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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 16

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE

– de ANTE CILIGA

Hambrunas, desplazamientos de poblaciones y más terror de Estado

La mentira del poder es parte constitutiva del sistema leninista, aunque nadie crea en nada de lo que se dice, la mentira del socialismo se repite y las cifras que Stalin da son mentiras descaradas, dichas con total desparpajo. Es clave en todo el sistema como lo indica el título del libro de Cíliga.

Simultáneamente en nombre del proletariado movilizado y aplaudiendo al poder, se trata a la población con total menosprecio: Stalin, fiel a la tradición leninista, la trata de “cucarachas”. Son decenas de millones los desplazados y sometidos a los campos y otras formas de hambre y trabajo forzado. Había sido Lenin quien había inaugurado esa línea política de persecución de los “bichos” ,“parásitos” sometiéndolos a la represión y el trabajo forzado, Recordemos las consignas de Lenin:”… limpiar el suelo de Rusia de todos los insectos nocivos, pulgas (pillos), chinches (ricos), etc., etc. en un lugar se reencarcelará a una docena de ricos, a una docena de pillos, a media docena de obreros que huyen del trabajo (del mismo modo desvergonzado como lo hacen en Petrogrado numerosos tipógrafos, sobre todo en las imprentas del partido). En otro, se les obligara a limpiar las letrinas; en un tercero, se les dará, al salir de la cárcel, carnets amarillos para que todo el pueblo los vigile como seres nocivos, mientras no se enmienden. En otro, se fusilara en el acto a un parasito de cada diez. En otro más, se idearan combinaciones de diversos modos y medios y se recurrirá, por ejemplo, a la libertad condicional de los ricos, de los intelectuales burgueses, de los pillos y de los maleantes susceptibles de enmienda rápida. Cuanto más variado, tanto mejor y más rica será la experiencia común... ni un solo pillo (incluyendo a cuantos huyen del trabajo) se pasee en libertar, en lugar de estar en la cárcel u obligado a los trabajos forzados más duros…”

Cabe señalar que ese escrito fue el verdadero manifiesto fundacional de la política oficial de represión del parasitismo, del trabajo forzado y clasificación de la población en función de su actitud al trabajo y sumisión al poder. Dicho manifiesto se tituló “¿Cómo debe organizarse la emulación” y fue escrito por Lenin en diciembre de 1917 y transformado en directiva principal del gobierno en enero de 1918 (en plena coincidencia con la lucha del Estado por imponer la Paz Imperialista). Es desde entonces que el Estado ruso comienza su feroz ofensiva para reprimir la resistencia proletaria al trabajo en base al terror abierto y el sistema de campos de concentración para someter al trabajo forzado

Ante la catastrófica situación de hambre y miseria el Estado reprime en la sangre toda sublevación proletaria, Ciliga lo dice con algo más que una metáfora: ante el proletariado hambriento el gobierno le lanza carne humana. Se inventa culpables y se lo tiran a las fieras hambrientas.

Ricardo

EXTRACTOS

El XVI Congreso del partido se celebró mientras yo estaba encarcelado en Leningrado. Hay que mencionar aquí una de las “perlas” de aquel Congreso: Según el discurso de Stalin, los salarios de los obreros habían aumentado un 69% respecto a los de antes de la guerra, cuando en realidad se habían reducido un 50%. Se atrevían a pronunciar esta descarada mentira ante todo el país, ante los diez millones de obreros que sabían lo que había. Se puede pensar que Stalin era un cínico, un criminal o un “estadista” de gran envergadura

Pero, ¿y el país?, ¿qué hay del proletariado que aguantaba esta mentira oficial pronunciada por la persona más importante del Estado? El país no podía pronunciar la menor queja, es más, ¡debía sancionar públicamente esta mentira! En estas condiciones, ¿qué se podía esperar del Congreso? Entre todos los discursos, sólo el de Tomski contuvo una pizca de dignidad humana: “Algunos camaradas no piensan más que en ‘arrepentirse’, arrepentirse continuamente. Que nos dejen trabajar y no sólo ‘arrepentirnos’.” Precisamente Tomski, cansado ya del bizantinismo estaliniano, halló más tarde en el suicidio su forma de protesta. Protesta poco eficaz, dirán; al menos se escuchó en el mundo entero

