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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 9

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA

Estalinismo e inquisición

La similitud entre el funcionamiento de la dictadura “marxista leninista” y la inquisición, los modernos milicos estalinistas y los antiguos métodos de la religión y represión cristiana que cuenta y subraya Ciliga, hablan por sí mismos y no requieren comentarios. La identidad de los procedimientos y métodos con cualquier otra dictadura capitalista en el mundo son tan evidentes que tampoco me parece necesario insistir.

Ricardo

EXTRACTOS:

Al volver de Moscú a Leningrado, tuve cuidado de que no me siguieran. Al principio no noté nada. Pero al llegar a Leningrado pronto percibí sospechosos indicios. Cada vez que entraba en casa me encontraba con un individuo apostado cerca del edificio donde vivía. Ciertamente, podía ser que vigilara a otro, pero pronto pensé que el motivo era yo. Durante mi ausencia, un desconocido había ido a la Universidad, y al no encontrarme había tratado de recoger información de algunos empleados. Incluso había llegado a echar un vistazo a la correspondencia que tenía sobre mi mesa. Por otra parte, un conocido que yo sospechaba que era agente de la G.P.U. dejó de frecuentarme por esas mismas fechas

Quizá la vigilancia amistosa ya no bastaba y ahora me seguían abiertamente. Pensé en ocultarme, en regresar a Europa clandestinamente. Con ese estado de ánimo entré en mi casa el 21 de mayo de 1930, hacia medianoche. Contaba con coger algunos efectos personales y ausentarme durante unos días, como medida de precaución. No había nadie en la calle, lo cual era buena señal. Pero al abrir el portal, me encontré en el corredor con un agente de la G.P.U. uniformado. “Comienza un nuevo episodio de mi vida en la URSS”, me dije. Estaba seguro de que la G.P.U. sabía de mi actividad secreta a favor de la oposición. Por tanto, era inevitable que registraran mi casa y me arrestaran. Pero aún no sabía cuál era la fuente de la que la G.P.U. sacaba su información sobre mí. Así que decidí no confesar nada antes de que me proporcionaran pruebas evidentes. “¿Qué hay?”, pregunté. Como respuesta el chekista me enseñó una orden de registro y de arresto. El registro ya había comenzado en mi ausencia. La orden no especificaba los motivos de mi detención y el agente de dijo que no podía darme ninguna explicación. El registro no me importaba mucho, pues en casa no tenía ningún documento que me comprometiera. Dejé que el chekista y su ayudante registraran mi habitación y me fui a la cocina, que estaba en la otra punta del pasillo. La escalera de servicio llevaba directamente a la libertad. Por un instante pensé en huir. Pero había que distraer a la criada con algún pretexto creíble. El primero que me vino a la cabeza no dio el resultado esperado, y no fui capaz de inventarme otro. Mi deseo de escapar halló además otro obstáculo en mí mismo; quizá inconscientemente prefería ir a prisión y acabar de conocer Rusia que entrar en Europa. Esto sólo lo comprendí más tarde, cuando mis deseos de salir eran ya tan ardientes como difícilmente realizables.

Entre tanto, terminaron el registro. Los chekistas se llevaron todos mis manuscritos. Cogí algunas prendas, incluidas las de invierno. Los chekistas me aseguraron que no hacía falta, que pronto volvería a casa, pero yo estaba íntimamente convencido de que no había retorno posible, al menos que “capitulara”, lo cual no pensaba hacer jamás. En cuanto a los chekistas, les respondí: “Vivo sólo y no puedo dejar a nadie encargado de mis cosas”. El coche de la G.P.U. nos esperaba en la puerta. No fuimos lejos, el coche se detuvo en el número siguiente a la Casa del Partido. Una vez allí, vi como se acercaba a nosotros mi camarada Dedich, acompañado de un agente de la G.P.U. Me sorprendí, pues Dedich, que divergía de nuestro grupo, hacía meses que no colaboraba con nosotros y que no pertenecía a él. Nos dio alegría vernos y comprobar que nuestra desgracia era compartida. Nos preguntamos mutuamente: “¿Qué ha pasado con el camarada Dragich? Sin duda es tan prudente y experimentado que habrá evitado la detención y habrá cruzado la frontera”. Más tarde supimos que, en efecto, Draguich había tenido tiempo de ocultarse, pero desgraciadamente le detuvieron tres meses más tarde. “¿Y nuestros camaradas en Moscú? Seguro que también les han detenido. Les veremos en la cárcel.” Entre tanto, tomamos dos decisiones: la primera, no hacer ninguna declaración que significara capitular y confesar solamente lo que la G.P.U. demostrara de forma evidente. La segunda, que nos registraran con nuestro verdadero nombre. Que supieran que estaban tratando con comunistas extranjeros.

Pronto llegamos a la prisión de la calle Chpalernaïa. Sentíamos una mezcla de ansiedad y curiosidad. ¿No sería de esperar que un Estado obrero tuviera un régimen penitenciario distinto al de los países burgueses? Un Estado obrero no busca castigar al culpable, sino enmendarlo. Nos llevaron a las oficinas. Todo era igual a lo que ya había visto en el extranjero: los muebles, la voz de los chupatintas, los chirríos de un aparato sin alma. “Exactamente igual que las prisiones burguesas”, susurré a Dedich al oído, y como conclusión práctica, oculté por si acaso un trozo de lapicero, como solía hacer en semejantes casos cuando estaba en los países burgueses. Después de registrarnos, nos llevaron a cada uno a una celda. No volveríamos a vernos en tres meses. Eran las tres de la madrugada cuando entré en mi celda, ubicada en alguna parte del sótano. Tenía dos literas, una de las cuales ya estaba ocupada por otro prisionero.

Estaba durmiendo. Pensé: “Debe tratarse de un provocador encargado de sonsacarme lo que la G.P.U. aún ignora”. No pude dormir. Asaltado por mil pensamientos, trataba de adivinar qué me depararía el destino.

La tercera noche de mi estadía en prisión me llevaron al juzgado de instrucción. Uno de los principios de la G.P.U. es interrogar a los prisioneros de noche. Impresiona más y, por otra parte, un hombre al que le han sacado de la cama está poco preparado para defenderse. La psicología es la ciencia favorita de los chekistas. El juez de instrucción no era sino el funcionario de la G.P.U. que había dirigido el registro de mi domicilio. “¿Sabe usted por qué se le ha detenido?”, fueron sus primeras palabras. “¿No?, ¿no lo sabe? Entonces déjeme oír su hipótesis sobre su arresto”. Algunos meses más tarde pude leer en prisión un artículo del historiador bolchevique Prokovski sobre la Inquisición española. Comprobé que esas eran las clásicas preguntas que hacía la Inquisición a los prisioneros. No fue la única vez que me acordé de la Inquisición y de la orden de los jesuitas al ver los acontecimientos rusos y los métodos del la G.P.U.

A. Ciliga