Habrá plebiscito sobre la baja de la edad de la imputabilidad para los menores de 18 años.
Eso significa que los uruguayos se deberán pronunciar sobre si les parece bien que a los menores que tengan menos de 18 y más de 16 años que hayan cometidos delitos sancionados por el código penal, se los considere adultos y se los recluya por más tiempo y en condiciones más severas que hasta el presente.
El principal argumento de los que proponen la iniciativa es que a esa edad los menores ya saben lo que hacen, que son extremadamente peligrosos y además, la sociedad tiene derecho a defenderse.
Está claro que los promotores de bajar la edad saben que con esa medida no van a solucionar lo que supuestamente pretenden.
Saben perfectamente bien que lo que lograran es sacar de circulación por un tiempo más o menos largo a alguna decena de menores actualmente criminales y que pasado un tiempo volverán como adultos a sus hábitos y costumbres hasta que la policía los detenga.
No tiene mucho sentido preguntase porqué sabiendo que esto es así promueven la medida; es obvio que lo hacen para explotar en su beneficio político el miedo que existe en buena parte de la población.
Alguien tiene que escuchar el clamor de los que temen ser víctimas de los menores delincuentes; y ellos, con tal de ganar popularidad, están dispuestos a hacerlo.
Es mucho más fácil y redituable políticamente seguir la corriente, decirle a la gente lo que la gente quiere escuchar y explotar su miedo, que oponerse, intentar hacerla pensar y que te dé la espalda.
No hay que subestimar la estupidez y el miedo de la gente como elementos siempre presentes fácilmente utilizables por los políticos que aspiran a una carrera facilonga; la demagogia siempre rinde; Hitler o Bush son buenos ejemplos.
Los políticos que promueven la iniciativa saben perfectamente bien que la solución no es tal, que una buena cantidad de los menores infractores de hoy serán los grandes criminales del mañana, especialmente si arrancan su carrera profesional en forma temprana.
Ellos no lo admitirán jamás pero es así. Hablarán de que los pondrán en instituciones que los rehabiliten antes de que se conviertan en delincuentes empedernidos, etc.etc. Todas mentiras.
Saben que las experiencias en todo el mundo dicen lo contrario; que en países con más recursos y criterios que el nuestro eso es lo que ocurre; porque el axioma es claro, cuanto más temprano se entra en el sistema penitenciario, más delincuentes se cosechan en el futuro; en la inmensa mayoría de los casos y tratándose de delincuentes habituales, las cárceles no corrigen, empeoran.
Por 100 que entran, más de 70 vuelven empeorados. ¿Las razones? Varias, pero no vienen al caso.
Lo que importa es que el remedio es peor que la enfermedad y que hay mucha gente que no lo sabe o que no lo quiere saber.
Pero que tampoco sabe ni le interesa saber las causas del delito; de cuáles son las razones que lleva a algunos menores y a otros tantos que no lo son, a incursionar en la "senda del crimen".
Los que honestamente están convencidos que se debe bajar la edad de imputabilidad "para terminar de unas vez por todas con la delincuencia juvenil" o no se preguntan o no les importa las verdaderas causas del delito. Ellos saben que hay delincuentes y que hay que terminar con ellos.
Porqué o cómo se hicieron delincuentes no les interesa especialmente, lo que predomina en su actitud es el miedo irracional, el odio, el rencor.
¿Por qué? Seguramente se explica por su historia personal; gente que ha tenido una infancia difícil, que arrastra una vida de desengaños y frustraciones, que en algunos casos ha sido víctima de los delincuentes, etc.
A ellos no les importa saber cómo o porqué llegaron al crimen la mayoría de los menores, son culpables y merecen un castigo. A esta gente no les preocupa la "rehabilitación", lo que quieren es que se "termine con los chorros"; lo que les interesa es su tranquilidad, su vida; la del chorro, la tiene sin cuidado.
Esta gente no piensa ni quiere pensar
Quiere creer que el criminal es criminal por generación espontánea; que entre él, -persona honesta- y el criminal no hay ninguna relación de causalidad. Que los criminales son como aerolitos caídos del cielo y que por lo tanto nadie, ninguno de nosotros, los que vivimos y hacemos esta sociedad tenemos algo que ver con su existencia.
