Raúl Zibechi -19 febrero 2016 Desinformémonos.org
Aquí la gente no tiene miedo", sonríe el taxista mientras se abre paso, demasiado con lentitud exasperante, por las imposibles calles de El Alto, rumbo al centro de La Paz. "No tienen miedo", repite encogiendo los hombros. Casi un mantra con el que parece explicarlo todo, desde el caos del tránsito hasta la increíble fuerza interior de las mujeres –omnipresentes en la ciudad aymara- trabajando como hormigas, cargando bultos, haciéndose cargo de la vida.
La ciudad luce cambiada, sobre todo por el asfalto impecable de sus calles y los edificios de cuatro y cinco piso, los cholets, estilo arquitectónico mestizo nacido en El Alto de la mano de una pujante burguesía comercial aymara. Nadie parece alarmarse por el confuso episodio de la ocupación y quema del municipio alteño por padres de familia que se saldó con seis muertos, en el mismo momento en que el taxista repetía su mantra.
La alcaldesa Soledad Chapetón, que venció en las elecciones municipales con el 55 por ciento de los votos en un bastión oficialista, acusa a ex ediles del MAS por el asalto e incendio de la alcaldía. El gobierno, por su parte, asegura que se trató de un "autoatentado" de la alcaldía alineada con la oposición. Los hechos de El Alto cobran especial relevancia en la recta final de la campaña electoral para el referendo del domingo 21, en el que los bolivianos deben decidir si se reforma la Constitución para permitir una segunda reelección de Evo Morales.
La avenida principal de La Paz, en el centro de la hoyada, medio kilómetro debajo de El Alto, lleva varios días cortada por manifestantes. Hileras de cholas con sus polleras y sombreros, sentadas serenamente cortan las calles, mientras los varones disparan cohetes. La mayoría pertenecen a asociaciones de jubilados, pero detrás de ellos llegan los mineros, los petroleros y diversos sectores que aprovechan la coyuntura electoral para arrancar una demanda adicional al gobierno.
"Reclamamos por el segundo aguinaldo", explica una mujer cuando se le pregunta el motivo de la protesta. La semana previa al referendo es testigo de la multiplicación de manifestaciones populares, una confluencia espontánea de los más diversos sectores que creen que es el momento oportuno para exigir.
RESULTADOS INCIERTOS. "¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?". Esta es la pregunta que deberán responder seis millones de bolivianos este domingo.
La iniciativa partió de la presidencia y muchos creen ver la mano del vicepresidente Álvaro García Linera, cerebro gris detrás del primer mandatario. Morales llegó a la presidencia en 2006 con el 54 por ciento de los votos. Fue reelegido en 2010 con un abrumador 64 por ciento y en 2015 con 61 por ciento obtuvo un tercer mandato que concluirá en 2020. Ahora pugna por presentarse nuevamente, lo que podría llevarlo a ejercer el poder hasta 2025, o sea 20 años consecutivos.
La pregunta que se hacen muchos bolivianos, es porqué se promueve un referendo con tanta anticipación ya que las elecciones nacionales se realizarán dentro de cuatro años. Lo cierto es que el referendo partió al país en dos mitades. Con el Si están alineados el MAS y los movimientos sociales que apoyan al gobierno, entre ellos la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la más importante organización social del país. Pero también algunas figuras locales de relieve, como los ex futbolistas Marco Etcheverry y Erwin Sánchez.
El No a la reelección es mucho más heterogéneo. Entre sus filas destacan el expresidente Carlos Mesa, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, ambos de la derecha, pero también el gobernador de La Paz, Félix Patzi y la exministra de Defensa Cecilia Chacón, que pueden ser considerados de izquierda.
Las encuestas son una lotería. Las difundidas en febrero, apuntan a un empate en torno al 40 por ciento para cada opción, correspondiendo la definición a los indecisos. En el cierre de la campaña oficialista, el miércoles 17, miles de personas aclamaron a Morales en la avenida Costanera de la zona Sur de la capital.