Stalin, en su discurso de clausura, se mantuvo de nuevo fiel a sí mismo lanzando estas palabras a la derecha: “¡Ustedes se asustan de las cucarachas!” Expresaba así no sólo un conocimiento de su propia fuerza, sino también su profundo desprecio por la vida de las masas populares. La nueva línea general sacó a 170 millones de seres humanos de su camino habitual, decenas de millones erraron de una punta a otra de este inmenso país

Se asistió a una auténtica migración de pueblos, acompañada de hambrunas, epidemias y sublevaciones. Este enorme pueblo era presa del pánico y la desesperación, pero para Stalin no se trataba más que de “cucarachas a las que había que hacer salir de su agujero”

El verano se terminaba. ¿Cuándo volvería a pasar un verano en libertad? El desaliento se apoderaba de mí, tenía ganas de aire y de sol. Se acercaba el mes de septiembre. Ya me cansaban los paseos de veinte minutos al día, en un patio abarrotado, bajo la lluvia o la niebla de Leningrado que se te mete hasta los huesos. Como cada otoño, las relaciones entre el gobierno y los campesinos se iban tensando. Era la época de la entrega de grano, y los pueblos como siempre aprovechaban para expresar su descontento y esbozar una resistencia. El Pravda hizo sonar la alarma desde el 24 de agosto: “Acelerad la entrega de grano”, era el título de su artículo de cabecera. “No se ha ejecutado más que un 34% de lo planeado en agosto.” En septiembre la situación se agravó aún más. Los campesinos no flaqueaban, preferían sacrificar a su ganado antes que entregarlo a los koljoses. Los recién llegados nos informaban de que en las ciudades escaseaba el pan y la carne, sobre todo en Leningrado y Moscú.

La prisión estaba en un estado de sobreexcitación. Los procesos se aceleraban y las condenas a muerte eran más frecuentes. Las salas estaban sobresaltadas. Pero a la vez la vida se hacía más silenciosa, todo transcurría como en sordina, la vida de todo el mundo parecía que ahora dependía del azar. El 22 de septiembre supimos por los periódicos que la G.P.U. acababa de descubrir una “organización contrarrevolucionaria que saboteaba el abastecimiento a los obreros”. Leyendo en comunicado uno podía sacar la conclusión de que todos los organismos de aprovisionamiento –los trust de la carne, del pescado, de las conservas, las legumbres y las frutas, así como los correspondientes órganos del Comisariado del Pueblo– estaban en manos del enemigo. La razón de estos comunicados exagerados y sensacionalistas estaba clarísima; había que responsabilizar a alguien de la crisis alimentaria. Por supuesto que esta crisis era consecuencia de la política general del gobierno y de la lucha de clases que la acompañaba, pero se declaraba culpable a gente que se elegía un poco al azar. Los periódicos se llenaron súbitamente de artículos, resoluciones, actas de mítines masivos que exigían al unísono un castigo ejemplar para los culpables. ¡Qué danza de caníbales!

Por fin llegó el desenlace. El 25 de octubre la prensa publicaba un comunicado de la G.P.U.: “Los culpables del sabotaje del abastecimiento a los obreros han sido fusilados…”. Habían ejecutado a cuarenta y ocho hombres… Nuestra prisión quedó horrorizada. Los obreros estaban hambrientos y exigían pan, y el gobierno les lanzaba carne humana. Esto es más que una metáfora, durante estos terribles días esta sensación se me hizo casi física. Un silencio sepulcral planeaba sobre la prisión. Todos, pero sobre todo aquellos que pertenecían a la categoría de los “privados de derechos”, sentían la muerte rondando a su alrededor. Yo evocaba en silencio lo que había leído sobre el apogeo del terror en las prisiones de Francia en la víspera del 9 de Termidor. Supuse que la atmósfera sería igual que la de nuestra prisión.

Dos semanas más tarde, Deditch y yo fuimos condenados a tres años de prisión política en los Urales. Nos despedimos de nuestros compañeros como si se tratara de viejos amigos. La desgracia une a los hombres. “Ahora que han dictado su condena y ya no hay riesgo de que se agrave, díganos qué piensa usted del futuro que se avecina”, me preguntaron los académicos. Me limité a repetir lo que ya había dicho anteriormente: “Las fuerzas de la revolución, las fuerzas de izquierda,están agotadas. En esta etapa histórica asistiremos a una evolución hacia la derecha. No sé bajo qué forma, no dejo de plantearme a mí mismo esta pregunta.”

ANTE CILIGA