Recientemente he podido leer el artículo de Marcelo Marchese, titulado Generación de la derrota. Aunque en líneas generales comparto su opinión, voy a referirme a un aspecto que él no menciona pero que considero fundamental, como es el uso de la mentira como arma política.
Dice Marcelo Marchese:“¿A través de qué mecanismo los jóvenes creadores del PIT y ASCEEP dejaron arrebatarse la iniciativa, al tiempo que dilapidaban el prestigio que habían acumulado? El análisis de esta disposición mental, que creo no se ha hecho nunca, merecería no un artículo, sino varios tratados. Sin agotar aquí las explicaciones, quisiera invitar al lector a prestar atención a uno de los puntos cruciales del desastre. Todo movimiento renovador, sea en el plano del arte o de la política, es vanguardizado por jóvenes que se levantan contra el pensamiento de sus mayores. La generación del 83 elaboró sus herramientas e inició la lucha contra la dictadura, más o menos liberada de la influencia de la generación del 68 que había sufrido una derrota en toda la regla. Los principales militantes de la generación del 68 habían muerto, o estaban presos, o en el exilio.
Una reivindicación clave en la salida de la dictadura era, precisamente, el retorno de los exiliados y la liberación de los presos mediante una amnistía general e irrestricta. El retorno de los exiliados se dio, al tiempo que los presos salían de las cárceles. Esto era una victoria, pero al mismo tiempo produjo un efecto en cierto aspecto contraproducente. Los viejos militantes que volvían aureolados por el martirio, de forma natural ocuparon, pues la generación del 83 se lo permitió, los lugares de decisión. No importaba que vinieran de la derrota. No importaba que su metodología hubiera llevado a un fracaso criminal. No importaba que desde el exilio o la cárcel estuvieran radicalmente alejados de la nueva sensibilidad política. Volvieron por sus fueros, para tropezar dos veces con la misma piedra. No se los puede culpar por desalojar a los jóvenes de la dirección del movimiento; lo que sí podemos hacer es lamentar que a la valiente generación del 83, que enfrentó a la dictadura en momentos todavía difíciles, no le diera el coraje intelectual para enfrentar a sus mayores, sus maestros e ídolos.”
Lo que Marcelo Marchese no dice, es que tampoco les importó que les mintieran. Si bien es cierto que la mentira según la cual no era necesaria la autocrítica porque la derrota se había producido por la traición de Amodio Pérez, cientos de exiliados y otros cientos de presos recién liberados sabían que eso era mentira. Algunos lo supieron desde el primer momento, en el mismo junio de 1972, cuando se aprestaban a negociar la entrega incondicional de los restos del naufragio y otros se fueron enterando cuando en virtud de los traslados de cuartel en cuartel y de cárcel en cárcel se fue desparramando la verdad.
Caída la dictadura, convencidos de que para mantener la unidad interna era necesario cerrar filas y mirar para otro lado, esos mismos cientos de antiguos presos y exiliados aceptaron ser cómplices en el falseamiento que negó la historia y los convirtió en un atajo de tontos útiles, dispuestos a aceptar como papanatas las directivas que sus maestros les inculcaban, como dice Marchese.
Así, se inventaron biografías, altos el fuego que no existieron y paradas de rotativas que no fueron tales más que en la mente de otros falsarios que solo buscaban subirse al carro conducido por los que ya se perfilaban como los nuevos dirigentes del Uruguay.
Así, periodistas e historiadores abrevaron de los maletines que se repatriaron desde Europa y afloraron cantidades ingentes de dinero que se había logrado mantener a buen recaudo y que provenía de Chile y Argentina, fundamentalmente. Hubo para todos, para unos que más que para otros, como es lógico y natural. Y cuando los fondos se agotaron, se volvió a las expropiaciones, con las consecuencias que todos conocen y que todos callan. Veremos por cuánto tiempo
De forma paralela, a unos se los engañó con mantener abierto el horizonte insurreccional y a otros con el cuento de la formación de cooperativas agrícolas y pesqueras, con el único fin de mantener prietas las filas y se aseguraron el silencio de esos cientos de conocedores de la verdad, cómplices de una mentira que pronto pasará a figurar en el récord Guinness.
