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Uruguay : HOY HABLEMOS DE UNA NUEVA CONSTITUCÍON (3)


"todo debe esperarse de la energía de los orientales y de su denuedo por el sostén de la libertad"

"Con esta propuesta sólo pretendemos abrir un debate, que nuestro pueblo oriental se debe y que siempre se le ha negado, porque los cambios profundos, radicales sólo pueden surgir de un pueblo cívicamente consciente de sus derechos y obligaciones"

El CIUDADANO y la DEMOCRACIA

Tiempo atrás, en una entrevista escuché decir al entonces presidente Dr. Jorge Batlle, algo que no se escucha en boca de los políticos:"...el país es algo más que el ámbito político" "...Es la hora de la sociedad más que la hora de los políticos"; "... Llegó la hora de acotar la política y de realzar la sociedad civil" (1) ¿Qué está pasando?, ¿el político siente la orfandad de la sociedad?, ¿comienza a darle el lugar que corresponde a la sociedad?

Si recurrimos al mataburro que siempre nos ayuda a desasnar respecto a nuestros deficientes aprendizajes (porque siempre nos queda algo atrás) dará razón a los conceptos antes expresados por Batlle. Y al respecto se define por DEMOCRACIA como "Sistema de gobierno en el que el pueblo o la plebe ejerce soberanía". Y agrega "doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno". Quizás, aquí y sin profundizar mucho, esté la clave del problema, más allá de los instrumentos restrictivos que use la democracia como sistema -el parlamento, los partidos políticos- para el logro de su objetivo, pero sin duda los trasciende. Sin desmerecer ni quitarle importancia a la democracia representativa,  con estos dichos del Dr. Batlle, se está poniendo en su justo valor la democracia participativa un tanto olvidada, menospreciada y no siempre incentivada por la dirigencia política.

Cultura Cívica y política

No entramos a discutir si nuestros pueblos tienen o no cultura cívica y política porque es una discusión de nunca acabar, donde, como en el fútbol, todos se saben directores técnicos, aunque de fútbol y de política nada se sepa; pero... que hablamos de fútbol y de política, hablamos, y hasta el hartazgo.

¿Dónde comienza y termina nuestra cultura cívica y política? ¿En las discusiones del café?, ¿en la defensa de nuestras banderas partidarias?, ¿en el conocimiento primario de la existencia de una Constitución que rige los destinos de la Patria?, ¿en los actos electorales obligatorios de cada cinco años?, ¿en la obligación de pagar los tributos nacionales y municipales?...

Nuestra ignorancia puede hasta justificarse en la deficiencia de una mala y deficiente formación escolar; pero parece mentira que nuestra dirigencia política se conforme y reduzca la democracia de la sociedad civil a estos términos en cuanto a conciencia popular se refiera, conceptos totalmente restrictivos y carentes de compromiso del concepto DEMOCRACIA.

Es lamentable que también nosotros nos conformemos con tan poco y desconozcamos otros derechos y responsabilidades inherentes a la democracia.

Ahora bien, la ignorancia es el peor enemigo de la cultura cívica y social democrática“porque un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”  (Simón Bolívar),así como la apatía de negarse a estar allí donde la comunidad lo exige, porque la democracia necesita más que de "coaliciones" contra cargos, de un continuo y libre intercambio de ideas, porque en el debate de ideas surgirán las bases para el consenso. Y aquí importa ver lo que el ciudadano quiere de y para su sociedad.

Comencemos por decir que importa tener claro que el cuerpo político es parte de la democracia y no la democracia en sí misma. Es por ello que no podemos ni debemos transferir toda nuestra responsabilidad a la representatividad política, aunque esto sea lo habitual y lo más fácil de hacer: descansar en nuestros representantes. Como ciudadanos partícipes de la democracia, estamos obligados a conocer todos nuestros derechos y obligaciones inherentes a la democracia y a exigir una mayor participación en todo lo que hace al bien común.

El ámbito político representativo (diputados, senadores) obedece hoy más a las decisiones partidarias que a sus mandantes, olvidando que son mandatados, pues la democracia no es el uso y abuso del poder, sino el ejercicio de la responsabilidad mandatada al servicio del pueblo. Esto se da de hecho porque la democracia representativa hace caso omiso de la democracia participativa cuyo sustento está en la participación de la gente.