"Nos hemos liberado e impulsamos desde los movimientos sociales un instrumento político de liberación y en diez años hemos cambiado la imagen de Bolivia", aseguró Morales quien destacó que su proclamación para una nueva elección general fue producto del "pedido de los movimientos sociales y del pueblo organizado".
A la misma hora estudiantes de la Universidad Pública de El Alto (UPEA) protestaron cerca de la plaza Murillo, aludiendo al último escándalo que vincula a Morales con la empresaria Gabriela Zapata Montaño, quien se habría beneficiado de su relación privilegiada con el presidente. "Evo, Zapata, devuelvan la plata", coreaban los estudiantes que junto a organizaciones de jubilados colapsaron el centro de la ciudad.
Según la prensa opositora, las personas que participan en los actos oficialistas son funcionarios que asisten de modo obligatorio. Apenas finalizó el discurso del presidente, "funcionarios públicos y miembros de organizaciones sociales se afanaban en estampar su nombre y firma en las listas de asistencia del cierre de campaña del Sí que organizó el MAS en la ciudad de La Paz" (Página Siete, 18 de febrero de 2016).
Una de las movilizaciones más concurridas fue la realizada en la noche del miércoles 17 en la céntrica plaza San Francisco por los partidarios del No, en la que participaron organizaciones sociales importantes (como CONAMAQ) que antes estaban a favor del gobierno y que le dieron la espalda en 2011 cuando la marcha en defensa de un territorio indígena y parque natural que iba a ser atravesada por una carretera, fue reprimida por las autoridades. "Fue la manifestación más numerosa y ruidosa realizada por la oposición boliviana en una década en La Paz" (Agencia Fides, 18 de febrero de 2016).
UN GOLPE DEMOLEDOR. Una semana antes del referendo estallaron dos bombas que afectan la credibilidad del gobierno. La de menor potencia se relaciona con el vicepresidente, en cuya libreta militar figura como "licenciado en Matemáticas" cuando nunca finalizó sus estudios. En sus numerosos libros también aparece como titulado. En la solapa de "Sociología de los movimientos sociales en Bolivia", dice que es matemático y sociólogo, lo mismo que otras de sus publicaciones.
El sábado 13 se presentó ante los medios y declaró, con la soberbia que le ha granjeado numerosas antipatías: "Álvaro García Linera estudió matemáticas en México, no concluyó su licenciatura porque se vino a Bolivia a organizar una guerrilla para luchar contra los neoliberales, lo dije hace dos años, hace tiempo atrás", dijo el vicepresidente.
La agencia Fides informó que una biografía que estaba publicada en la página web de la Vicepresidencia, había sido retirada. En ella se señalaba que García Linera "obtuvo su pregrado y postgrado" en la UNAM de México. Ahora existe otro texto, que señala solamente que "estudió matemáticas" (Pagina Siete, 15 de febrero de 2015).
Pero el petardo mayor estalló en las narices de Morales. El periodista Carlos Valverde denunció que Morales realizó tráfico de influencias para beneficiar a la empresaria Gabriela Zapata Montaño, quien representaba a una empresa china en Bolivia. El presidente reconoció que mantuvo una relación con la joven empresaria y que en 2007 tuvieron un hijo que falleció, aunque no dio detalles, pero negó que su empresa se hubiera visto beneficiada por la relación sentimental.
Según la denuncia, Morales conoció a Zapata en 2005 cuando ésta tenía 19 años y el presidente 45. Ella es una asidua en las páginas sociales de la ciudad de Santa Cruz, trabaja para la empresa China CAMC Engineering, que mantiene millonarios contratos con el Estado. La acusación sostiene que el gobierno la favoreció en contratos que superan los 500 millones de dólares. Fue el primer golpe directo al mentón de Evo, que puede haber afectado tanto su credibilidad como los resultados del referendo del domingo.
