EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA
EL APARATO Y LAS CONFESIONES
Esta vez Ciliga nos describe como se fue enterando de las “confesiones” de los acusados en Rusia. El método era exactamente el mismo del de la Inquisición: no había forma de no confesar. Dijeras lo que dijeras la “confesión” la redactaban los inquisidores y si no la repetías en los “procesos” estaba grabada y esa era la que escuchaba el público. ¡Pensar que esto solo se aceptó en occidente como realidad indiscutible, con la película de Costa Gavras “La Confesión” en 1970! Hasta ahí ni se entendía por qué quienes “confesaban” se sacaban el pantalón en pleno proceso y “confesión”: era la única manera de protestar que les quedaba. Incluso entonces Costa Gavras tuvo más dificultad para que le creyeran lo del terrorismo de Estado en el Este, que lo de Dan Mitrione en América del Sur como profesor de torturas. Todavía seguían quienes creían que los “marxistas leninistas” no eran torturadores y que eran menos malos que los yanquis, que los nazis. Todavía hoy la cultura dominante nos sigue diciendo que el nazismo era el mal absoluto y que el estalinismo es menos horrible. ¿Se puede seguir diciendo hoy esta ideología reaccionaria que perdona a los terroristas de Estado porque habría otro terrorismo de Estado que habría sido peor?
Ricardo
EXTRACTOS:
LOS INGENIEROS ACUSADOS DE SABOTAJE
Los presos se distribuían en la sala en pequeños grupos de tres a diez personas, según sus afinidades sociales, políticas, culturales o religiosas. Los ingenieros y los intelectuales constituían una aristocracia. Algunos de ellos incluso disponían de una sala aparte, bien amueblada; era tan grande como la nuestra, pero la ocupaban entre dieciséis y dieciocho ingenieros. Estos, de día trabajaban en las fábricas y de noche dormían en prisión. Algunos aún estaban siendo juzgados, otros ya habían sido condenados. Recibían una excelente alimentación y les trataban con respeto. “Esos son los ingenieros” o “nosotros somos los ingenieros”, eran frases con un significado muy particular: incluso dentro de la cárcel, reflejaban un sentimiento de superioridad sobre el resto de ciudadanos de a pie soviéticos.
Se decía que en algunas fábricas de Leningrado se habían construido prisiones especiales para los ingenieros condenados, que pasaban allí la noche y luego por el día trabajaban en la propia fábrica. También se decía que la G.P.U. se dedicaba a “vender” ingenieros condenados, sobre todo a los destinados a los campos de concentración de Solovkí; la G.P.U. se los cedía a los diversos trust y fábricas de toda Rusia con las siguientes condiciones: la mitad o dos tercios del salario del ingeniero que alquilaban eran para la G.P.U., y el resto se lo quedaba el ingeniero. Lo más curioso de todo esto es que la gente se resignaba y no se indignaba demasiado, como si pensaran: “Esto no es nada, ya lo hemos visto antes; sabremos arreglárnoslas, pues ellos sí que no se las pueden arreglar sin nosotros.”
Los ingenieros arrestados que no trabajaban se ubicaban en las salas comunes. Pero aquí la administración también les demostraba su benevolencia, pues iban mejor vestidos y recibían excelentes vituallas del exterior. Entre ellos, había quienes habían confesado sus “actos de sabotaje”. Muy lentamente y con mucho esfuerzo pude ir aprendiendo la historia de alguno de ellos y de sus “confesiones”.
“Me han tenido cinco meses en una celda completamente aislado” –me confesó uno de ellos–, “no me daban ni periódicos, ni libros, ni tabaco, ni correo, y mi familia no tenía permiso para visitarme. Estaba hambriento y angustiado por la soledad. Querían que confesara unos actos de sabotaje que yo no había cometido. Me negué. Me dijeron: ‘Si usted, como dice, apoya al gobierno soviético, debe demostrarlo con hechos; el gobierno necesita esa confesión. No tema las consecuencias, el gobierno tendrá en cuenta su franqueza y le permitirá reparar sus faltas trabajando. Pronto obtendrá permiso para ver a su familia, podrá recibir correo, diarios, y podrá pasearse. Pero, en cambio, si se obstina en guardar silencio, será sometido a una represión despiadada, y además se tomarán represalias contra su familia y sus hijos…’ Me mantuve firme durante un mes, pero al final la soledad se me hizo tan insoportable que me parecía que ya no podía pasarme nada peor. Todo me daba igual. Firmé todo lo que pidió el juez de instrucción.”