¿Por qué, qué pasaría si el criminal en lugar de ser un objeto extraño, algo marginal, algo externo,es una consecuencia necesaria?
¿Qué pasaría si la Sociedad, esta, la nuestra, de la que formamos parte y hacemos con nuestros actos y pensamientos, esla que fabrica a los criminales que irónicamente no los reconoce como sus productos?
Ojo, no estoy exculpando al criminal, no estoy diciendo que él es una víctima inocente, no estoy haciendo un juicio moral de su conducta; no estoy justificando lo que hace con el argumento de que "el mundo lo hizo así".
Estoy intentando no dejarme llevar por la indignación y tratar de entender y denunciar los mecanismos mediante los cuales esta Sociedad contemporánea, (la nuestra), produce cada vez más y desde la infancia, algunos individuos a los que llama criminales y después mira para otro lado, como si esos individuos hubieran caído del cielo.
No digo esto para defender a los criminales, a los cuales no les tengo especial simpatía, como tampoco se la tengo a los oligarcas, a los milicos torturadores, a los que les pegan a los niños y a las mujeres o a tantos otros; lo hago con la finalidad de comprender, de no dejarme arrastrar hacia la irracionalidad, de intentar encontrar las verdaderas causas que nos llevan a vivir como vivimos para ponerles remedio.
Entiendo a la persona que ha sido víctima de un criminal, es natural que reaccione con ira; pero la ira enceguece. La ira animaliza y no es convirtiéndonos en bichos que este problema tendrá solución. Todo lo contrario, es porque no somos muy inteligentes que seguimos pateando el clavo y profundizando las causas del delito.
La solución que proponen los que promueven la baja se parece a lo que hacen los niños cuando quieren terminar con las hormigas; las intentan matar una por una.
Esto es algo parecido, pretender terminar con la criminalidad en general y la juvenil en particular, mediante la persecución policial, algo tan ineficaz como matar a las hormigas de a una. Si uno quiere terminar con las hormigas sabe que debe liquidar al hormiguero.
Muy bien, en este caso, ¿Cuál es el hormiguero?
Nueve de cada diez menores infractores provienen de hogares con problemas. No todos los menores que se encuentran en situaciones similares se convierten en infractores y menos en delincuentes empedernidos, es verdad.
Esos significan que no hay una causalidad mecánica entre ser hijo/a de padres pobres, y/o separados y/o golpeadores y/o delincuentes habituales y convertirse en chorro; pero es mucho más probable. Algo similar ocurre con el barrio en que se cría, en el ambiente que vive, las relaciones que tiene, las amistades que cultiva, los ejemplos que recibe.
Es cierto que no toda la gente, ni siquiera la mayoría que vive en los barrios marginales son delincuentes, pero no es menos cierto que la mayoría de los pibes que incursionan en el delito violento, provienen de ahí. Es natural que eso ocurra, al fin y al cabo es donde hay más niños, más miseria (material y moral), más hogares fracturados, más madres solteras, más delincuentes adultos, etc.
En esas circunstancias, lo raro, lo difícil, por momentos lo milagroso, es que el pibe que vive y crece en ese ambiente no se convierta en delincuente.
Pero “esos barrios” muchos de ellos verdaderos guetos, donde su concentran cientos de miles con un perfil socio-económico más o menos idéntico, donde se comparte una misma cultura que va de la música a la ropa y del peinado a los valores- tampoco surgieron de la noche a la mañana; son la consecuencia de décadas de capitalismo periférico duro y puro con la consiguiente destrucción no sólo y no tanto de fuentes de trabajo de muchísima gente, sino sobre todo y principalmente, de hábitos, de costumbres, de valores de vida asimilados y transmitidos durante generaciones.
En el caso de Uruguay, el capitalismo en crisis y raquítico de la segunda mitad del siglo XX no solo empobreció a cientos de miles durante cincuenta años, los dejó librados al "rebusque", a la changa, al delito, los expulsó del país, del centro a la periferia y del campo a la ciudad, sino que además, consecuentemente, le cambió la cabeza a la gente.