Nunca como antes en la historia de los pueblos, la democracia como sistema, como forma política y forma de vida se ha desarrollado en una gama tan diversa como viene manifestándose desde hace una década: conflictos, problemas, tendencias, éxitos, fracasos, se difunden rápidamente y repercuten en forma global en el mundo entero... Derechos humanos, democracia, desarrollo económico, medio ambiente, riqueza y pobreza, corrupción en los Estados, catástrofes y guerras son algunos de estos temas (2)

Por eso, nos importa desarrollar o al menos preguntarnos, sobre la importancia de la democracia participativa y no tanto sobre la representativa, que de vez en cuando la ejercemos, aunque más no fuese por la obligatoriedad.

Sabemos que la democracia participativa incomoda a los políticos, cosa que no tendría que ser con los que hacen de la política una auténtica profesión. Se trata en general, de ignorar la participación del ciudadano, porque gente con conciencia siempre incomoda y desacomoda lo estatuido, creído, presentado y avalado legalmente como único.

La lucha por el poder no puede ni debe reducirse a la conquista de un sillón, sea presidencial o de las cámaras. Democracia sí y siempre con el objetivo de establecer justicia social, donde no hay cabida para la creación y el usufructo de privilegios grupales y/o sectoriales.

Democracia Participativa

¿Es posible, entonces, una democracia inspirada en los valores humanos y que responda a las necesidades económicas y sociales, base de la convivencia humana, que ordena a este mundo cada vez más globalizado, cuando todo se piensa y se justifica en términos de relaciones globales?

Lo global no es sólo un estado (3) es también un desafío para la política, para la economía, para la ciencia y la cultura, que implica riesgos y una acción ordenadora (4) y una reforma ética también global que se constituya en un freno ético (5), no sólo para que nuestro mundo no vaya a la deriva, sino para que nuestra democracia no se someta a los vaivenes del  poder de los mercados.

Todos hablamos de la necesidad de cambios y los reclamamos; pero, ¿de qué cambios hablamos y cuál es nuestro compromiso con los cambios que pretendemos? porque ¿de quién podemos esperar más que de nosotros mismos?

El progreso, el bienestar, y el poder no son intrínsecamente malos, pero cuando los elevamos a valor supremo, como lo único que cuenta, el hombre perjudica a sus congéneres y a sí mismo. Por ello siempre es necesario determinar en qué condiciones y con qué ideas, contenidos e instrumentos son posibles esos cambios mediante y por nuestra participación.

El ciudadano no puede ni debe deslindar ni transferir su responsabilidad que no comienza ni termina en el cuarto oscuro con la emisión del voto ni en el pago de los tributos.

Sin desmerecer el ámbito nacional, que no se debe descuidar, importa y mucho la participación a escala local que tiene muchas formas de expresarse y otras tantas que pueden crearse a iniciativa de la propia gente y que haga a sus propios intereses, federando los movimientos locales, fortaleciendo los movimientos sociales participativos, más que en lo partidista, en los sociales (6)

La globalidad no comienza ni termina, ni  se limita sólo a lo económico, a lo financiero y a lo tecnológico; por el contrario, debe incluir, en un plano de igualdad todo lo que hace a la vida y a la existencia humana.

La sociedad democrática del futuro se centrará, no en las promesas de los políticos, sino en las reformas que se han omitido descuidando y hasta omitiendo, debido a las fósiles estructuras de poder que tenemos.

Bregamos por el cambio y creemos en él y para ello hace falta valentía, visión, amplitud mental, nuevas ideas y poder de acción en la dirigencia política con la efectiva participación del pueblo, que no siempre encuentra eco en sus organizaciones sociales y políticas estatuidas.

No caben dudas que el concepto y rol del Estado están en jaque. Ya no hay lugar para el Estado paternalista, el que todo lo puede, todo lo da y todo lo soluciona; pero sí un Estado que debe estar en la contienda dirimiendo y orientando en orden al bien común.

Por tanto, cada vez importará más la participación efectiva del ciudadano integrado a la comunidad, tanto en el orden local como nacional y la comunidad que esté ajena a la participación en las decisiones, fundamentalmente locales la que será cada vez más manipulada y sujeta a los vaivenes de la dirigencia política y fundamentalmente de los medios de comunicación.