El gobierno contraatacó con fuerza, señalando que el periodista fue jefe de la inteligencia boliviana entre 1989 y 1993, en pleno período neoliberal, y que actualmente tiene relaciones estrechas con la embajada de los Estados Unidos. Según el argumento oficialista, Washington está intentando frenar el avance chino en la región sudamericana lo que explicaría el hecho de que los contratos con la empresa que representa Zapata estén en el ojo del escándalo.
Ambas cosas pueden ser ciertas. Que el periodista trabaje en función de los intereses estadounidenses y que la empresa china se haya visto favorecida por la especial relación entre el presidente y la empresaria.
EL EXTRACTIVISMO EN EL CENTRO. Lejos del ruido mediático, el debate más de fondo coloca en el centro la cuestión de modelo productivo impulsado por el MAS, centrado en la explotación y exportación de hidrocarburos, minería y monocultivos de soja. En suma, el mismo modelo que caracterizó al país a lo largo de toda su historia, desde la colonización española.
Los cuestionamientos se deben al continuismo del modelo bajo los gobiernos del MAS, que habían prometido ir más allá promoviendo un "salto industrial", que no sólo no se produjo sino que se asiste a la profundización del extractivismo. Ahora el vicepresidente habla de un "extractivismo temporal", que permitiría la acumulación de recursos para invertir en la industrialización. Sin embargo, fuera de una reactivación de la industria textil en manos de pequeños y medianos productores, los cambios no llegan.
El investigador Pablo Villegas del Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), sostiene que la caída de los precios de las commodities en el mundo está provocando una aguda crisis en el país. "Esta crisis tiene dos aspectos", dijo a BRECHA. "Por un lado tenemos un endeudamiento externo creciente y un importante aumento de impuestos, y por otro una incapacidad institucional para afrontar la crisis. De ese modo vamos a tener un gobierno con recursos en un país sin recursos y con una población estrangulada por altos impuestos".
Meses atrás el CEDIB, cuya sede está en Cochabamba, fue una de las ONGs amenazadas por el gobierno de expulsión, por sus permanentes críticas al oficialismo. Los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia se han caracterizado por su no aceptación de críticas cuando provienen de las izquierdas. Villegas no es optimista respecto al futuro inmediato, y sospecha que de agravarse la crisis el gobierno puede optar por una salida represiva contra los movimientos sociales y las inevitables movilizaciones callejeras que forman parte de la cultura política del pueblo boliviano.
"Todo su plan es mantenerse en el poder", sostiene Villegas respecto al MAS y a Evo Morales. "La alternativa es recuperar la democracia", ya que considera que una característica común de los progresismos es "la corrupción, como lo muestran los gobiernos de Brasil, Chile y Bolivia".
El sociólogo Luis Tapia, por su parte, asegura que "el excedente de las exportaciones de commodities no se ha utilizado en la transformación productiva sino en lubricar redes clientelares para aumentar el control político de las sociedades y facilitar el ascenso de una nueva burguesía".
Tapia fue miembro del grupo de intelectuales que se denominaron Comuna, y trabajó años junto al actual vicepresidente García Linera, del que mantiene una distancia tanto personal como intelectual. Reflexiona sobre lo que denomina como "presidencialismo colonial", que consiste en "procesos electorales permanentes para legitimar decisiones tomadas fuera de los ámbitos institucionales e incluso fuera del país, usando los procesos plebiscitarios como fachada para evitar cambios de gobierno".
Pero la crítica más demoledora la realiza la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui, un mito boliviano, tanto para los intelectuales como para los movimientos. Es autora del más importante libro sobre la historia social boliviana, "Oprimidos pero no vencidos", que relata y analiza la historia del campesina aymara y quechua desde 1900. Rivera es tanto intelectual como activista, y es la pensadora boliviana más reconocida dentro y fuera del país.
