EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE
de ANTE CILIGA
Las cárceles del leninismo
No sólo Lenin, Trotsky y Stalin habían mantenido parte del aparato represivo zarista y cooptado a viejos generales zaristas para imponer el reclutamiento forzoso en el ejército rojo sino que también aplicaron los métodos carcelarios del zarismo. Las cárceles del leninismo eran las mimas que antes, pero empeoradas (“se las ingeniaron para hacerla aún más oscura…había hecho falta abolir el zarismo y trece años de revolución para que esta vieja prisión perdiese la poca luz que tenía antes”). Recordemos que los primeros presos políticos del leninismo, fueron los mismos que los del zarismo había reprimido más: anarquistas, internacionalistas, maximalistas, socialistas revolucionarios de izquierda, etc. Lo que el dominio del marxismo-leninismo hizo fue empeorar todas las condiciones de detención, imponiendo condiciones de privación de la luz e incomunicación dignas de la Inquisición. Para quienes tuvimos la desgracia de conocer en directo los calabozos de la dictadura del capital no puede ser más claro que lo que describe Ciliga es exactamente lo mismo. ¿Cómo podemos aceptar la increíble y desconcertante mentira de que eso es el “socialismo” o el “Estado obrero” que seguían (y siguen) defendiendo críticamente todos los leninistas?
En el testimonio que comienza con estos extractos, se ve bien hasta que punto Ciliga era todavía un creyente del “marxismo leninismo”: le costaba enormemente convencerse de que el sistema torturaba, para él estas eran leyendas, inventos “pequeño burgueses”, cuando en realidad el Estado desde hacía más de una década se había convertido en el más desarrollado sistema de tortura. El proyecto socialdemócrata y de Lenin de las tareas democrático burguesas y desarrollo del capital se había logrado imponer: su resultado fue la modernización del zarismo y del terrorismo de Estado del capital
¡La prédica de los leninistas no podía conducir a otra parte! O dicho de otra forma: el desarrollo acelerado del capital que los leninistas impusieron debía necesariamente implicar el terrorismo de Estado. Solo fuera de Rusia se podía ignorar todavía de lo que era capaz la policía política de los bolcheviques. En América Latina esa mentira fue todavía mucho más persistente y debe ser adonde aquella religión de Estado tiene más creyentes. ¡El proletariado en Rusia llevaba 13 años de terrorismo de Estado con jeta leninista!
Ricardo
EXTRACTOS:
Pasé cinco meses en la prisión de Leningrado, hasta octubre de 1930. Los primeros meses los pasé encerrado en la celda nº 11. Era pequeña y oscura, como todas las del sótano. Durante mi estadía se las ingeniaron para hacerla aún más oscura poniendo postigos en las ventanas. Esto era tanto más cruel en la medida en que las ventanas no daban a la calle, sino a un patio mal iluminado. Había hecho falta abolir el zarismo y trece años de revolución para que esta vieja prisión perdiese la poca luz que ya tenía antes. De día, para poder leer, había que subirse a una mesa y quedarse de pie con el libro tan alto como uno podía para poder captar algo de luz. Nos íbamos turnando mi compañero de celda y yo. Hace algunos años –según mi compañero de celda, que ya había pasado por ahí– las condiciones de vida en esa prisión eran mucho mejores. Incluso se podía hablar por las ventanas; por las tardes, cuando se fusilaba a los condenados, se comunicaba previamente los nombres a toda la prisión, de manera que los condenados podían despedirse de sus compañeros más afortunados y darles las direcciones de sus familiares para que les comunicasen su suerte. Hoy ya no quedaba ni rastro de esta liberalidad. Un silencio sepulcral invadía las celdas y los pasillos.
Además, estos pasillos tenían el suelo tapizado, de manera que los pasos de los carceleros de la G.P.U. apenas eran perceptibles. Nuestros paseos cotidianos se limitaban a diez minutos. Seis celdas, es decir, doce presos, salían a la vez. Las parejas caminaban a cuatro o cinco pasos de distancia, para que nadie pudiera hablar más que con su compañero de celda. Aún así logramos intercambiar algunas palabras con las parejas de al lado, es decir, con las de las celdas 10 y 12. Poco a poco fuimos conociendo los nombres de los que se paseaban con nosotros, así como los crímenes de los que se les acusaba.
