Envíopostaporteñ@ 1298

La Táctica Trotskista Del Entrismo (3)

“Instinto revolucionario de los trabajadores”

Rolando Astarita [Blog]

Las partes anteriores de esta nota aquí y aquí.

La táctica del entrismo tiene como uno de sus supuestos fundamentales la idea de que ante crisis o enfrentamientos con la derecha, el fascismo o el imperialismo, las masas trabajadoras entrarán en colisión con las direcciones y programas de sus organizaciones tradicionales y girarán hacia la izquierda anticapitalista

Sobrevuela aquí la creencia de que de alguna manera la clase obrera se orienta espontánea y necesariamente hacia la revolución, en respuesta-reflejo a los padecimientos, crisis y problemas generados por el capitalismo. En otros términos, es como si de la relación social en que está inmerso el obrero se derivara una esencia revolucionaria que se traduciría, necesariamente, en conciencia socialista de forma más o menos directa. Esta idea se encuentra de manera bastante clara en escritos de Marx y Engels, en particular en trabajos juveniles o anteriores a la experiencia de la Asociación Internacional de Trabajadores.  Así, en La Sagrada Familia Marx se refirió a lo que “el proletariado es y está obligado a hacer, con arreglo a ese ser suyo”. Y en El Manifiesto Comunista Marx y Engels parecen prever un desarrollo linealmente evolutivo de la conciencia de clase, en base de las experiencias que haría la clase obrera con el capitalismo.

También en los primeros escritos de Lenin encontramos esta perspectiva. Por ejemplo, en el “Proyecto y explicación del Programa de la Socialdemocracia rusa”, de 1895, y en la misma línea que El Manifiesto Comunista, Lenin considera que cuanto más se desarrollaban las grandes empresas en Rusia, más poderosas y frecuentes devenían las huelgas obreras; a su vez, a mayor opresión del capitalismo, mayor era la necesidad de unidad de los trabajadores. Por eso, continuaba el razonamiento, progresivamente los trabajadores se daban cuenta de que su enemigo no era el capitalista individual, sino toda la clase capitalista y así “la lucha de los trabajadores fabriles contra los empleadores inevitablemente se transforma en la lucha contra toda la clase capitalista, contra el entero orden social basado en la explotación del trabajo por el capital”. La conciencia de clase consistía en el entendimiento de este enfrentamiento (Lenin, “Draft and Explanation of the Programme for the Social-Democratic Party”, https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1895/misc/x01.htm). De acuerdo a este enfoque, la tarea del partido Socialdemócrata pasaba por promover la lucha de clases, “llevar luz a la misma” y representar el interés del conjunto del movimiento.

Como es conocido, este esquema va a cambiar mucho en el famoso folleto ¿Qué hacer? En este escrito Lenin reconoce que las condiciones objetivas –la explotación en la gran empresa, las contradicciones que enfrentan los trabajadores- de por sí no forman la conciencia socialista de la que hablaba en el proyecto de programa de 1895. Pueden ser condición necesaria para esa conciencia, pero no suficiente; la ideología sindicalista y reformista burguesa inciden en las posiciones políticas de la clase obrera y sus luchas. Por lo cual, y siguiendo a Engels, la lucha del partido marxista debía  llevarse en forma combinada en el terreno de la ideología, la política y la lucha económica. Ya no era suficiente con “acompañar y profundizar” la lucha de clases para que surgiera la conciencia de la necesidad de la transformación socialista.

En Trotsky, en cambio, y ya desde sus escritos de 1905, hay un enfoque más afín a la idea del progreso hacia la conciencia socialista a partir de la misma lucha de clases, en particular de las luchas revolucionarias. En “Nuestras diferencias” (véase 1905, Resultados y perspectivas, tomo 2, Ruedo Ibérico, 1970) explica que en las “épocas normales” o “períodos de paz” las clases dirigentes “imponen al proletariado su concepción del derecho  sus procedimientos de resistencia”, pero que “en las épocas revolucionarias” el proletariado “descubre procedimientos que mejor convienen a su naturaleza revolucionaria” (p. 128). Luego, citando a Lasalle, sostiene que “el instinto de las masas en las revoluciones… es generalmente más seguro que la razón de los intelectuales”. Agrega que “estas multitudes, precisamente porque son ‘oscuras’, porque les falta instrucción, no saben nada de posibilismos, y… las masas no se interesan más que por los extremos, por lo que es entero e inmediato” (p. 129). Un poco más abajo explica que “precisamente porque la revolución arranca los velos místicos que impedían ver los rasgos esenciales del agrupamiento social, y empuja a las masas contra las clases en el Estado, el político marxista se siente en la revolución como en su elemento” (pp. 129-130).

