Rolando Astarita
La crítica al socialismo burgués, o al socialismo “Siglo XXI” (en realidad, capitalismo de Estado burocrático) suscita fuertes reacciones en amplios sectores del socialismo. Es que la idea de que hay que apoyar –“críticamente”- a regímenes burgueses que se proclaman a sí mismos socialistas, o progresistas, está firmemente establecida en la opinión pública de izquierda. El razonamiento más común es que hay que apoyar todo lo que permita mejorar, aunque sea en grado limitado, la situación de los trabajadores, o de las minorías oprimidas.
Pero el argumento no tiene mucho sentido, ya que los marxistas podemos defender medidas progresistas, sin por ello dar apoyo político a los gobiernos que las pusieron en práctica, si esos gobiernos son partícipes del sistema de explotación del trabajo. Por ejemplo, defendemos, si están en peligro, las leyes que establecen la jornada laboral de ocho horas, sin por ello apoyar políticamente a los gobiernos que impulsaron o promulgaron esas leyes. Defendemos el sufragio universal frente a los fascistas y otros reaccionarios, sin por eso solidarizarnos políticamente con los gobiernos burgueses que establecieron el sufragio universal
Contra la Iglesia defendemos el derecho al divorcio, sin que esto implique apoyar políticamente a los gobiernos burgueses que legalizaron el divorcio. Y así podríamos seguir con los ejemplos. Todo esto se encuentra en las mejores tradiciones de la lucha de clases, así como de la independencia política de los trabajadores frente al Estado capitalista y la burguesía. Solo una larga práctica de colaboración con la clase dominante por parte de los PC y PS permitió que se borrara de la memoria histórica del movimiento obrero y socialista esta tradición. Una práctica que, recordémoslo, fue impuesta con métodos burocráticos y con la represión sistemática de las alas críticas y rebeldes de vanguardia revolucionaria
Pero no se trató, ni se trata, solo de represión y métodos burocráticos. Los capitalismos de Estado y los socialismos burgueses, así como antes los regímenes stalinistas, también han sabido adquirir las voluntades y las conciencias de muchos intelectuales de izquierda, incluso de muchos marxistas, con lisonjas y favores materiales de todo tipo
Estos marxistas saben perfectamente de lo que estoy hablando. Son los que acomodan siempre su discurso a lo que consume el sentido común bien pensante de la izquierda. Son los habitúes de Conferencias y Congresos internacionales, a los que concurren para pronunciar sus previsibles discursos contra “el imperio y el capital financiero internacional”, para terminar aplaudiendo la “firmeza antiimperialista” del burócrata de turno que les ha pagado el viaje, el hotel, las recepciones y los viáticos acordes con la “alta función revolucionaria del compañero que nos visita”. Son los que se postulan como consejeros de izquierda del “burócrata socialista” o del “socialista burgués” que les va a subvencionar la próxima edición del libro que acaban de escribir. O los que conceden ideológica y políticamente todo lo que les pide el político o funcionario “progre” de turno, a cambio de que les financie un centro de investigación, o les abra la puerta de los medios de prensa –“nacional y populares”, faltaba más- disponibles
De esta manera, se ha engendrado toda una ristra de amanuenses intelectuales que danzan al compás de la música que les ponen, y que justifican lo que les dicen que tienen que justificar. A este marxismo acomodaticio, por supuesto, le viene muy bien la vieja historia del “apoyo crítico”. El adjetivo es la excusa para saltar del barco cuando este empieza a hacer agua (“siempre tuve mi postura ‘crítica’”, nos dicen al final del experimento del “apoyo crítico”); y para preparar su próximo “apoyo crítico” (y sus correspondientes viajes, Congresos y Conferencias, hoteles y recepciones, y sesudos escritos).
Para terminar, hace muchos años, justo después de la caída del Muro, la esposa de un funcionario y alto intelectual del PC argentino, que viajaba con su marido rutinariamente a la URSS, me decía: “íbamos a las Conferencias y paseábamos por las calles, y no veíamos lo que estaba a nuestra vista”. Es claro que el “ver” le hubiera costado a esta pareja de “altos revolucionarios” algún serio disgusto en materia de viajes, recepciones y honores. No encuentro mejor ejemplo de lo que quiero significar cuando hablo del “marxismo acomodaticio”. Por eso, no habrá forma de reconstruir el contenido crítico, subversivo y humanista del marxismo si no acabamos con estos comportamientos ovejunos frente a los poderes establecidos, así estos se llamen “de izquierda”