, las cámaras empresarias pensaban que la incorporación de mano de obra negra ampliaría el mercado interno. A lo anterior hay que agregar que el sostenimiento del aparato represivo y de la maquinaria de guerra se hacía cada vez más gravoso.
Por otra parte, los capitales consideraban que el país estaba demasiado convulsionado y que las inversiones no eran seguras, lo que llevó a una fuerte desinversión de las empresas. Por eso, a mediados de la década de 1980 una parte del establishment económico (CEOs de grandes corporaciones) planteaba que Sudáfrica debía cambiar si no quería aislarse del mundo, y que la salida de la crisis requería cambios políticos. En este contexto se produjo la no renovación de los créditos de deuda, a la que ya hicimos referencia.
A su vez, la lucha contra el apartheid agravó las fisuras en el bloque blanco de poder. La crisis económica, las sanciones y las necesidades asociadas a la acumulación del capital, operaron en la misma dirección. Lo cual se expresó en el plano político: algunos sectores de la población blanca se radicalizaron hacia la ultraderecha, pero el partido Nacional vio bajar significativamente su electorado en las elecciones de 1984 y 1988. Era una expresión de que cada vez más sectores asumían que el apartheid y la ocupación de Namibia eran insostenibles, y que había que ir a una salida negociada. Puede verse entonces que Cuito Cuanavale aceleró un proceso que ya estaba en marcha y tenía desenlace, de todas maneras, en un plazo más o menos inmediato.
URSS y giro de los nacionalismos
Otro factor decisivo en la caída del régimen racista y colonialista sudafricano fueron las garantías que dieron los movimientos de liberación de que no afectarían las relaciones
de propiedad capitalista. Tengamos presente que la resolución 435 de la ONU preveía una Namibia capitalista. Pues bien, a partir de 1986 los líderes del SWAPO dieron repetidas seguridades de que, en caso de llegar al poder, no se verían afectados los intereses del gran capital minero ni de la agricultura en manos de granjeros blancos, y que no se tocarían las relaciones de propiedad capitalista. Incluso aseguraron la protección de la elite que habían promovido los sudafricanos para estabilizar y manejar el país. En forma paralela, la dirección de SWAPO reprimió a sectores de su movimiento que pedían una participación más amplia y democrática de las bases en las decisiones; y a opositores por izquierda. Hubo detenciones, torturas y fusilamientos, en tanto Cuba mantenía la colaboración con la seguridad interna de SWAPO (ampliamos más abajo).
Por su parte, el Congreso Nacional Africano también dio garantías al capital. Su dirección precisó que sus objetivos eran la creación de “una sociedad no racial, no sexista y democrática”. Nada que no pudiera ser asimilado por el mundo de los negocios y la comunidad blanca. Y en Angola el MPLA, ya antes de Cuito Cuanavale, había girado al capitalismo (véase más abajo).
Este reaseguro de los movimientos nacionalistas y anti-racistas se combinó con la retirada de la URSS, que deseaba reducir su exposición militar en conflictos remotos. Por eso, en 1988 el gobierno de Gorbachov estaba en negociaciones con Washington y aseguraba a Pretoria que era posible un arreglo (Woods). Este giro soviético puso presión sobre Cuba, y fue visto como un alivio por Sudáfrica. En noviembre de 1988 se formó una Comisión Conjunta de Monitoreo de los acuerdos, integrada por Angola, Sudáfrica y Cuba, con la URSS y EEUU como “observadores”. Pero Moscú tuvo que ceder la primacía a Washington; lo cual dio aún más seguridades al capital de que nada fundamental afectaría a sus intereses.
De manera que en 1989 Sudáfrica se retiró de Namibia y se realizaron las primeras elecciones libres, que dieron el triunfo a SWAPO. En Sudáfrica, en 1990 se levantó la prohibición del partido del Congreso; en 1991 se abolieron las leyes del apartheid; en 1992 ganó, en un referéndum blanco y con el 69% de los votos, la postura favorable a una transición hacia una democracia con voto universal. Por último, en la elección de 1994 la ciudadanía plena se extendió a la población negra, determinando el triunfo, con el 63% de los votos, del partido del Congreso Nacional Africano. Mandela formó entonces un gobierno de unidad nacional; incorporó al gabinete a 10 ministros del Partido Nacional, otros 10 del Inkatha Freedom Party, de base zulú y acusado de ser un aliado del Partido Nacional; y 17 ministerios fueron para el CNA.
