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Camilo Torres, el precursor

Adolfo Gilly   la Jornada 15/1/16

Camilo Torres Restrepo, el cura colombiano que tomó partido por los pobres de la tierra y se la jugó con ellos hasta el último día de su vida, murió el 15 de febrero de 1966, hace hoy cincuenta años.

Conocí a Camilo en Bogotá en mayo de 1965. Iba yo hacia Montevideo, de regreso de un extenso reportaje al Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre en las montañas de Guatemala, publicado después en Monthly Review, revista de la izquierda socialista y marxista independiente en Nueva York y Buenos Aires.

Hice escala en Bogotá. Allí, mensajero de una carta de la editora porteña de la revista dirigida a Camilo Torres Restrepo, decano de la Escuela de Administración Pública en Bogotá, apenas llegado fui a buscar al destinatario. Subí al piso 14 de un edificio donde estaba su despacho, pregunté por el doctor Camilo Torres y, para mi sorpresa de marxista irredento, salió un cura a quien le dije que traía un mensaje para el profesor Camilo Torres. El aparecido me dirigió una mirada divertida y me dijo: Sí. Camilo Torres soy yo. Quién sabe cuál haya sido mi rostro de sorpresa, pero Camilo hizo como si nada, sonrió, pasamos a su despacho y comenzamos a conversar.

El diálogo, inesperado para ambos, duró los varios días de mi estancia en Bogotá: con Camilo, con monseñor Germán Guzmán, con Guitemie Olivieri y el equipo de ayudantes de Camilo en la Universidad y también, una tarde, con la madre de Camilo en su casa, dulce señora de quien hasta hoy, medio siglo y muchas peripecias después, guardo un recuerdo inolvidable.

Camilo me llevó en su carro a recorrer los barrios ricos de entonces, una especie de Polanco bogotano, de donde provenía su familia y cuyos domicilios me iba señalando; y después los barrios pobres de Bogotá. En largas conversaciones referí a él y a monseñor Germán Guzmán las experiencias de la guerrilla del Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre en Guatemala, dirigida por tres militares: el coronel Augusto Vicente Loarca y los tenientes Marco Antonio Yon Sosa y Luis Turcios Lima. El obispo escuchaba y tomaba afanosos apuntes, sólo después entendí por qué.

Meses después, ya en Montevideo, donde conversamos largamente con el director de Marcha, el inolvidable don Carlos Quijano, y con Eduardo Galeano, entonces joven y brillante secretario de redacción de 25 años de edad, publiqué un extenso reportaje sobre Camilo Torres. Era febrero de 1966. Para ese entonces Camilo ya se había ido a la montaña y el reportaje se titulaba Camilo, guerrillero. Estos son algunos de sus pasajes.

***

Conversé en mayo último (1965) con Camilo en Bogotá. Camilo Torres es un hombre joven y tiene aspecto joven. Alto, habla con entusiasmo y también con pasión. Y si en las discusiones es capaz de tal pasión por las ideas, tiende al mismo tiempo a llevarlas a conclusiones prácticas y a medidas organizativas. No es un simple cura popular: tiene una formación política e intelectual, combinada con un interés por saber y entender lo que la gente piensa y siente. Estaba ansioso por conocer las experiencias de las guerrillas guatemaltecas. En su manera de aproximarse a los problemas y a los sentimientos del pueblo hay cierta similitud con la forma de análisis de Frantz Fanon, aunque por entonces él no había leído los libros del teórico de la etapa insurreccional de la revolución argelina. Esto es lo que escribía por entonces el cura colombiano, cuando era un sociólogo, en un estudio sobre la violencia:

“Las guerrillas han impuesto la disciplina que los propios campesinos solicitaban; han hecho a la autoridad más democrática; y han otorgado confianza y seguridad a nuestras comunidades rurales. Mencionamos esto al discutir el sentimiento de inferioridad que ha desaparecido de las áreas campesinas donde el fenómeno de la violencia se ha manifestado. A pesar de todo, la violencia ha provocado un proceso social imprevisto para las clases dirigentes. Ha despertado la conciencia campesina; les ha dado solidaridad de grupo, un sentimiento de superioridad y seguridad en la acción que ha abierto posibilidades de progreso social y ha institucionalizado la agresividad, con el resultado de que el campesino colombiano comienza a preferir los intereses del campesinado a aquellos de los partidos tradicionales. Se constituirá, como efecto, un grupo de presión política socioeconómica capaz de producir los cambios estructurales en el sentido menos deseado y supuesto por las clases dirigentes. Podemos decir que ‘la violencia’ ha sido para Colombia el cambio sociocultural más importante en las áreas campesinas desde la época de la conquista española.”