Por tanto la participación del ciudadano en la vida política y social de su comunidad importa cada día más y no debemos dejar en manos de la dirigencia política que establezca el metro de nuestra participación. Es la hora de la sociedad civil y es ella quien debe exigir, a la hora de decidir, lo que debe hacerse en orden al bien común. Tantas veces los políticos se han equivocado, a la sociedad le ampara el mismo derecho de equivocarse hasta encontrar su camino.

Preocupémonos, como ciudadanos, de nuestra comunidad y exijamos a la dirigencia política que impida el deterioro de la participación de la comunidad social.

Es tarea prioritaria de la política, en una sociedad donde conviven individuos y Estado, renovar los valores que los sustentan, hoy un tanto olvidados y menospreciados, donde prima el deber del individuo para con el Estado y no viceversa.

Al respecto muchas son las preguntas que se nos cruzan por la cabeza, ¿de qué valores hablamos?... ¿cuáles son los principios que deben sustentar a la sociedad y a sus miembros?... ¿cuáles los modelos que deben regir la convivencia? ... ¿cuáles deben ser las cualidades de la dirigencia política? ..., entre tantas.

Todo nos está a decir que se abre una nueva etapa donde los espacios en los que los derechos humanos (7), la democracia, la economía de mercado, la justicia social, el medio ambiente (8) podrán desarrollarse con mayor eficacia que en el presente. En el plano político estos aspectos constituyen todo un desafío social como forma de legitimación de la propia democracia y de las dirigencias políticas, aunque éstas no hayan aprendido todavía la lección.

Participación activa

Estamos y nos han acostumbrado nuestras dirigencias políticas que nos basta una democracia representativa. Pero, ¿es suficiente hoy, cuando la democracia está obligada a abandonar sus fronteras nacionales y los Estados no pueden decidir por sí mismos?

Hoy se precisa más que nunca la participación efectiva de sus ciudadanos. Diríamos más, el ciudadano debe compartir la responsabilidad, porque en él radica el punto de partida. Él es el protagonista. Sólo así se podrá reaccionar ante los hechos, manifestaciones y desafíos globales.

El ciudadano no sólo deberá aspirar a tener mayor información, debe exigir una mayor participación y una mayor información, directa y sostenida, sin verdades a media, sin cuentos de cuna, pues en una sociedad informatizada -internet y correo electrónico mediante- la democracia tendrá que encontrar y desarrollar nuevas formas de participación.

Esto pondrá en el banco de prueba, desde el Parlamento, a la Justicia pasando por la administración pública con su consecuente burocracia hasta hoy insospechada e intocable, pero asfixiante.

Una sociedad democrática solo puede concebirse con ciudadanos activos, en todos los niveles del quehacer nacional y local, y no sólo en manos de una élite política.

Diríamos más, la sobrevivencia, su permanencia y crecimiento dependerán siempre de una sociedad cívica activa. Es por ello que la dirigencia política se debe a su sociedad y permanentemente deberán impulsar una política social equitativa de participación del ciudadano, sin que por ello se llegue a una organización perfecta. Lo óptimo es siempre enemigo de lo bueno. Para ello, una vez más, insistimos en la necesidad de la descentralización, que no sea una desconcentración de servicios con la consecuente creación de servicios burocráticos (9)

Esto no implica generar un movimiento alternativo centralizado, basado en liderazgos carismáticos (10) -tentación permanente y peligrosa de caer en mesianismos políticos (11)-, generemos, fomentemos, impulsemos movimientos participativos con particularidades propias pero dispuestos a ensamblarse dentro de un fin último:

el bien común de la sociedad, lo que es en definitiva, de la Nación.

Nuestras sociedades latinoamericanas y otras, sometidas a liderazgos de partidos políticos fuertes en el poder o acostumbradas a partidos en el gobierno con pocas alternancias y paternalistas, y, fundamentalmente aquellas que sufrieron procesos dictatoriales, dificultan el cambio de actitudes y frenan el desarrollo de las atribuciones del ciudadano democrático "consciente de su condición de ser libre y que ejerce en forma activa y ofensiva sus derechos y obligaciones" (12), cuando los movimientos están en efervescencia.

Importa, por tanto, cultivar permanentemente la cultura cívica, democrática, que es la esencia misma de la democracia como forma de vida.

