Un compañero me hace notar que estoy en un error al no dar crédito a la versión de que la novela de Mario Puzo “El Padrino” haya sido la lectura favorita de los presos del MLN-T en el penal de Punta Carretas. La verdad, según me dicen, es que sí se conoció allí esta novela, se la leyó, y era preferida por muchos tupas del círculo de dirección. Yo no había dicho que eso fuese una mentira, simplemente lo consideré muy poco probable por los datos editoriales. Me equivoqué, y me informa el compañero que hubo otra edición. Agradezco estos datos, siempre es importante llegar a la verdad, me apuré a sacar conclusiones.
Se trata de una novela muy buena, y la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola es excelente. Pero creo que el motivo de que se la mencionase no es de estética sino de ética. Es como decir: los tupa siempre tuvieron una moral mafiosa. Si eso es realmente lo que se quiere decir, pensémoslo un poco más.
En una de mis notas de comentario al libro de Jorge Zabalza “La experiencia tupamara” hice referencia a la estrategia planteada en el Documento 1 del MLN-T, y desarrollada en otros escritos de esa organización. Voy a resumir brevemente el concepto.
En Uruguay hay (el tiempo verbal presente se refiere a 1967) “condiciones objetivas” para una revolución, no hay aún condiciones subjetivas, pero la guerrilla puede crearlas. Dos obstáculos se señalan. Una, la existencia todavía de un gobierno electo que es un “inconveniente” para justificar la lucha armada ante las masas. La otra, el predominio de tendencias reformistas y burocráticas en el movimiento popular. La acción armada, precipitando las cosas, podría resolver ambos problemas a un tiempo, obligando a la reacción a desenmascararse y reprimir al pueblo, y poniendo a los reformistas ante el “hecho consumado” que los obligaría a ponerse detrás del movimiento armado o quedar a “la orilla del camino”
Esta idea fue muy discutida en su momento, en cuanto a su conveniencia táctica, eficacia política, etc. Obviamente, ni vale la pena entrar hoy en esa discusión. La realidad fue muy diferente, incluso las posibilidades de aplicar esa curiosa estrategia resultaron limitadas, pero aun así el daño que hizo fue muy grande.
Ahora bien, hay otro aspecto a considerar en eso de poner al movimiento popular ante el “hecho consumado”, ahorrándose “declaraciones y manifiestos”, o sea: forzar el desencadenamiento de la represión. La pregunta que surge es: ¿Es esa una actitud moralmente correcta? Es una pregunta que podría hacerse de entrada, pero que cobra más sentido si ahora nos enteramos que aquellos grandes estrategas eran devotos de los personajes de Puzo.
Por supuesto, desde el punto de vista de la moral burguesa de “el fin justifica los medios”, la discusión misma es una pretensión ingenua, te mirarán con aire sobrador y te dirán: No entendés nada. ¡Mirá que sos boludo!
Por eso, la verdadera discusión debemos plantearla desde otro ángulo: Mostrame qué FINES conseguiste, cuáles fueron tus resultados
Como los resultados no dan ni para imaginarse una posible discusión, aparece esta otra actitud de alguno:¿Por qué me echan la culpa a mí, si todo era una gigantesca mierda?
Panorama patético, en realidad. Si alguien termina viendo que su vida resultó una gigantesca mierda, que vaya al diván y no venga a hacer catarsis acá. Esa pelea de “vos la cagaste antes”, “pero tu sorete era más grande que el mío”, es una versión dada vuelta de la vieja y aburrida discusión de siempre.