Pregunté a Camilo si, en su opinión, toca a los cristianos tomar una decisión definida en estos temas. Me contestó:      Pues claro. El cristiano, si quiere serlo realmente y no sólo de palabra, debe participar activamente en los cambios sociales. La fe pasiva no basta para acercarse a Dios. Es imprescindible la caridad. Y la caridad significa, concretamente, vivir el sentimiento de la fraternidad humana. Ese sentimiento se manifiesta hoy en los movimientos revolucionarios de los pueblos, en la necesidad de unir a los países débiles y oprimidos para acabar con la explotación. Los cristianos deben tomar partido con los oprimidos, no con los opresores.

Camilo Torres tenía por entonces 37 años de edad. Hijo de una familia aristocrática de Colombia, hasta mayo de 1965 fue el Decano de la Escuela de Administración Pública. En 1964 había sido separado de una cátedra en la Universidad Nacional de Bogotá por haber apoyado una huelga estudiantil. Profesor de sociología, junto con monseñor Germán Guzmán realizó investigaciones y estudios sobre la situación del campesinado colombiano. Hasta los dieciocho años de edad, cuando ingresó en el seminario, se había criado en las tierras de su familia, cabalgando con los orgullosos vaqueros de los llanos orientales de Colombia.

En la Universidad de Bogotá fue sacudido y arrastrado por los movimientos estudiantiles y fue no sólo un profesor sino también un dirigente para los estudiantes. Su renovado contacto con los campesinos vino después, cuando ya había vivido y participado en las luchas estudiantiles. Seguramente una y otra experiencia se unieron en su conciencia. Y Camilo, que hasta un tiempo antes trataba de explicar a las clases dirigentes que era necesario terminar con la situación de explotación, miseria y opresión del campesinado si querían evitar una violentísima explosión social, terminó por concluir que sólo una revolución que cambiara toda la estructura económica y social del país podía mejorar la situación del campesinado y que esa trasformación sería resistida por esas clases con todos los medios a su alcance. El sociólogo había dejado paso al revolucionario y el dirigente estudiantil se preparaba interiormente para convertirse en líder campesino.

Camilo Torres, para aquel mes de mayo de 1965, ya visitaba regularmente y contribuía a organizar pueblos campesinos en torno a sus necesidades y demandas comunitarias. En abril de 1965 la Curia colombiana decidió que Camilo debía ausentarse para estudiar en Bélgica. De este dilema crucial para su vida me habló en aquel mes de mayo. Si no se iba, lo pasaban al estado laical y debía abandonar la vestimenta sacerdotal, la sotana, me dijo. ¿Pero tú en verdad y en conciencia eres católico?, le pregunté. Por supuesto, respondió. “Yo creo en Cristo y cuando en mi ruego converso con él lo llamo ‘Patrón’, porque es mi jefe, mi patrón”. Y entonces, por qué te importa llevar o no la sotana?

Mira, me dijo, yo creo en Cristo y mi relación con él no tiene que ver con la vestimenta que llevo. Pero para mis gentes, para los campesinos que en mí confían, la sotana es simbólica y es muy importante. Yo debo respetar ese sentimiento. La jerarquía lo sabe y por eso, si no me voy, quieren reducirme al estado laical. Pues me parece que no te queda de otra que explicar la situación y el dilema a las comunidades campesinas que te escuchan y confían en ti.

En mis apuntes de entonces quedó así registrado: Camilo atravesó un conflicto interior: ¿irse, para mantener su posición en la Iglesia y luego regresar, o quedarse y afrontar una ruptura inmediata? Irse podía significar que los estudiantes y campesinos que lo apoyaban lo consideraran un desertor. Quedarse era romper con la Iglesia institucional de la cual se sentía parte integrante. Todo indica que la presión de su propia gente resolvió el conflicto. Camilo rehusó cumplir las órdenes de la Curia y pidió ser reducido al estado laico, sin por ello renunciar al sacerdocio.