En el Programa de Transición la idea permanece: la caracterización de la época es que los trabajadores se orientan hacia la revolución espontáneamente, y entran en conflicto con las direcciones traidoras y burocráticas. Esta visión se ha mantenido hasta el presente en el movimiento trotskista (y en otras corrientes). Por eso Mandel hablaba del “empuje instintivo revolucionario” de las masas. En los años 1950, y de forma característica, Pablo sostenía que el movimiento de masas anticapitalista asumía formas “confusas” bajo el liderazgo del APRA en Perú, del MNR en Bolivia, e  incluso de Vargas en Brasil y Perón en Argentina (“World Trotskyism Rearms”, noviembre 1951, http://www.marxists.org/archive/pablo/1951/11/congress.htm)

Y en la década de 1980 Nahuel Moreno explicaba que existían “revoluciones socialistas inconscientes”, refiriéndose, por caso, a un levantamiento contra una dictadura; o a las movilizaciones contra los regímenes de la burocracia stalinista (véase, por ejemplo, “Algunas reflexiones sobre la revolución política polaca”, Panorama Internacional, mayo de 1982). Aclaremos que de todas maneras hay en estos planteos una diferencia de cierta importancia con la concepción de Lenin de 1895, o de El Manifiesto Comunista: en estos últimos, el desarrollo de las fuerzas productivas, en particular la gran empresa, juega un rol central en el esquema evolutivo de la conciencia socialista. En  cambio, en el esquema trotskista, y en el marco de la tesis del “agotamiento histórico del capitalismo”, la conciencia socialista se generará principalmente por el estancamiento de las fuerzas productivas, y las luchas provocadas por la descomposición del sistema.

Se hace abstracción del peso de las ideologías y la política

En el razonamiento que hemos reseñado en el punto anterior hay un problema fundamental, que ya hemos discutido en nuestra Crítica del Programa de Transición. El mismo consiste en la exagerada importancia de lo que Mandel llamaba el “instinto revolucionario de la clase obrera”. Por supuesto, es indudable que en el curso de movilizaciones de masas importantes siempre existe este factor, y aparecen tendencias, al menos en sectores de vanguardia, a cuestionar al sistema de conjunto. Pero estos no son los únicos impulsos que recorren el movimiento. Es que los trabajadores entran en la lucha con sus ideologías, sus simpatías políticas, sus tradiciones y el peso de sus experiencias pasadas. En otros términos, en todo movimiento, además de juicios, hay prejuicios; y circulan creencias de todo tipo. Por eso la propaganda del marxista cae en un mar de lugares comunes e ideas acumuladas, que son inculcadas desde las instituciones ideológicas de poder; a lo que se agregan las formas mistificadas –fetichizadas- que genera la misma relación social mercantil capitalista. Todo lo cual influye en la forma en que son apropiadas y significadas las consignas y los discursos revolucionarios por las masas trabajadoras. Aclaremos que destacar la relevancia de la ideología y el discurso no significa sostener que tienen primacía causal en la explicación; pero sí es necesario darles su peso. No estamos ante simples “formas inesenciales”, sin incidencia histórica  y social, o fácilmente superables.

Por otra parte, las direcciones burguesas o reformistas burocráticas no constituyen un bloque que se presenta con respuestas homogéneamente reaccionarias; la única salida no es la dictadura, o el fascismo. Junto al garrote, está la zanahoria, como dice el dicho. Las concesiones, las promesas y los programas que se ponen las ropas del “cambio social posible”, tienen un peso no desdeñable. Frente a la crisis de 1930 en EEUU la respuesta de la clase dominante fue el New Deal, que recibió el apoyo de millones de trabajadores que no fueron a las barricadas. Lo mismo podemos decir de tantas otras experiencias, que muchas veces no son siquiera consideradas como posibilidades por los marxistas. Por ejemplo, en el Programa de Transición (escrito en 1938) Trotsky declara que los obreros de todo el mundo “ya saben” que la caída de Hitler y Mussolini solo podía ocurrir bajo las banderas de la Cuarta Internacional. Pero lo cierto es que a la derrota del fascismo y del nazismo le sucedieron regímenes capitalistas democráticos que gozaron, por decir lo menos, de relativa conformidad de la gente