En una carta difundida el martes 16, en que defiende el voto contra la reelección, acusa a García Linera de haber pergeñado una alianza con los terratenientes de Santa Cruz a quienes habría ofrecido "cambiar cualquier ley o decreto para favorecerlos". Va más lejos al destacar que "reconozco en él a uno más de los arribistas que han llenado nuestra trayecto de oprobios, indignidades y derrotas". Convoca las "energías de nuestra conciencia rebelde y la luz de las enseñanzas indias y plebeyas de nuestra historia", para evitar que gane la reelección.
Llama la atención la mutua desconfianza, y hasta el odio, que se prodigan mutuamente los miembros del gobierno y quienes fueron parte del mismo proyecto hasta que comenzaron a transitar caminos opuestos. En efecto, hasta 2005 unos y otros se batieron juntos en las guerras del agua (2000) y del gas (2003 y 2005), en decenas de marchas y acciones colectivas a lo largo y ancho del país. Para los oficialistas, los críticos "hacen el juego al imperialismo". Para los opositores de izquierda, los nuevos gobernantes "han traicionado la agenda de octubre", una lista de demandas que se rubricó con sangre en las jornadas de octubre de 20034, donde murieron 67 manifestantes y 500 fueron gravemente heridos.
Un diálogo imposible que muestra los límites de los procesos de cambio y de las propias alternativas por izquierda.
envióFMoyano
El EVOTEST DIO NEGATIVO
Pablo Stefanoni
Brecha, n° 1579 Montevideo, 25-2-2016
Evo Morales no podrá postular en 2019 a un nuevo mandato. Lo decidieron los bolivianos el domingo pasado en un referéndum en el que él No le ganó al Sí por una diferencia de 130 mil votos. Las dos notas que siguen analizan las causas de la primera derrota electoral del líder indígena.
Evo Morales se metió solo en lo que, desde el comienzo, se veía como la elección más difícil en una gestión marcada por una sucesión de contundentes triunfos electorales durante una década. Como si la “abstinencia” electoral resultara insoportable para un líder que necesita de la continua aprobación de las masas, el presidente boliviano se lanzó a un referéndum para habilitar precozmente un cuarto mandato, cuando aún le quedan cuatro años para terminar su tercera gestión. De este modo, el propio gobierno que la pergeñó decidió, luego de seis años de aprobada, modificar la nueva Constitución Política que puso las bases del Estado Plurinacional en 2009. La pregunta era: “¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?”.
La primera dificultad, obvia, de un referéndum de esta naturaleza es que unifica a todos los oponentes en la opción del No. Desde los racistas que nunca quisieron un gobierno campesino-indígena hasta quienes critican lo contrario –que no es un verdadero gobierno indígena sino un sucedáneo de matriz blancoide, o directamente un gobierno antindígena–, la coalición del No permitió la unificación de un voto que nunca se uniría detrás de una candidatura común. Se trata de algo natural, que no descalifica sus razones pero matiza lecturas que, como suele ocurrir en estos casos, tratan de leer el resultado de manera unidimensional.
Quizás se trate de algo más sencillo: una mezcla de desgaste tras una década de ejercicio del gobierno –y las consecuentes dificultades para transformar utopías movilizadoras en realidades vitales– con errores políticos intercalados, como convocar tan tempranamente un referéndum tras el triunfo electoral de 2014 con el 61 por ciento, más una mala campaña electoral. De esta forma, lo que se había avizorado como un proceso de despolarización en 2010-2014, ayudado por el éxito económico de Morales, devino renovada repolarización, y casi por mitades. En síntesis, Evo perdió con Evo, más que con la oposición.
