Miguel Salazar
Comentario de la Semana / Edición 545- 21/8/15
El siguiente es un cuento auténtico, quizá tanto o más que los mismísimos funerales de la Mamá Grande; así como su muerte sacudió a Macondo en sus entrañas, hoy, Venezuela vive estremecida por el apocalipsis urbano que se resume en la modalidad de los “bachaqueros”, asumida como una noción de empleo desde que se instó a la población de menos recursos a utilizar cualquier actividad económica para subsistir, mientras una burocracia se enriquecía “correteando” las finanzas públicas. Arrollado por la sin razón quedó el barón Keynes (el interfecto inglés y su rigor majestuoso); desde entonces la confusión (incluso legalizada por las estadísticas del INE) ha sido el Padrenuestro de cada día. En los “bachaqueros” se resume la conducta de los “manteleros”, los taxistas improvisados y los “mototaxistas”, los “limpia parabrisas”, los vendedores ambulantes de lotería, los expendedores de chucherías, los acróbatas de carreteras, las fritangas de los “policías acostados”, los “alquila celulares”, los “pimpineros”, los “parqueros”, los “raspa tarjetas”, los contrabandistas, las chupeteras, los invasores, los “pranes” y los vendedores de ranchos; no obstante, los “bachaqueros” constituyen la mayor clientela electoral porque, a diferencia de lo que expresan las estadísticas, la pobreza se ha multiplicado y para nadie en esas condiciones luce atractivo un salario mínimo de 12 dólares mensuales. Hoy, la brecha entre los pobres y los ricos es casi insalvable, con un agravante: la corrupción ha fortalecido a una burguesía emergente (los “bachaqueros de cuello blanco”) que vive de las finanzas públicas
El estado de pobreza que se advierte en el país contradice la aseveración según la cual estamos entre las naciones más felices del mundo. Desde otro ángulo, resulta perverso dejar caer todo el peso represivo sobre los pobres que han hecho de la trampa una actividad económica, mientras, los “bachaqueros de cuello blanco” (entiéndase los nuevos ricos) alardean de su ostentosa riqueza. La ofensiva contra los más débiles puede ser un arma de doble filo, porque se está tocando a la base social de la revolución, a los mismos pobres que se multiplicaron con las políticas equivocadas, a esos cuya inversión social llegó por cuentagotas porque el grueso se lo llevaron los burócratas. Si se quiere desmontar la fulana guerra económica hay que ir a la raíz del problema y sacar del tesoro público las manos de los ladrones. En caso contrario, se agravará la situación del pueblo y el “bachaqueo” de la menudencia crecerá en forma geométrica. Entretanto, ¿qué se quiere, que nos olvidemos del desastre cambiario? ¿Qué obviemos cómo una casta burocrática se hizo millonaria con la importación de alimentos? ¿Qué ignoremos a los burgueses de la salud? Pienso que a esta revolución le ha faltado inconformidad, porque nos resignamos hablando de inversión social y sabemos que ella se traduce en migajas que sólo llegan a quienes la necesitan bajo el compromiso obligado y tácito de llegado el momento votar por la revolución. Por lo demás, quiero manifestar mis dudas acerca de cómo se enfrenta el desorden que prevalece en el país; a veces pienso que el caos ha pasado a ser una política de Estado, porque así lo requiere la elite gobernante para su estabilidad particular; no obstante, la ostentación y el derroche se percibe, tanto que me lleva a recordar las crónicas de la caída del Imperio Romano. No me queda sino exigirle a quienes tienen la responsabilidad de gobernar que más bien hagan gala de la austeridad. Me permito resaltar una anécdota que le ocurrió a Konrad Adenauer (un político alemán que sobresalía por su honradez y exagerada economía): cierto día, unas damas caritativas le pidieron un traje viejo para donarlo a los pobres. Adenauer les respondió apenado: No tengo ninguno para darles. Le preguntaron qué hacía entonces con sus trajes viejos: Los llevo puesto, fue su respuesta