Mis once compañeros de patio estaban todos acusados de labores de espionaje para Polonia, Estonia, Letonia, Checoslovaquia e Inglaterra. La importancia de cada acusado variaba según la importancia del Estado que “representaba”. El que estaba acusado de espiar para Polonia era un artesano polaco, serio y flaco, padre de familia numerosa. Un hombre despreocupado que se pasaba el día silbando “representaba” a Estonia. Ya había pasado por tres años de exilio en Asia central por el mismo crimen. De vuelta a Leningrado, le habían arrestado de nuevo. Un ágil anciano, aparentemente muy experimentado en cuestiones conspirativas, estaba acusado de espiar para su patria, Letonia.
En cuanto a Inglaterra, estaba representada por mi compañero de celda. Me lo confesó él mismo, pero yo no le creía, pues pensaba que no era más que un agente de la G.P.U. encargado de vigilarme. Por otra parte, pensaba que los chekistas me habían encerrado intencionadamente entre toda esa gente para aterrorizarme moralmente. Las condiciones de vida eran duras y la alimentación mala. De almuerzo nos daban agua caliente en la que nadaban algunas hojas de repollo y un puñado de papilla de trigo sarraceno sin mantequilla. Y para cenar, el mismo “potaje”.
En las prisiones que no dependían de la G.P.U., el régimen era aún peor. El sentimiento de superioridad de la G.P.U. abarcaba todos los ámbitos y requería que la alimentación de “sus” detenidos fuera mejor que la del resto. ¡Cuando más adelante me trasfirieron a una galería común, me encontré con prisioneros que pensaban que era una suerte que te encerraran en una prisión de la G.P.U.! La mayor parte de los presos tenían permiso para leer libros y comprar periódicos. A mí, además, me habían dado permiso para tener tinta y papel. Mi compañero de celda recibía dos veces por semana unas vituallas que le enviaban sus allegados.
Siempre insistía en compartirlas conmigo. Esto no hacía más que reforzar mis sospechas: tomaba su bondad por una argucia de chekista. Pero cuando en el trascurso de la instrucción te minaron mostrándome los documentos de nuestro grupo en Moscú, ya era evidente que la G.P.U. sabía más de lo que necesitaba y no le hacía falta enviarme a ningún provocador. Pero si bien ya no pensaba que mi compañero fuese un provocador, sí que le creía culpable del crimen de espionaje por el que le habían encerrado: “En cualquier caso, la G.P.U. no se iba a poner a torturar a un inocente sin motivo”, me decía a mí mismo, cuando escuchaba sus alegatos de inocencia. Sin embargo, la impresión que me producía y lo que me contaba acerca de los episodios de su vida no me cuadraban con la imagen de un espía inglés.
Una tarde, agudizando el oído, mi compañero cuchicheó:
“¿No oye usted un ruido que se apaga?”
– Sí, ¿y bien?
– Están torturando a alguien.
Aquello me indignó: “Pase que en el extranjero se dé pábulo a todas esas fábulas sobre la G.P.U. que divulgan los pequeño-burgueses. ¡Pero aquí, en Rusia! ¡Vamos! ¿Acaso usted piensa que la G.P.U. es la Ojrana zarista? La G.P.U. mata si es necesario, aniquila, pero no tortura.”