Ampliación: atrocidades de SOWETO y el castrismo
Uno de los episodios más silenciados de las luchas de liberación y anti-apartheid en el sur de África, y al que ya hicimos referencia, han sido las atrocidades cometidas por SOWETO contra sus propios militantes, en paralelo a las garantías que daba a la continuidad de los negocios capitalistas en Namibia. Cientos de militantes fueron encarcelados, torturados y asesinados por personal de seguridad de SOWETO, entrenado por militares cubanos, y en muchos casos directamente respaldados por estos últimos. Los relatos y denuncias de ex prisioneros fueron recogidas por el Political Consultative Council of Ex SWAPO Detainees (PCC) y el Parent’s Committee. Estas organizaciones también confeccionaron listas con los nombres de cientos de detenidos que fueron fusilados por el SWAPO.
Uno de los testimonios más vivos y desgarradores fue presentado por las hermanas Ndamona y Panduleni Kali, en Londres, en 1989. Las hermanas Kali habían sido militantes estudiantiles en Namibia y se habían sumado a PLAN en 1978. Tiempo después Ndamona fue enviada a estudiar a Moscú y Panduleni a Cuba; luego Ndamona también viajó a la isla, para estudiar economía en la Universidad de Camagüey, junto a su hermana. Ndamona era dirigente de la Juventud de SWAPO en la Universidad, y Panduleni líder de un consejo de mujeres. En 1984 ambas fueron arrestadas por personal de seguridad cubana, sin que se les informaran los cargos ni se les permitiera defensa alguna. Días después, junto a otros militantes de SWAPO también detenidos, fueron llevadas en avión a Luanda, donde fueron recibidas por personal de seguridad cubano, y entregadas a SWAPO. Los detenidos fueron trasladados luego a un centro ubicado en Luanda, en el sur de Angola. Allí las hermanas fueron separadas (no se vieron por dos años) y fueron sometidas a interrogatorios y torturas, mientras se les hacían absurdas acusaciones de traición. Durante cinco años vivieron en hoyos cavados en la tierra. Cientos de militantes también eran mantenidos en esos pozos; muchos fueron fusilados. Finalmente, las hermanas Kali fueron liberadas en 1989 a raíz de las transferencias de prisioneros dispuestas en los acuerdos de paz supervisados por la ONU.
Otros testimonios cuentan horrores semejantes. En la mayoría de los casos, los agentes de seguridad del SWAPO intentaban que los detenidos se reconocieran como espías de Sudáfrica. Las hermanas Kali y otros ex detenidos aseguran que los máximos líderes del SWAPO recibieron las denuncias de los presos sobre torturas y muertes, cuando inspeccionaban los campos de detención. Pero nada cambió. Irónicamente, el campo principal de torturas llevaba por nombre “Karl Marx Reception Centre in Lubango”.
El PCC y el Parent’s Committee reclamaron durante años la formación de una comisión investigadora independiente para esclarecer los hechos y determinar responsabilidades. La respuesta fue el silencio. Los gobiernos de Namibia, Angola o Sudáfrica no tienen, naturalmente, ningún interés en que se investigue algo. Tampoco las potencias occidentales. Menos todavía pueden desear una investigación los gobiernos de Cuba o Rusia. La ONU y las Iglesias cristiana y luterana de Namibia también se mantuvieron en silencio, a pesar de las múltiples denuncias recibidas. Los partidos de izquierda, con la excepción de algunos grupos trotskistas (que difundieron estos testimonios), miraron para otro lado. Y hasta donde alcanza mi conocimiento, ninguno de los intelectuales “nacional popular izquierdistas” que hablan de la “epopeya internacionalista cubana” ha hecho mención a estos horrores.
El MPLA y Cuba, ¿qué balance?
En paralelo con la intervención militar en apoyo a Angola, desde 1975 a 1991 la dirección castrista volcó todo su peso para sostener políticamente a la conducción del MPLA. Primero a Neto, hasta su muerte ocurrida en 1979; y luego a José dos Santos, su sucesor. Incluso personal militar y de seguridad cubano colaboró en la represión de corrientes críticas al interior del MPLA. A Dos Santos le fue otorgada la Orden José Martí, y Fidel Castro dijo que el líder angoleño estaba “en el campo del movimiento revolucionario” y que los dirigentes del MPLA representaban “la fuerza y la revolución del pueblo” (19/03/80). Una toma de posición que alentaba ilusiones “por izquierda” acerca de la naturaleza del MPLA, sus objetivos y programa.