Este hombre parecía muy deprimido y caminaba de un lado a otro con cara de despistado. Había muchos otros detenidos que también habían confesado imaginarios actos de sabotaje y que se hallaban en el mismo estado
Tras pasar algunos meses en esta atmósfera, me di cuenta de que todos los casos de sabotaje se los había inventado la G.P.U., que sistemáticamente transformaba en espionaje y sabotaje lo que no era más que descontento o resistencia pasiva por parte de los ingenieros. Los relatos de los “arrepentidos” revelaban también los métodos con los que se preparaba y se montaba el proceso de sabotaje. Pero el objetivo político de estos procesos sólo lo comprendí más tarde. Consistía en mantener a los especialistas aterrorizados, desmoralizarlos para prevenir así sus veleidades de aliarse con los campesinos, una alianza que en la época de la colectivización masiva habría sido tanto más peligrosa para la burocracia comunista, pues el capital extranjero la habría apoyado. Este terror no sólo sorprendía por las falsas acusaciones y las confesiones forzadas, sino también por las recompensas materiales que se ofrecía a los “arrepentidos”. Tras pasar largos meses en prisión junto a estos ingenieros, me di cuenta de que no se trataba de un procedimiento cruel, sino más bien del más vil de los chantajes. Parecía que el poder decía a sus adversarios: “Haced lo que queremos, vended vuestro honor y conciencia, confesad los crímenes que no habéis cometido y a cambio tendréis todos los bienes del mundo”
Todo parecía una pesadilla. Lo que más me chocaba era la naturalidad y el orden en el que todo esto sucedía. Se detenía a la gente a millares, “confesaban”, les condenaban y les mandaban al exilio; luego les obligaban a trabajar en las diversas ramas de la producción para purgar sus penas, y finalmente les devolvían sus derechos. Una parte de esta gente se quedaba por el camino, fusilados o de muerte natural, y la rápida corriente de la vida soviética rápidamente se llevaba su recuerdo…
EL ORO Y LA TORTURA
En la prisión de Leningrado era particularmente sorprendente el trato que recibían los presos acusados de retener oro. En esta época se detenía en toda Rusia a gente sospechosa de poseer oro y objetos valiosos. Esto es lo que les sucedía: los agentes de la G.P.U. registraban su casa por la noche y se llevaban todos los objetos de valor, empezando por la cubertería de plata y terminando por las piezas de oro y las obras de arte. Luego, al margen del resultado del registro, se llevaba al sospechoso a prisión y se le exigía que entregase, para ayudar al Plan Quinquenal, el oro y los objetos de valor que podía haber ocultado. Ciertamente las exigencias eran legítimas, ¡¿pero y los procedimientos de ejecución?! Grupos enteros de esta gente esperaban en la puerta de los juzgados de instrucción. Les dejaban allí días enteros, sin comer ni dormir, para obligarles a entregar el oro. Al ser llamado por el juez de instrucción, yo mismo tuve ocasión de verles. Reconocí entre ellos a un joven dentista encerrado en la misma sala que yo. ¡Hacía cuarenta y ocho horas que estaba de pie en el pasillo! Su rostro colorado y resplandeciente se había vuelto negro y terroso. Un día uno de estos desgraciados enloqueció y se puso a gritar señalando al final del pasillo: “¡Miren, sangre!”. Pero la G.P.U. le dejó de pie otras veinticuatro horas en ese estado, para “persuadir” al resto. Uno de mis camaradas trotskistas asistió en una prisión provincial al siguiente episodio: la G.P.U. sabía que un grupo de presos que se sospechaba que tenían oro en realidad no lo tenían. Pero entre ellos había uno que sí. La G.P.U. les hizo llamar a todos excepto a este último y les prometió la libertad si lograban que les entregara el oro. Estos desgraciados, al volver a la sala, se pusieron a gritar a coro: “X…, entrega el oro, ¡entrega el oro!”. Este concierto duró algunos días, y X… terminó suicidándose.