Presento otro ejemplo, del que tuve vivencia personal: estamos en España, hacia fines de 1977, en el período de transición entre el franquismo y la monarquía constitucional. Hay una gran efervescencia en la gente, que espera un cambio radical. En esas circunstancias, el PC hace un acto en un barrio obrero a las afueras de Madrid (creo recordar que era en el estadio del Getafe) y Santiago Carrillo se dirige a varios miles de sus seguidores. ¿Cuál es su propuesta estratégica? Pues un modelo como Suecia. Y los obreros asienten y aplauden ese programa de “capitalismo democrático y moderado”, con monarquía incluida. Además, en los años que siguieron, no surge en el PCE (ni en el PSOE) ninguna corriente crítica de izquierda radicalizada de importancia. Son ejemplos tomados de la vida real, que desmienten la idea de que haya un “socialismo inconsciente”, una “esencia anticapitalista”

Más en general, no es cierto que las masas “no saben de posibilismos” y solo consideren los extremos. Lo que ocurre con mayor frecuencia es que ante las crisis la gente quiere creer en salidas milagrosas y en políticos que prometen lo que no pueden cumplir. Y cuando las cosas no se cumplen, la respuesta no es necesariamente la movilización revolucionaria: también puede haber desaliento y desmovilización porque no se ven alternativas.  Amén de la creación de nuevas opciones burguesas: a la decadencia del PSOE le sucede el engendro reformista de Podemos. ¿Qué diferencia sustancial hay entre ambos?

De fondo, en la visión de las “movilizaciones inconscientemente socialistas” y los “impulsos instintivos anticapitalistas” parece sobrevolar una concepción determinista sociológica, en el sentido que se produciría una ruptura de las masas con las direcciones y los programas burgueses, pequeño burgueses o burocráticos como simple respuesta reflejo de los sufrimientos infligidos por las crisis, la explotación del capital y las experiencias de luchas. Sin embargo, lo real es que la resultante de cualquier coyuntura de crisis y agudización de lucha de clases está determinada por constelaciones de mecanismos causales, que nunca pueden ser anticipados en su totalidad. Por eso, en política es clave comprender que a partir de una misma experiencia las conclusiones que se pueden sacar son muy diversas, dependiendo de los marcos conceptuales con que se las interprete, y de las coyunturas (no solo nacionales) de la lucha de clases. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las crisis económicas. Las crisis griega y española dieron pie a formaciones políticas burguesas que buscan reformar al capitalismo (en la idea de que las crisis se deben a la codicia de los banqueros, a la falta de control del Estado, a la globalización, etcétera). En otros lugares se fortalecieron opciones de ultra derecha. Así, en Francia muchos obreros (hoy desocupados) que antes votaban al PC, hoy lo hacen por Le Pen

Otro ejemplo es lo sucedido luego del colapso de los regímenes stalinistas.  En la década de 1980 y comienzos de la siguiente, algunos grupos trotskistas llegaron a pensar que todas las barreras burocráticas entre ellos y las masas se estaban desplomando, que las direcciones tradicionales estaban “en un proceso vertiginoso de desprestigio”, y que, dado ese “vacío”, ahora sí “había llegado la hora del trotskismo”. ¿Cómo las masas que repudiaban al stalinismo –en un proceso “revolucionario socialista inconsciente”- iban a aceptar una vuelta al capitalismo? Otros grupos argumentaban que, en cualquier caso, apenas los trabajadores soviéticos hicieran su experiencia con el capitalismo, virarían a la izquierda y volverían a los ideales y al programa de Octubre de 1917. Pero lo cierto es que el capitalismo se impuso en el Este de Europa y en los ex territorios de la URSS y Yugoslavia, sin que hubiera siquiera un fortalecimiento medianamente apreciable de los partidos marxistas.  Incluso guerras civiles, como la que ocurrió en la ex Yugoslavia, dieron lugar a  expresiones importantes de la ultraderecha, casi fascistas

Otro caso ilustrativo es el actual derrumbe del “socialismo siglo XXI” venezolano. Este desastre económico, conducido por milicos, burócratas estatales y una lumpen burguesía que se enriqueció de la noche a la mañana, no está dando lugar a proceso alguno de radicalización anticapitalista de masas. Miles se desalientan, caen en la apatía, o terminan consintiendo con la oposición burguesa, en  medio de la descomposición económica y social.

En conclusión, las crisis del capitalismo y las luchas generan la posibilidad de que avance una conciencia socialista en las masas trabajadoras. Pero no hay nada de mecánico en el proceso; la crisis no genera de por sí un programa socialista, ni corrientes de masas que espontáneamente abracen un programa de ese tipo. Por el contrario, la tendencia espontánea de las masas, la mayor parte de las veces, pasa por buscar soluciones dentro del sistema capitalista; cambios dentro de lo existente. Por eso, las condiciones políticas de una transformación socialista no se generan de la noche a la mañana; y tampoco son el producto de maniobras tácticas, por más “geniales” que parezcan. Los problemas fundamentales de la táctica entrista están indisolublemente entrelazados con estas cuestiones