Aquí debería tenerse en cuenta que, como tantos movimientos de liberación nacional, por aquel entonces el MPLA no tenía inconveniente en proclamarse partidario del socialismo, si eso servía a sus intereses. Sin embargo, su proyecto político jamás apuntó siquiera a establecer un régimen de economía estatizada. Sí adoptó formas políticas tomadas de los cubanos –fuertes servicios de seguridad e inteligencia, régimen de partido único, control de las masas trabajadoras- al servicio de un capitalismo dependiente y de un régimen político y militar corrupto por todos los poros. Por eso, si bien Dos Santos proclamó, en 1985, la adhesión del MPLA al marxismo, poco después iniciaba conversaciones con EEUU y Sudáfrica para normalizar las relaciones, encaraba reformas pro-mercado y negociaba con las grandes petroleras internacionales. La consecuencia fue que las tropas cubanas terminaron custodiando –con el respaldo de la URSS- campos petroleros concesionados por el gobierno “anti-imperialista” del MPLA a las potencias occidentales. A fines de los 1980, André Gunder Frank escribía:
“Rockefeller ya dijo hace algún tiempo, refiriéndose a Angola en particular, que muchos lugares que se llaman marxistas no lo son en realidad y si lo son no importa en cuanto sean responsables y pueda tratarse con ellos; esto es, que sea posible ganar dinero con ellos. Además, las principales exportaciones de Angola son el petróleo de Cabinda, que está custodiado por tropas cubanas. La mayoría del petróleo, del café y de los diamantes de Angola se exporta a Occidente. (…) En realidad irónicamente la Unión Soviética ha insistido repetidamente en que Angola no debería cortar sus vínculos con Occidente; los soviéticos no desean otra Cuba allí; aunque irónicamente Cuba defiende a los regímenes de Angola y Etiopía” (Frank, El desafío de la crisis, p. 27, 1988). En 2006 Castro reconocía: “Es cierto que hoy el imperialismo yanqui extrae de Angola petróleo por valor de miles de millones de dólares, despilfarra sus recursos naturales y agota sus reservas petroleras no renovables” (Reportaje de Ramonet a Fidel Castro, p. 343).
En definitiva, en los 1990 el MPLA abrazó las recetas neoliberales, y su cúpula se enriqueció gracias a los negociados que cerraba con las multinacionales del petróleo. Desde 1990 y hasta 2012 se privatizaron 198 empresas estatales. Dos Santos, que había amasado una inmensa fortuna, adquirió fuertes participaciones en varias de esas empresas; y su gobierno se alineó con el capitalismo y los intereses de Washington. En 1995 se llegó al colmo cuando Angola se abstuvo de votar una resolución de la ONU –apoyada por 117 países- contra el embargo de EEUU a Cuba. Pero en 2007, y de nuevo en 2014, Dos Santos fue recibido con honores en La Habana.
También debería señalarse que ya en 1992 se había reanudado la guerra entre UNITA -que desconoció el triunfo electoral que había obtenido Dos Santos- y el MPLA. En 1993 UNITA incluso tomó Cuito Cuanavale, esta vez sin ayuda de Sudáfrica. Con intermitencias, la guerra se prolongó hasta 2002, cuando fue derrotado UNITA. El país quedó literalmente devastado.
Cabe preguntarse entonces si no es hora de hacer un balance del respaldo de Cuba al MPLA. Durante más de 15 años la intervención en Angola demandó un esfuerzo gigantesco. Según datos brindados por Saney, desde 1975 a 1991 más de 300.000 cubanos estuvieron en Angola, en diferentes períodos, peleando, o trabajando como médicos, educadores, o prestando otros servicios. Más de 2000 combatientes perdieron la vida. ¿Qué balance hay de este esfuerzo? ¿Qué decir de las caracterizaciones de Dos Santos, y de la dirección del MPLA, en base a las cuales Fidel Castro continuaba brindándoles apoyo político? Los defensores del castrismo, a lo sumo, hablan de la “ingratitud” del MPLA para con Cuba. Pero en estas cuestiones no cuentan las gratitudes, sino los intereses de clase. La reconstrucción de una perspectiva socialista, capaz de superar el “cansancio histórico” del que hablaba un personaje de Padura (lo hemos citado en una parte anterior de la nota), no puede pasar por alto estas cuestiones.