En esta década el Movimiento al Socialismo (Mas) puso en pie, con bastante éxito, un nuevo modelo económico basado en el estatismo y cierta ortodoxia macroeconómica, junto a un nuevo Estado más abierto a la diversidad del país. “El socialismo es compatible con la estabilidad macroeconómica”, dijo en una oportunidad el ministro de Economía, Luis Arce Catacora, que ocupa el cargo desde hace una década (todo un hito en un país conocido por sus convulsiones económicas, que en los ochenta incluyó una hiperinflación). Los “chuquiago boys” –en referencia irónica al nombre aymara de La Paz– mostraron así una eficiencia que los neoliberales no habían conseguido, en parte gracias a los altos precios de las materias primas, pero también a la política de expansión del mercado interno, la nacionalización de los hidrocarburos, el cobro de impuestos y la gestión “prudente” de la economía. Hoy el escenario cambió, por la caída de los precios, pero el blindaje económico aún funciona e incluso se prevé una fuerte inversión pública.
El problema es que el referéndum despertó el sentimiento antirreeleccionista asentado en los perennes reflejos antiestatales de los bolivianos (aunque reclamen “más Estado”). Tampoco hay que desmerecer la penetración de cierta cultura política “liberal” de la mano del afianzamiento democrático desde 1982.
Morales logró adormecer esos reflejos, y como presidente-símbolo de una nueva era ganó elección tras elección durante una década. Pero hoy esa magia se ha disipado en gran medida. De todos modos, que tras una década, en un país políticamente inestable como Bolivia, aún mantenga casi la mitad de los votos no es un dato menor. Si los del No son votos de muy disímiles sensibilidades, los del Sí son un apoyo a la continuidad del mandatario cocalero. Por eso la oposición sabe que el MAS no está vencido para 2019, pero con seguridad el proyecto oficialista se ha debilitado.
Los resultados del domingo 21 pueden leerse como una pérdida de los sectores que el MAS había venido conquistando en las urnas –mediante su expansión hegemónica– pero que estaban lejos de una lealtad electoral absoluta: los votantes de las grandes ciudades y los del Oriente autonomista liderado por Santa Cruz. Los campesinos y las ciudades intermedias fueron los que salvaron al presidente de una derrota mayor. NO OBSTANTE, CONFLICTOS LOCALES EN POTOSÍ Y EL ALTO, MAL RESUELTOS, DEBILITARON A EVO EN ESTAS ZONAS ANDINAS BASTIONES DEL MAS.
Evo siempre creyó que su “pacto de sangre” es con los campesinos, que son ellos quienes nunca lo van a abandonar, mientras que el apoyo urbano es siempre desconfiado, volátil. Ahí siempre residió la fortaleza y la debilidad del proyecto de Evo, que se asentó en una matriz campesina (paradójicamente, cuando el país se vuelve cada vez más urbano).
A estos elementos se suma una campaña en la que la eficacia estuvo en mayor medida del lado del No, especialmente en las redes sociales (de hecho, el presidente llamó, tras el referéndum, a “debatir su uso” porque se organizan guerras sucias que “tumban gobiernos”). Otra dificultad del MAS fue siempre ganar alcaldías de ciudades grandes y gobernaciones: el prestigio gubernamental de Evo siempre fue inversamente proporcional al poco brillo de sus gobiernos locales.
Desde 2009, el pragmatismo le permitió a Evo ampliar su base a Santa Cruz, al tiempo que su gobierno se volvía cada vez más “normal” y perdía épica revolucionaria. No casualmente el discurso de la estabilidad fue remplazando el discurso del cambio. Y, por primera vez desde 2005, la elección del 21 de febrero de Morales careció de imágenes de futuro y se refugió en las conquistas del pasado. Fue una suerte de refugio en el Evo campesino que la gestión del poder había venido borrando en su figura; un retorno a los orígenes y al entorno en el que se siente más seguro.