A partir de entonces, toda su actividad se concentró en la campaña por el Frente Unido del Pueblo, mítines y sobre todo publicación del semanario Frente Unido a partir de agosto de 1965, dirigido por el propio Camilo Torres. En su primer número, fechado en Bogotá el 26 de agosto de 1965, publicó un manifiesto titulado Mensaje a los cristianos. Allí definió sus creencias, sus ideas, sus compromisos y su vida.

El 15 de febrero de 1966, hace hoy cincuenta años, moría Camilo en un enfrentamiento militar. Hasta hoy el ejército colombiano no ha dicho en dónde quedaron sus restos. El día ha de llegar…

Para mi inmensa sorpresa, un domingo de agosto o septiembre de 1971 a la crujía N de la Cárcel de Lecumberri vino a visitarme Guitemie Olivieri. Me habló largamente de Camilo y de nuestro encuentro de aquellos días en Bogotá. Pero esta es otra historia y no estoy yo ahora para contarla ni ustedes para saberla.

Camilo vive:

su legado y las coyunturas actuales en Colombia y México

Camilo Pérez Bustillo SubVersiones 15/2/16

Este lunes 15 de febrero se cumplen 50 años de la caída en combate del sacerdote, guerrillero y renombrado sociólogo y luchador colombiano Camilo Torres Restrepo (1929-1966). Desde la semana pasada se están realizando foros y actos en su memoria en toda Colombia y en el mundo para explorar su legado y sus implicaciones. Esto coincide con el proceso de paz colombiano, aún inconcluso e incompleto, reflejado en las negociaciones con las FARC en La Habana; y también casualmente con la visita del papa Francisco a México. El aniversario de Camilo Torres converge además con el vigésimo de la firma de los Acuerdos de San Andrés, en medio de su persistente incumplimiento

La visita del Papa a México refleja las complejidades y contradicciones de la relación entre los polos contrapuestos que han sido definidos por Enrique Dussel en términos de la cristiandad, por un lado –los intereses históricamente construidos de las instancias materiales, institucionales de la iglesia como tal; y la del cristianismo o iglesia popular, entendido como el espíritu de la doctrina que toma cuerpo en las comunidades humanas de fe que la constituyen y construyen [1]

La teología de la liberación y corrientes afines como la teología india promovida por Monseñor Samuel Ruiz (Tatic o Don Sam, como se le conoce en las comunidades indígenas de Chiapas), o la «teología del pueblo» con la que se ha identificado el Papa, han sido los marcos de referencia para el diálogo y la convergencia entre los movimientos populares en América Latina (y hasta cierto punto en otras regiones, incluyendo las comunidades de origen mexicano y latino en los Estados Unidos) y los sectores más comprometidos y críticos de la iglesia.

Esta tendencia se refleja en casos de persecución y martirio a escala continental como los de Mons. Oscar Arnulfo Romero (San Romero de las Américas), los seis jesuitas y dos mujeres de la Universidad Centroamericana (UCA) masacrados por egresados de la Escuela de las Américas en noviembre de 1989 en San Salvador; y el obispo Juan Gerardi de Guatemala, entre muchos más; incluyendo, por ejemplo, la línea pastoral y política muy convergente de Martin Luther King y Malcolm X en los Estados Unidos. Otras figuras claves son sacerdotes como Ernesto Cardenal, Fernando Cardenal, y Miguel D´Escoto que jugaron un papel clave en la Revolución Sandinista en Nicaragua entre 1975 y 1990, y obispos como Leónidas Proaño en Ecuador y Paulo Evaristo Arns, Helder Cámara y Pedro Casaldáliga en Brasil, junto con teólogos del mismo país como Leonardo Boff y Frei Betto.

Además de la importante labor cotidiana de figuras eclesiales constantemente amenazadas como Don Raúl Vera (ahora como Obispo en Saltillo y previamente como coadjutor con Don Sam en San Cristóbal, que ha heredado su papel como Tatic otorgado por las Abejas de Acteal), y los padres Alejandro Solalinde, Pedro Pantoja, y Fray Tomás González, entre muchos otros, en los albergues de migrantes ubicados respectivamente en Ixtepec (Oaxaca), Saltillo (Coahuila) y Tenosique (Tabasco); que encarnan esta tradición viva.