La cultura democrática es un bien, un ideal, un código de sentimientos y conductas. Reclama los valores de la democracia como estado y forma de vida. En esa cultura democrática se expresa lo que el ciudadano sabe de su Estado, de sus Instituciones políticas y de sus Derechos como ciudadano, explícitos en la Constitución de cada País y otros a conquistar porque ya son propiedad del ciudadano.

Democracia - Burocracia

Cuando hablamos de burocracia, entendemos por la excesiva influencia que tienen los empleados públicos en el Gobierno del Estado, y que se pone de manifiesto en los sinnúmeros trámites que hay que hacer, que forman parte de una trabazón de nunca acabar para justificar los cargos y más aún en las oficinas públicas. Aunque se han simplificado en estos últimos años, lejos estamos aún de un número ideal.

Nos referimos a las situaciones que, en muchos casos, y a diario, Ud. padece y que pasa de mano en mano sin llegar a destino para encontrar una solución adecuada; cuando no se le diga que el trámite fue extraviado... Las oficinas públicas se han vuelto asfixiantes. El cuerpo político lo ha creado generando a través del "clientelismo político” un monstruo que está matando al propio inventor.

Una de las causas de la ineficacia, inoperancia y de la falta de respeto al ciudadano -al cual se debe, pues es el ciudadano quien sustenta su trabajo y salario- es saberse protegido por la inamovilidad que le da la Constitución. Pero y disculpe Ud. la expresión, "la culpa no es del chancho sino de quien le rasca el lomo"

El propio sistema político se ha protegido detrás de la burocracia, que hoy no puede cambiar, mientras siga interesando la caza del voto más que la propia representatividad política.

Pero hay otra burocracia que es parte de la misma y que está allí. Nos referimos a los tecnócratas -un mal necesario, pero no imprescindible- que ocupan cargos públicos y son parte de un "reparto" inauditamente calculado hasta en el mínimo detalle, olvidando que las reparticiones públicas no son privativas de los partidos. Ahí están en los cargos -¿nepotismo?- y pesan a la hora de las decisiones y muchas veces influyen sobre los parlamentarios, desde el propio Poder Ejecutivo, que se somete a sus recomendaciones.

Ud. habrá sentido hablar de la Oficina de Planeamiento, del Banco Central, del Ministerio de Economía... Y allí hay tecnócratas al frente, que ni Ud. ni yo los eligió y sin embargo ellos, actúan en su nombre, en el mío, en el nombre de todos, sin tener en cuenta su voz, la mía, ni la del pueblo. Obedecen dictados que vienen de quien sabe dónde, y... el cuerpo político que Ud., y yo, y todos elegimos, se somete a los mandatos de dichos tecnócratas. Y salvo raras vez, algunas voces que claman en el desierto. Ayer primaban las ideas, donde el hombre era el Centro; hoy priman los números, que arrasan con el hombre.

Conciencia y responsabilidad

Desde que me levanto hasta que me acuesto, las noticias que escucho en la radio, que leo en los diarios, la información de la Tele, las conversaciones que escucho en la calle y en las que a veces me involucro, me recuerdan que vivo en un mundo conflictivo y que vivo en una época en la que la intolerancia, el consumismo, el egoísmo, la indiferencia, la violencia, la pobreza del lenguaje en boca de nuestros políticos, la incomunicación, la incontinencia verbal y la manipulación de las conciencias del poder que nos gobierna a través de los medios de información, y no dije de comunicación, porque comunicar es dar participación, sino de información, donde se vomita lo que se quiere que se trague, lo que se hace con nuestras tierras, con nuestras empresas estatales, gracias a la nueva ley de las PPP, con la educación, donde el respeto por el otro ya no existe. Todo esto, y todo lo que usted quiera sumar, me provoca indignación, escepticismo, pero a su vez renuevo mi esperanza.

Indignación: por la impunidad que rodea nuestra vida social y política cuando se protege a los actos públicos y privados de aquellos individuos, que no tienen un mínimo de ética.

Indignación por la forma como nuestros políticos mienten a la población y procuran por todos los medios su despolitización, donde se requiere la participación ciudadana en las decisiones políticas.

Indignación al constatar tanta codicia, tanta ambición en nuestros políticos en la disputa por el poder y de una gerontocracia que no resigna su banca.