Más tarde, en Siberia, me topé con gente, la mayor parte ancianos y ancianas, que había sido sometida durante diez o veinte días al terrible frío de Siberia, sin comida ni agua, para arrebatarles el oro que se suponía que tenían. Después de pasar por semejantes torturas, los que tenían algo terminaban entregándolo. Los fondos para la industrialización aumentaron de esta forma entre cien y doscientos millones de rublos en toda la URSS; pero como las detenciones se hacían a la buena de Dios, generalmente gracias a denuncias, la mayoría de esta gente no poseía nada, y se dejaban allí la salud y a veces la vida. Lo que era particularmente odioso era la forma en la que se tenía que entregar el oro. Los afectados tenían que firmar una declaración en la que afirmaban que por propia voluntad entregaban tal o cual suma a los fondos para la industrialización socialista. Además, toda esta gente que había sido torturada, al salir en libertad, tenía que prometer por escrito que jamás contaría a nadie lo que había visto o sufrido en prisión. ¡Estos métodos estalinistas me recordaban a los conquistadores y los métodos que aplicaban a los desgraciados indígenas!
Pero esta no era la única categoría de prisioneros a la que se torturaba. Conocí casos en lo que la G.P.U. estuvo interrogando a sus presos durante dieciséis o veinticuatro horas. El prisionero era interrogado sin descanso por varios jueces de instrucción, que le interrogaban por turnos para que no pudiera relajarse. Por otra parte, se esforzaban en desmoralizar a la víctima mediante procedimientos como este: uno de mis vecinos de sala, detenido por pertenecer a una secta religiosa, volvió tras un interrogatorio semejante a estos. Era un hombre de salud delicada al que el interrogatorio dejó completamente destrozado. Se abalanzó sobre la comida que tenía a mano, se descalzó y se dejó caer pesadamente sobre la cama que alguien le dejó. Apenas pasados diez minutos, sonó la puerta y el carcelero le hizo llamar para un nuevo interrogatorio ante el juez de instrucción. Esto para mí era un terrible choque. Jamás habría admitido que semejantes cosas fueran posibles en la Rusia soviética. Tenía una opinión mejor de la G.P.U.
Ahora me daba cuenta de que la degeneración del poder soviético, antes revolucionario, era mayor de lo que yo pensaba. Estaba tan sorprendido e indignado que aprovechéla primera ocasión que tuve para protestar ante el juez de instrucción contra todos estos horrores, estas torturas, estas falsas acusaciones y estas “confesiones” no menos falsas. “¿Pero qué hacen ustedes?”, le dije, “nosotros les defendemos en el extranjero, ¡y ustedes perpetran aquí crímenes que yo creería imposibles si no los hubiera visto con mis propios ojos! Están comprometiendo la revolución y el socialismo y terminarán logrando que los campesinos, los pequeño-burgueses de las ciudades y los intelectuales sin partido se conviertan en enemigos mortales del socialismo y de la revolución.”
El juez de instrucción, que no podía negar los hechos, me contestó más o menos en estos términos: “No hacemos eso con usted, ni en general con los revolucionarios. En cuanto a la pequeña-burguesía, nos vemos obligados a tratarla así, pues el país está metido en la más aguda lucha de clases.” Pero para mí nada podía justificar el empleo de métodos tan viles por parte de un gobierno socialista y revolucionario.
No tardé en saber que a los obreros también se les sometía a estas torturas dignas de la Inquisición. Un día, un marinero que había estado en el más estricto aislamiento fue transferido a nuestra sala. Era un hombre joven y de buen porte. Mientras estaba en la celda individual, la G.P.U. se obcecó en arrancarle una confesión sobre su participación en una supuesta conjura contra Stalin. La G.P.U. recurrió a todos sus medios. Varias veces le hicieron salir de la celda diciéndole que le iban a fusilar por guardar un silencio criminal. Le llevaban al patio y le ponían de espaldas a la pared como si fueran a fusilarle, para luego devolverle a la celda diciendo: “A pesar de todo eres un obrero, no queremos abatirte como a cualquier guardia blanco. Pero como obrero, debes confesar con franqueza.” El marinero no “confesó”, pero se volvió medio loco a causa de estas torturas; entonces le dejaron en paz
Ante Ciliga