Mi vecino me miró con cara de desesperación; luego terminó diciendo: “Espero que no pase aquí mucho tiempo y no llegue a conocer lo que es la G.P.U. Ustedes, los comunistas extranjeros, son todos unos verdaderos ignorantes. Si un comunista ruso me dice lo que usted acaba de decirme, habría roto toda relación con él…”…
Hacia mediados de julio me transfirieron a una galería común situada en el cuerpo principal del edificio, encima de la puerta principal. Había tres plantas de salas comunes. Allí las condiciones de vida eran completamente diferentes a las de las galerías de al lado. La sala a la que me llevaron estaba acondicionada para veintitrés prisioneros. Había veintitrés camas de tela de tienda que por el día se plegaban a lo largo del muro. Pero en los tres meses que estuve allí nunca hubo menos de ochenta detenidos en la sala. Algunos días la cifra se elevó a ciento diez. ¿Cómo nos poníamos? Había dos filas de mesas en medio de la sala, una parte de los detenidos cogía sitio en torno a las mesas, el resto se sentaban a lo largo de las paredes, sobre las camas o los bancos. Por las noches los detenidos colocaban los colchones que durante el día se guardaban al final del pasillo. No era fácil colocar cien colchones en la sala. Veintitrés personas ocupaban las camas, otras veintitrés ponían sus colchones bajo las camas, otras los ponían sobre las mesas y bancos, y por último otros se acostaban bajo las mesas y las banquetas y en las esquinas que quedaban “libres” en la sala, empezando por la puerta y terminando en los lavabos, que estaban en la otra punta de la sala. Se iban turnando los distintos sitios, por orden de antigüedad: primero te tocaba el suelo, luego las mesas y los bancos, y luego ya las camas. Los que estaban en el suelo se renovaban frecuentemente; los que se instalaban en las camas eran la población permanente de la sala. En los tres meses de estadía allí no llegué a dormir en las camas, aunque a veces se podían “comprar” por entre cinco y veinte rublos.
Dos veces al mes nos llevaban a las duchas, que estaban en el mismo edificio. Era una habitación con algunos bancos, una decena de barreños y grifos de agua caliente y fría. Nos llevaban por grupos y nos dejaban veinte minutos para nuestro aseo. A pesar del hacinamiento de los prisioneros, generalmente no había piojos. Lo que sí había eran chinches, pero no nos preocupaba. La alimentación era igual que en las celdas. Fue entonces cuando aprendí que los presos políticos tenían un régimen especial. En Rusia no existía la igualdad, ni siquiera en las prisiones. Cuando estaba en la celda no quise exigir mejor comida, aunque me la habrían concedido en calidad de comunista extranjero. Ahora que sabía que los presos políticos tenían un régimen especial, la exigí y la conseguí. Incluía sopa con un gran pedazo de carne. Además, recibía un kilo de azúcar al mes, cigarrillos, tabaco, mantequilla y jabón. En la cárcel, todo esto constituía una gran riqueza, y me incomodaba emplearla en aquel mísero y hambriento lugar. Ya me había acostumbrado a tomar el té sin azúcar, por lo que no me costó gran esfuerzo compartir el azúcar con mis nuevos vecinos. Incluso dándoles la mitad de mi comida, me sentía mejor alimentado que antes. Un poco de jabón, un poco de tabaco y un cigarrillo aliviaban un poco la suerte de mis compañeros de desgracias.
La numerosa población de la sala era bastante abigarrada. Allí estaban representadas todas las provincias, todas las clases y los grupos sociales. En poco tiempo uno se familiarizaba con esta Rusia en miniatura. El paseo cotidiano de cuarto de hora reunía en el patio a cuatro o cinco salas tan sobrepobladas como la nuestra, lo que venía a aumentar la diversidad de los grupos sociales allí representados. No sólo llegué a conocer la suerte de cientos de individuos, sino también la situación de decenas de provincias y los sentimientos de decenas de grupos sociales diferentes. Este caleidoscopio constantemente renovado reflejaba la vida de este inmenso país, inquieto, tumultuoso y lleno de desesperación. En nuestras salas resonaba el eco de los motines anti-colectivistas, de los gemidos procedentes de toda Rusia, donde se fusilaba en masa a los campesinos sublevados. La prisión estaba llena de ingenieros y de otros detenidos acusados de sabotaje. Obreros descontentos, marinos y comunistas de la oposición se codeaban allí con especuladores y curas. Se fusilaba a prisioneros prácticamente cada día. Un viaje a través de Rusia no ofrecía documentación más rica que una estancia de varias semanas en esta prisión
Ante Ciliga