Con el paso del tiempo y el afloramiento, pese a todas las trabas y dificultades, de la punta del iceberg sobre el que la sociedad uruguaya navega, parte de las verdades verdaderas se han ido conociendo, y hoy los antiguos líderes se van desplomando de a poco, sostenidos, pese a todas las evidencias en su contra, por los mismos que desde hace cuarenta y pico años son sus cómplices, y que lo siguen siendo pese a sus diferencias actuales.
Hoy, resulta que Fernández Huidobro y Mujica son calificados como traidores por los mismos que antes los ayudaron a subirse al castillo de naipes de la historia oficial. Castillo de naipes que construyeron entre todos, incluso por quienes desde hace años me han reconocido mis razones y mis verdades y que hoy, cabizbajos y avergonzados me dan excusas por no salir públicamente a reconocerlo.
Sin embargo, por lo bajini, para que otros no se enteren, me mandan recaditos con mensajes de ánimo. No me apoyan, dicen, porque no me quedé, porque me fui del Uruguay, porque luché por mi vida y por la de la Negra Mercedes, haciéndose los olvidados de me quise quedar, que seguí sintiéndome un tupamaro más hasta el día que el Nepo me dijo que yo era el cabeza de turco.
Nadie salió a decir como dicen ahora “el Negro tiene razón” y “si te hubieras quedado hubieras ganado la discusión en la interna”, olvidando que ellos mismos tenían la consigna de hacerme callar, como fuera preciso. Y como no pudieron hacerlo, siguieron intentándolo con otras falsas acusaciones y algunos se prestaron al sainete judicial que condujo a mi actual procesamiento.
De este modo, cuando yo me quise ir, me obligaron a quedarme. Paradojas de la vida, los mismos que me obligaron a irme en 1973 son los mismos que me obligaron a quedarme en 2015. Rápidamente se dieron cuenta que retenerme había sido un error, ya que mi paso por los juzgados y las apariciones en prensa me fueron permitiendo desmontar algunos falsos mitos, y decidieron acelerar mi procesamiento, desmintiendo así lo de que los procesos judiciales son lentos.
Sin embargo, luego tardaron más de cuatro meses en fotocopiar y compulsar el auto de procesamiento y enviarlo al tribunal de apelaciones correspondiente, quien lo tiene para su consideración desde los primeros días de marzo.
Una vez que se conoció el disparate jurídico firmado por la jueza Staricco, no faltaron voces que lo descalificaran. Se hizo necesario entonces extender un manto de silencio en torno a todo lo que se refiriera a mi situación como preso político en democracia.
Varios de los que me han defendido desde lo jurídico en la prensa y en la televisión no han vacilado en calificarme como deleznable sujeto, -incluyendo al mismo Marchese- aunque sin aportar nada que lo demuestre, salvo el repetir las viejas cantinelas, las mismas que la realidad ha ido desmontando de una en una. Otros han acudido a los platós para retomar famas perdidas y otros se han esforzado en acceder a lo que presumen es un sitio de honor, peleando a brazo partido por ocupar un lugarcito en la historia patria.
Alguno hay que ha dicho que no vale la pena recordar ahora si Wasen entregó la cárcel o no, dejando de lado que esa es la acusación primigenia contra mí, y otro caracterizado periodista ha reconocido saber el nombre de uno de los presos que salió a la calle a hacer lo que a mí se me acusa, pero cuyo nombre pone a buen recaudo, para no molestarlo, supongo, al tiempo que me acusa a mí basándose en datos falsos.
Algunos de los que sostienen el castillo de naipes se siguen llamando de izquierda y otros se han pasado a otras corrientes. Pero a todos los une el pasado, la antigua cobardía de haber aceptado como verdad una mentira que era conocida por todos ellos y que hoy, pasados los años, no se atreven a reconocer.
Bastaría con que un día al despertar, uno solo de esos cientos y cientos de antiguos amanuenses decidiera despojarse de al menos uno de los secretos que guarda para que el castillo de naipes se desmorone de una vez por todas.
Dice Marchese que “el tiempo de abandonar dogmas que nos han llevado a este desastre, a esta crisis inaudita de la civilización, parece no haber llegado. La tarea de la nueva generación, si es que algún día llega, será desprenderse de los harapos miserables que ha heredado, para animarse a pensar lo nuevo.”
Completamente de acuerdo. Yo sigo aquí, de este lado de la alambrada