Indignación por la forma como los medios se prestan al juego político de manera descarada y sin un mínimo de respeto por la gente.

Indignación porque nuestra gente y fundamentalmente nuestros jóvenes, que han perdido la fuerza de la rebeldía y se han vuelto consumidores de las idealidades políticas de nuestros políticos.

Escepticismo porque observo la desidia, la negligencia y el facilismo con que los seres humanos nos dejamos atrapar y seducir tanto en la vida política como en la vida social por esos valores que nos conducen al vacío, a la inoperancia, al dejar que otros hagan por nosotros y de la manera fácil de cómo reproducimos esos “valores”.

Escepticismo porque no veo una juventud comprometida, aferrada a ideales, que sólo le importa el consumismo o irse del país y no pelear por él.

Escepticismo por esa gerontocracia política, que sigue atada a los sillones del poder y que no son capaces de dejar lugar a gente joven.

Escepticismo al ver que se sigue entregando el país a manos extranjeras, y no se defienden los intereses nacionales.

Pero también, en contrapartida, esperanza, porque en mis vivencias personales de trabajo, en el pequeño mundo que habito, me permiten ver aquí, allá y acullá destellos en esta obscuridad, actitudes alentadoras de algunos ciudadanos, que en el ejercicio de su responsabilidad ciudadana defienden sus derechos, nos orientan y abren nuevos caminos en la vida social y política.

Esperanza porque la vida no ha muerto y la vida es siempre vida. Esperanza porque no hay noche que no tenga su amanecer.

Esperanza porque nuestra vida es un viaje en un claro-oscuro, con momentos fáciles y otros difíciles, con desvíos y extravíos, pero también reencuentros. Porque nuestra vida no es producto del azar ni del capricho de los dioses o de los hombres. Porque si bien no sabemos, cuando nacemos, a qué mundo venimos, somos responsables del mundo que dejamos a nuestros hijos, algo que nunca debemos olvidarlo como ciudadanos.

Recuerde siempre que la inocencia no mata al pueblo, pero tampoco lo salva, lo salvará su conciencia.

Concluyendo

Importa hoy más que nunca y de cara a la globalización, formarnos y educarnos cívicamente cada vez más, si no queremos ser arrastrados por la corriente, que como toda corriente se lleva consigo todo lo que encuentra a su paso.

Esta formación y educación cívica nos pondrá al frente del carro haciendo camino y marcando huella y nos liberará del seguir atados atrás del carro, que, llevado por otros, puede llevarnos a la deriva. Allí donde hay gente que piensa y se mueve, no dejemos de participar. Y allí donde todo está quieto, generemos y fomentemos movimientos sociales. No olvidemos que hacer política no es privativo de una élite, sino de todos. No balconeemos, sino estemos, participemos allí donde hay una inquietud.

Exijamos a nuestra clase política a cumplir con el mandato, asumiendo las responsabilidades que se desprenden de sus mandantes, más que a las de sus partidos y escuchando un poco menos a sus tecnócratas que hacen oídos sordos a las voces de los ciudadanos

1) Entrevista de N.Araújo en Agenda Confidencial, el 10/12/99

2) Thesing, Joseph, Globalización, Democracia y Medios de Comunicación, CIEDLA, Bs.As., 1999, p.12-13

3) Sobre el tema Globalización nos hemos ocupado en nuestra sección Torre de Babel, en Punto a Punto, Nº 12 y 13

4) Thesing, Joseph,  ibíd. p.13

5) Snaider, Rogelio, Coherencia e Incoherencia (Editorial), en Punto a Punto, Nº18, p. 3

6) Abella, Gonzalo, en Pensamiento Alternativo, en Punto a Punto, Nº 19, p. 5-6

7) Snaider, Rogelio, Cuando de Derechos Humanos hablamos (Edit), en Punto a Punto, Nº 13, 1998, p. 3

8) Al respecto cfr. Abella, Gonzalo, op. cit

9) Snaider, Rogelio, Descentralización, en Punto a Punto, Nº 15 y 16, 1999

10) Abella, Gonzalo, íbid

11) Snaider, Rogelio, Mesianismo Político, en Punto a Punto Nº 18, 1999, p. 15

12) Cfr. Thesing, Joseph, Formación política y cultura democrática. Desafíos y oportunidades en el contexto de la globalización. INCEP, Guatemala, 1998