Una de las expresiones más radicales de esta tradición es la figura de Camilo Torres Restrepo de Colombia, el cura guerrillero, revolucionario, más ampliamente reconocido de América Latina [2], que cayó en combate como insurgente perteneciente a las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el 15 de febrero de 1966. Torres es uno de los precursores más importantes de la teología de la liberación, quien se adelantó por varios años, en los hechos, al marco teórico elaborado por pensadores como Gustavo Gutiérrez [3] (nacido en 1928) del Perú y Enrique Dussel (nacido en 1925) de origen argentino, perseguido y exiliado durante la primera parte de la guerra sucia en ese país, y radicado en México desde 1975.

Torres también fue un sociólogo que jugó un papel clave (conjuntamente con Orlando Fals Borda) en la fundación y consolidación de la primera Facultad de Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, entre 1959 y 1962, y como uno de los primeros investigadores sobre los efectos sociales de la violencia social en el ámbito rural y de la pobreza en las ciudades. Fungió como capellán muy cercano a los movimientos estudiantiles en la Universidad Nacional (de la que fue expulsado por estas actividades en 1962), y además el formó del proyecto del Frente Unido de sectores populares y de izquierda en Colombia en 1965, que se adelantó a esfuerzos semejantes como la Unidad Popular en Chile que llevó a la presidencia a Salvador Allende en 1970, y al Frente Amplio de Uruguay.

El padre Camilo es recordado en Colombia y mucho más allá, por frases como «el deber de todo cristiano es ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución», «el católico que no es revolucionario está viviendo en pecado mortal», y una de sus admoniciones fundamentales: «que no nos pongamos a discutir si el alma es mortal o es inmortal, sino pensemos que el hambre si es mortal y derrotemos el hambre para tener la capacidad y la posibilidad después de discutir la mortalidad o la inmortalidad del alma».

La decisión de Torres de tomar las armas expresa su insistencia en la congruencia entre su fe y sus profundos niveles de compromiso social y político, expuestos en su definición del catolicismo como un vehículo para la construcción en el mundo de un «amor eficaz», entendido como una ética revolucionaria, sigue teniendo resonancias hoy en una Colombia agobiada por siglos de injusticia y 50 años de guerra. Su legado es especialmente pertinente al acercarse la probable firma el 23 de marzo en La Habana, de un acuerdo de paz en Colombia entre el gobierno y las FARC.

Pero aún no se ha logrado la integración del ELN, el movimiento con el que murió combatiendo Torres. Y uno de los obstáculos para que se amplíe el proceso ha sido la negación del gobierno colombiano desde 1966 a revelar la ubicación de los restos de Camilo y a dignificarlos. Mientras tanto hay iniciativas múltiples en todo el país para observar su aniversario durante los próximos días en espacios académicos y comunitarios, laicos y eclesiales, con foros, simposios, festivales y ciclos de oración y reflexión[4]

El eco del caminar del padre Camilo acompaña la defensa de los migrantes en tránsito, los pueblos indígenas y todos los sectores sumergidos en la pobreza, la discriminación, y la violencia y otras expresiones del terror estatal, que caracterizan los espacios que visitará el Papa. Nunca habrá una verdadera paz ni en México ni en Colombia mientras persistan estas condiciones.

1] Ver también: «La crítica de la teología como crítica de la política (hacia una descolonización epistemológica de la teología)», capítulo 12 en Filosofías del sur: Descolonización y transmodernidad. Akal/Interpares, 2015.

2] Ver: «Camilo Torres, Primer sacerdote guerrillero»Colombia. “Reencontrando a Camilo Torres Restrepo” y Camilo Torres Restrepo, mártir de la Liberación

[3] Autor del libro que bautizó al movimiento en 1971: «Teología de la liberación: Perspectivas», que ha sido traducido a más de 20 idiomas

[4] Algunos eventos: ¡Camilo vive!, «En Medellín conmemoran natalicio de Camilo Torres», «Camilo Torres 50 años: religión, sociología y política» y «En febrero se realizará la “Semana Camilo Torres Restrepo”»