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PREOCUPACIÓN COMPARTIDA

Desde hace días estoy dudando sobre la conveniencia de enviar mi opinión sobre la carta que firma Carlos Alberto Boga. Mis dudas surgen porque cada día me siento más escéptico en relación a las posibles insurrecciones. No es que se carezca de motivos, al contrario, abundan. Lo que faltan son motivados.

Trataré de explicarme: el sistema que mueve al mundo hoy es global. Hace unas décadas, el enemigo tenía nombre y domicilio conocido. Hoy no. El poder económico se ha impuesto al poder político y lo tiene a su servicio. Los capitales de las multinacionales que medran a la sombra del poder político -que son las que fijan los precios de compra y venta de lo que producimos y consumimos- provienen de varios países, incluidos los que antes considerábamos “democráticos”, en el más amplio sentido de la palabra.

Muchas de esas multinacionales reciben el aporte de millones de trabajadores de todo el mundo a través de los Fondos de Pensiones europeos y de las AFAPS, en aras de  “asegurarse” una jubilación o pensión que los estados ya no pueden garantizar, por el paulatino aumento de la población mayor de 60 años y la pérdida de los puestos de trabajo que el avance tecnológico ha traído aparejado.

El aumento de la mano de obra desocupada ha traído como consecuencia la pérdida de los salarios antes considerados “decentes” o cuando menos “aceptables”. Hoy Europa tiene millones de trabajadores a tiempo parciales, con contratos que se renuevan de semana en semana y hasta de día en día, sin que los gobiernos puedan intervenir, ya que las relaciones laborales son consideradas de ámbito privado.

Millones de refugiados huyen de sus países en guerra o empujados por la miseria y el mundo asiste impasible a los miles de muertes diarias mientras los gobiernos democráticamente elegidos discuten acerca de la forma más eficaz de cerrarles el paso.

América toda, en breve, deberá enfrentar el desequilibrio que la bajada del precio del petróleo y de las materias primas que son su sustento, y que tendrán como consecuencia inmediata  la pérdida de las conquistas sociales conseguidas tras largas luchas pero culminadas en períodos de bonanza económica.

Y Uruguay no se quedará fuera de esa situación. En la medida que los medios de pago del comercio interno se resuelvan a través de las tarjetas de débito o de crédito y el uso de los cajeros se haga necesario y hasta imprescindible, como en el caso europeo, miles de trabajadores bancarios se quedará sin trabajo y pasarán a engrosar las listas de desempleo que el cierre de las industrias nacionales han propiciado.

El sindicalismo burocratizado hoy es más una amenaza que una esperanza, por lo que los trabajadores, despojados ya de los últimos restos de conciencia de clase, estarán solos, enfrentados a un poder económico que los deja al margen, librados a sus propias fuerzas. Florecerá el trabajo en negro, sin cotizar impuestos, trabajando en lo que se pueda y cobrando lo que el sistema tenga en gana pagar.

La tan cacareada recuperación económica europea y española en particular está basada en la explotación laboral, que hoy es aceptada como un mal menor. Se trabaja en lo que se puede y por lo que se pueda. Millones de jóvenes con brillante formación están trabajando en empleos para los que su formación no es necesaria, hasta tal punto que los currículums se presentan a la baja, con la esperanza de encontrar un empleo que hasta hace unos años estaba en manos de los inmigrantes “sudacas” o marroquíes.

Hace unas décadas creíamos que era posible cambiar el sistema y muchos nos pusimos a ello. Creo que no hace falta decir cuáles han sido los resultados. Todavía estamos discutiendo el porqué de nuestros fracasos y hasta que no lo sepamos –aunque cada uno crea tener la solución- creo que no es lícito hablar del futuro. Modestamente, creo que es una excusa para no mirar atrás y que salvando las distancias se parece mucho a la huída hacia adelantes que vivimos en el MLN en abril de 1972.

No creo que el empeño en discutir lo sucedido no aporte nada al proceso actual. Sé que en mi caso particular se me puede calificar de empecinado, porque lo que intento demostrar es que la historia oficial es falsa y que la han escrito quienes de una forma u otra se han beneficiado de ella

Los tiempos han cambiado, mal que nos pese y tenemos que adaptarnos. No creo que para los tiempos actuales nos puedan servir de algo las viejas lecturas y las discusiones acerca de si faltó más o menos de tal o cual teoría, como si se trataran de meros condimentos.

Los cambios los producen los hombres –y las mujeres- formados en determinada época y circunstancias, usando las herramientas que esa misma época es capaz de aportarle. Solo los problemas son antiguos: pobreza, desigualdad, etc., pero las soluciones deben ser nuevas.

No creo que los viejos podamos aportar demasiado acerca de las soluciones, porque somos producto de una sociedad que ya no existe y nuestro proceso de integración al mundo actual es imperfecto. Pero eso no quiere decir que debamos negarnos a participar de la búsqueda. Pero por favor, que no se repita un lejano error: las “vacas sagradas” no siempre aciertan