Envíopostaporteñ@ 1362

SOBRE RUSIA ? TEXTOS 2

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA

CHOQUE CON LA REALIDAD RUSA

En esta entrega he seleccionado algunos relatos de los primeros choques que Ciliga vive apenas llegado a Rusia y que expresan bien la contradicción entre lo que las ilusiones “socialistas” que habían construido los leninistas en occidente y la triste realidad de la sociedad mercantil generalizada Rusa. ¡El mito del socialismo y su creencia en el leninismo se le caía a pedazos al compañero Cíliga!

Al mismo tiempo podemos ver un conjunto de elementos de cómo luego de la liquidación de la revolución social, se va consolidando el desarrollo capitalista, la crisis y la miseria conjuntamente con el discurso “socialista” de la burguesía leninista. Es sumamente significativa la apología del trabajo y del útil de trabajo típica de la política burguesa para la clase obrera que Lenin había defendido tanto contra los socialistas, los revolucionarios que como Marx, siempre se habían situado a favor de la resistencia proletaria contra la explotación y el trabajo

Merece la pena además constatar que el caos de la economía mercantil generalizada que se manifiesta en esos años por la desocupación, el hambre, la miseria, la escasez de todo…, que describe Ciliga muestran hasta qué punto el mito de controlar o planificar la economía “socialista” que se vendía en el exterior, no correspondía en absoluto a la realidad y que no era más que religión de Estado. En la vida real el proletariado se cagaba de hambre y el gobierno, por más autoritarismo estatal que impusiera, no podía controlar el funcionamiento caótico de la ley del valor

Ricardo

EXTRACTOS:

Los primeros días, esta miseria y atraso de Rusia comparada con Europa me obsesionaba. Moscú no podía ser una excepción. Es el corazón, el centro del país. Su aspecto debe reflejar necesariamente el nivel de la vida social y cultural de toda Rusia. Vagué días enteros por las calles de la ciudad, observando los rostros, participando en las reuniones, comiendo en los refectorios públicos, yendo al teatro. El comercio ambulante testimoniaba que el nivel de vida de la población era extremadamente bajo; a cada paso me cruzaba con buhoneros que se pasaban todo el día en la calle con algunas manzanas como única mercancía. En cuanto a los refectorios públicos de Moscú, son lo más sucio que he visto en toda mi vida…

La vida en Rusia –me decía a mí mismo durante estos primeros días– está muy lejos de ser tan feliz y bella como pretende la prensa comunista extranjera y como yo mismo pensaba. Pero esta conclusión me incomodaba.

Pensaba que quizá me hubiera faltado espíritu crítico antes de llegar a Rusia; casi me reprochaba por juzgar la situación desde el punto de vista “burgués”…

En aquella época se encontraban en Moscú entre treinta y cuarenta militantes del partido comunista yugoslavo. Para mantener el contacto con las masas obreras y estudiar la experiencia del bolchevismo en la práctica, debían pasar un día a la semana en la fábrica. Trabajaban como los obreros, asistían a las reuniones de los sindicatos y del partido, organizaban el trabajo del M.O.P.R (Socorro Rojo). Los parecidos entre la lengua yugoslava y la rusa les permitían implicarse en la vida obrera rápidamente. La mayor parte de mis camaradas yugoslavos eran obreros que habían recibido formación política y pertenecían al núcleo del partido yugoslavo. Habían ido a Rusia para aprender allí el arte revolucionario del bolchevismo, para luego volver a casa con las prácticas hechas.

Estos camaradas, unos abiertamente, otros en secreto, se pusieron a relatar cosas terroríficas sobre la situación de los obreros en las fábricas.

Uno de ellos, Risto Samardjitch-Noskov, un viejo militante sindical de Bosnia, que más tarde sería empujado a la muerte por la reacción yugoslava, me describió con detalle los ultrajes y las injusticias de las que eran objeto los obreros de su fábrica. Los obreros fabriles soviéticos –decía– son prisioneros de sus contramaestres y directores, como en los países capitalistas. Es más, allí el obrero puede protestar en la prensa y en las reuniones. Aquí no hay nadie a quien dirigirse. Esto no es socialismo, es esclavitud, concluía

Por supuesto, había camaradas que sacaban conclusiones totalmente diferentes de esos mismos hechos. Sí, decían, el látigo, el knut es el amo y señor en la  fábrica soviética, pero el obrero ruso está tan atrasado, hasta tal punto es inconsciente, que no sabe mantener el utillaje, no tiene el orgullo de mejorar el rendimiento de su trabajo; por tanto nos hemos visto obligados a emplear la coerción para que la fábrica marche y para educar al propio obrero

Ilustraban su tesis mencionando varios incidentes de los que habían sido testigos…¿Qué hacer? Estamos obligados a emplear la brutalidad

Los testimonios “a favor y en contra” se acumulaban. Empecé a comprender el espíritu que reinaba en la sociedad soviética. Las contradicciones que constataba me parecían inadmisibles, pero sin embargo la realidad las toleraba