En el marco de una creciente pérdida de iniciativa, las balas de la oposición –muy dispersa, por cierto– comenzaron a impactar frente al blindaje de meses y años previos. Así, la denuncia de que una ex pareja de Evo lideraba una empresa china que recibió contratos públicos sin licitación incidió sobre el capital moral de Evo, fuente de su legitimidad política. Ello se suma a los escándalos del Fondo Indígena: los proyectos fantasma financiados por el Estado acabaron como un cuestionamiento a la capacidad indígena para renovar la política. Es más, la develación de que el vicepresidente, Álvaro García Linera, no concluyó su licenciatura de matemática en México tuvo una repercusión desmesurada y lo obligó a revalidar, a la defensiva, su estatus de intelectual –pese a que es un asiduo invitado a varias universidades de prestigio por su obra teórico-política.
Pero, además, el No encontró un argumento que se transformó en un arma poderosa porque encajaba con un sentimiento generalizado, sobre todo en sectores urbanos: que el de Evo fue, en efecto, un buen gobierno en muchos aspectos, pero que no es bueno que se “perpetúe” en el poder.
Pero la pérdida de magia también resucitó otros fantasmas. La quema de la alcaldía de El Alto, en manos de la joven alcaldesa opositora Soledad Chapetón, por parte de “padres de familia” que protestaban dejó en evidencia que los repertorios de acción colectiva que en 2003 abrieron paso a la épica “guerra del gas” en otro contexto pueden ser la pervivencia de formas de protesta desmesuradas, que impiden un funcionamiento normal de las instituciones y causan muertes. Todo esto genera un fuerte rechazo de las “mayorías silenciosas” hacia los movimientos sociales, replegados a instancias corporativas, e incluso con tonalidades mafiosas, como ocurre con el cacique sindical alteño Braulio Rocha, quien había advertido a Chapetón que él sería “su pesadilla” y ahora fue detenido por el incendio.
Un aspecto de los gobiernos nacional-populares es su dificultad para aceptar un nuevo orden, plasmado por ejemplo en las constituciones aprobadas durante sus gestiones, y su tendencia a pensar esas cartas como resultado de correlaciones de fuerzas transitorias que hay que cambiar ante la menor posibilidad de “avanzar”. Eso provoca situaciones paradójicas –que también ocurrieron en Venezuela–: que dados los intentos de cambiar las nuevas cartas magnas, la defensa de esas constituciones termine en manos de las derechas que en su momento buscaron impedir su aprobación. Otra dificultad es hacer política con eficacia una vez debilitados sus enemigos.
El MAS deberá pensar en otro candidato para 2019, lo que podría tener como resultado positivo obligar al partido a abandonar la inercia de los triunfos electorales automáticos y actualizar su oferta transformadora. Por ahora es temprano para anticipar posibles candidatos. ¿El canciller David Choquehuanca? ¿El vicepresidente Álvaro García Linera? ¿El presidente del Senado y ex periodista Alberto González?
Pero más allá de candidaturas, la duda es si el gobierno logrará re enamorar a los bolivianos con nuevas propuestas transformadoras. Las ideas sobre una Bolivia potencia energética contuvieron un exceso de exitismo (y tonalidades de los años cincuenta), que opacó algunos avances efectivos en materia hidrocarburífera, mientras temas como salud y educación seguían como asignaturas pendientes. Lo mismo ocurrió con la compra de un satélite chino que generó demasiada sobreactuación, efectiva al comienzo pero contraproducente después.
Del lado del No, una oposición de “nueva derecha”, con bases territoriales en diversas regiones, buscará capitalizar los resultados frente a esfuerzos más minoritarios de construir una opción progresista no oficialista. Por ahora, el No es una yuxtaposición de múltiples voces. Pero como ya sabemos, la política depende mucho de quiénes se apropian de los “instantes huidizos” de la historia. Y esos instantes sobrevendrán en mayor medida con la salida del juego electoral, al menos como candidato, de Morales y la apertura de un escenario completamente nuevo desde 2006.
* Fragmentos de una nota publicada en el blog La Línea de Fuego.