A los que quedaron en la "vía", -que pasaron de trabajadores formales a "changarines" y de changarines a lo que "pintara" - también se la cambió y mucho, a la de los que se "salvaron".
La "lumpenización" en masa fue la consecuencia inevitable de lo que nos ocurrió en los últimos sesenta años, negarlo es una tontería; no reconocerlo, sobre todo cuando se han tenido responsabilidades "políticas" porque se estaba en el gobierno o porque se apoyó a quienes estaban- es una hipocresía inaudita.
¿Porque al fin y al cabo qué suponían que iba a ocurrir cuando para acumular más, para "vivir mejor", se condenaba a decenas de miles a la desocupación, a la precariedad, al subempleo y a la miseria durante años y años?
¿Qué nada ni nadie de alguna manera -a veces de la forma más insospechada- no nos iba a pasar la"factura"?
Vamos por la tercera o la cuarta generación de decena de miles de uruguayos nacidos o criados en la subcultura de la "marginación"; personas que como adultos trasmiten y reproducen la cultura en la que se formaron; ¿es razonable esperar que porque ahora hay una mejoría en las condiciones de trabajo se van a transformar mentalmente de un día para el otro?
Los cambios culturales que han provocado el aumento de la criminalidad en general y la de los menores en particular, no solo fueron una consecuencia del "aggiornamiento" del capitalismo dependiente yorugua al capitalismo surgido después de la segunda guerra, también fueron consecuencia de algunos cambios culturales de gran magnitud provocados por la instalación de la "sociedad de consumo" en el mundo capitalista occidental que repercutieron de forma negativa en todos los ámbitos, contribuyendo a agravar mucho más un panorama ya de por sí complejo.
La sociedad de consumo es una manera de referirse al tipo de sociedad desarrollada en los países capitalistas centrales (USA, Europa, Japón) después de la segunda guerra mundial y que se extendió posteriormente a todo el mundo.
La sociedad de consumo es una "manera de vivir" que se ha hecho posible como consecuencia de las transformaciones ocurridas en las técnicas de producción dando lugar mediante la serialización, al abaratamiento relativo de miles de productos; el automóvil familiar y los electrodomésticos son ejemplos paradigmáticos de este fenómeno, relativamente reciente por estos lados, pero con muchos años de vigencia en los países capitalistas desarrollados.
Inculcado mediante la publicidad y respaldado en el financiamiento masivo, se han logrado imponer en las masas nuevas formas de comportamiento, de valores, de estilos de vida, diferentes a los que eran tradicionales. Se caracteriza porque más allá de la necesidad de satisfacer la aspiración a una vida más confortable, se vive socialmente una ansiedad por poseer cada vez más.
El hombre contemporáneo es llevado a consumir irracionalmente, y para ello cualquier medio es válido.
Como la sociedad lo juzga por lo que tiene y no por lo que es, se siente permanentemente acosado a tener más, a consumir más, única vía para lograr la aceptación de los demás y de sí mismo.
El consumir ha devenido consumismo, una forma exacerbada, cuasi paranoica, de poseer, de gastar, de tener, de renovar objetos (autos, electrodomésticos, ropa, celulares, etc.) no tanto por el uso que se pueda hacer de ellos en tantos que objetos, sino por la irresistible compulsión de estar a la moda o de sentirse satisfecho de pertenecer al grupo de los privilegiados que los poseen. De tener lo que todos (los de mi grupo, de mi clase, de mi categoría, etc.) tienen.
Es el tipo de consumo cuya única finalidad consiste en demostrar que se tiene suficiente dinero para comprar cosas caras, no importando la utilidad que tenga lo que se compra pues lo que realmente interesa, es por un lado, demostrar a los demás y a sí mismo que se pertenece a un grupo determinado, y por otro lado, diferenciarse de los que no pueden comprar esos objetos.
Esta forma de consumo lleva consigo toda una forma de vida. Está claro que la inmensa mayoría de los que devienen criminales no lo hacen para comer,sino para darse los "gustos".
Piénsese lo que significa la ropa Niké (la de la "pipa", como dicen los "planchas") para tantos pibes de los "cante" para entender de que estoy hablando. No es casual que si no la pueden tener por "las buenas" salgan a robar para poder comprarlas; al fin y al cabo no viven adentro de un frasco.