El agitado ritmo de la vida soviética estaba impregnado de una profunda inmoralidad social. Grupos enteros de campesinos y obreros ascendían a la cima de la sociedad y se aseguraban todo tipo de funciones dirigentes, económicas, políticas y administrativas. Un gran número de jóvenes obreros y campesinos, gracias a la instrucción media y superior, se adueñaban de las palancas de mando de la nueva sociedad. Y esta dichosa evolución no sólo implicaba ciertos trazos desagradables y aislados, sino que era toda una parte la que estaba completamente viciada. Las capas que se elevaban se impregnaban al mismo tiempo de un cierto espíritu burgués, de un espíritu de estrecho

egoísmo, de cálculos mezquinos. Uno notaba que tenían la firme  determinación de labrarse un buen puesto sin preocuparse del prójimo, un arribismo ciego y espontáneo

Para lograrlo, todos demostraban una capacidad de adaptación sin escrúpulos, una actitud desvergonzada y adulación hacia los poderosos. Esto es lo que se veía en cada gesto, en cada rostro, en todas las miradas. Esto es lo que reflejaban todos los actos y los discursos, generalmente llenos de burda  fraseología revolucionaria. Este espíritu era el amo y señor, no sólo entre los sin-partido, sino también y sobre todo entre aquellos comunistas que, lejos de ser los mejores, eran los peores de todos

¿Esta es nuestra “vanguardia”?, me decía. Lo que me parecía más grave era que este aburguesamiento, lejos de declinar, crecía y se reforzaba, inundando

todo a su paso. La ola destructora no hallaba ningún obstáculo, nadie trataba de ponerle diques. Las masas y los dirigentes lo aceptaban como algo inevitable.

Yo iba a tientas en este laberinto de sensaciones imprevistas; estos imponderables se me aparecían con tanta precisión como la realidad física

Previendo el triunfo de la tendencia reinante, saqué la lógica conclusión de que la evolución hacia el socialismo se había detenido definitivamente, la revolución estaba muerta y por tanto “todo estaba perdido”. Pues no son las máquinas ni las fábricas, sino las relaciones humanas las que constituyen la esencia del socialismo

Pero entonces, ¿Qué sucede en Rusia? Se ha abolido el régimen burgués, la burguesía ha sido liquidada como clase dirigente. Y como no se ha restablecido el domino de la burguesía, el capitalismo no ha vuelto al poder. Entonces, ¿cómo se puede decir que el socialismo se ha perdido definitivamente?

Como no estaba en condiciones de responder a estas preguntas, me contenté con dejar la conclusión definitiva para más adelante.

***

El otoño de 1927 se caracterizó en Moscú por un acontecimiento que era nuevo para mí: la falta de mantequilla, de queso y de leche. Más tarde el suministro de pan también empezó a ser irregular. Pero el público hacía cola pacientemente, durante horas enteras. Ninguna indignación, ni rastro de reuniones de protesta. Los diarios pasaban los hechos por alto. Pasaban los días, las semanas, los  meses. Era increíble, pero cierto. ¡Qué país, qué pueblo tan extraño!… En Europa, una escasez cien veces menos grave habría levantado una tempestad en la prensa y los comunistas ya habrían salido a la calle para manifestarse. Aquí, meses de privaciones no tienen eco en la sociedad. ¿Este es el espíritu de sacrificio de los trabajadores rusos? ¿Acaso se han quedado extenuados tras las tempestades revolucionarias? ¿Es la fatalidad de los esclavos, como pretendían los detractores reaccionarios del pueblo ruso?

No fue sino al cabo de tres meses que la prensa empezó a reaccionar y a ofrecer algunas explicaciones. Kalinin 6 declaró en un mitin que la revolución había mejorado considerablemente la alimentación del pueblo, lo que traía como consecuencia una cierta escasez de mantequilla y otros productos alimenticios…

Cinco años de “N.E.P.” (Nueva Política Económica 7) habían desembocado en una crisis económica y política general. Ni siquiera la censura del Estado o del partido podía disimular los hechos. El gobierno no sólo había llegado a admitirlos, sino que los había convertido en el punto de partida de su nueva línea de conducta, de la que dependía su propia existencia. La escasez de mantequilla, de leche y de pan que se había producido en otoño había revelado al habitante de las ciudades la existencia de una profunda crisis rural cuyas consecuencias afectaban ya al conjunto del país…

En las ciudades, un fuerte paro había precedido a la escasez. La oposición, según datos oficiales, estimaba el número de parados en 2.200.000. Tomski 9, negando las cifras de la oposición, confesaba 1.700.000 parados sindicados y pasaba por alto el número de obreros no sindicados afectados por el paro. Al mismo tiempo, se empezaban a notar los efectos de la superpoblación rural en el campo. El retorno a la economía natural, bien que mal, podía asegurar la existencia de las capas medias y superiores del campesinado, pero creaba una situación desesperada para el proletariado rural y los jornaleros que no podían ganarse el pan ni en el campo ni en la ciudad. En Moscú incluso llegaron a producirse manifestaciones callejeras (en la estación de Riazán) provocadas por los elementos rurales que habían venido a la ciudad a buscar trabajo en vano y que la G.P.U. enviaba de vuelta a las aldeas para disminuir la presión del paro urbano.

La Rusia de la N.E.P. agonizaba. La producción se disolvía y no llegaba a cubrir las necesidades de los diversos grupos sociales; los intercambios se habían paralizado, la economía del país llegaba a un punto muerto.

A. Ciliga