La compulsión que ellos sienten por esos objetos es muy parecida a la que siente un pibe de Pocitos; seguramente más. La diferencia reside en que el pibe de Pocitos tiene otros objetos con los que identificarse por lo que con o sin Niké siente que "está", que "es", en cambio el otro no.
El pibe del "cante", siente que tiene que afirmarlo y tener la "pilcha" es la manera de sentir que "está", que "es", que pertenece a una Sociedad que por otro lado y a pesar de su ropa igual lo escupe.
Dicho sea de paso, no importa que el pibe "chorro" desprecie al "cheto" que le roba los championes, lo desprecia por un lado, (porque no se defiende, porque se deja robar, etc.) pero por otro lado y hasta cierto punto, se quiere parecer a él aún cuando no pueda ser más que su parodia. El pibe "chorro" como cualquier otro ciudadano que se identifica con algún producto en especial, no compra (o roba) únicamente un par de championes, compra (o roba) un símbolo de pertenencia.
El "tener o reventar", facilitado por el crédito fácil, está exacerbado por una publicidad que pregona la satisfacción inmediata; la legitimidad
(el derecho) de darse los gustos ("tú te lo mereces"). El hedonismo, (la búsqueda del placer) como supremo valor de vida, es la nueva ética que durante el siglo XX se ha impuesto como instancia justificadora de la actitud consumista.
Nada de sufrir, nada de postergar, nada de renunciar; "lo quiero todo y lo quiero ya", esa es la consigna que se machaca como la forma razonable de vida, como la manera de vivir la vida que paulatinamente se ha ido imponiendo en todas partes; ¿por qué el pibe "plancha" va a ser una excepción y querer ser un monje mendicante, si la sociedad en la que vive lo induce, lo aconseja, a que viva de esa manera?
Desde sus comienzos la ética capitalista jerarquiza el tener por encima del Ser; pero entonces la adquisición de riqueza material era un medio para el perfeccionamiento espiritual no para el disfrute.
Se debía trabajar duro y parejo para hacerse rico, no con la finalidad de gozar de los bienes adquiridos, sino para "agradar a Dios".Riqueza y goce estaban divorciados.
En aquella época todavía existía un "más allá" en donde se debía rendir cuentas de lo que se había hecho "acá". Sufrir para hacerse rico estaba bien, dar placer a la "carne" estaba mal. Una ética de trabajo duro y de frugalidad era lo que distinguía al buen cristiano y al buen burgués, que por aquel entonces era más o menos lo mismo.
Pero siglos después, por razones que no vienen al caso, desaparecido el "más allá", injustificado el sufrimiento, ¿por qué no gozar de lo que se tiene; por qué no aspirar a tener más de lo que se tiene, por qué no? "darle alegría al cuerpo Macarena" si al fin y al cabo no hay más que una vida y la vida es buena o mala dependiendo de lo que se "goce"
Desde sus orígenes la ética capitalista distingue entre lo que son los deberes para con uno mismo, de lo que son los deberes para con los demás.
Separa entre los deberes para con uno mismo de los deberes para con el colectivo del que supuestamente se forma parte. Los deberes para con uno mismo se consideran por encima de los deberes para con los demás y eso incluye al Estado.
No solo se considera que está bien anteponer los intereses personales a los colectivos sino que es "natural" hacerlo. Si alguien considera que su interés personal está en contradicción con el colectivo peor para el colectivo.
En un conflicto entre un particular y el Estado, el Estado tiene la fuerza, pero no significa nada más que eso: que la fuerza está de su parte, no la razón. Puede no ser sabio desafiar el poder del Estado pero hacerlo no constituye deshonra alguna. Dios no existe. ¿La ley?
Es una imposición hecha por otros iguales que yo que cumplo en la medida que me sirve o que no tengo más remedio.
¿Los demás? Excepto mi familia y amigos, recursos para mi ambición. Yo soy el bien supremo al que me debo, todo lo demás es secundario.
Estas son las reglas del juego del diario vivir en "este mundo"; así es como viven los "ricos y poderosos".
¿Por qué las del pibe "plancha" debería ser diferente?
ANDRÉS FIGARI NEVES
06-11-2012