El tono quejumbroso de la nota de Fernando Moyano me crea algunas dudas, las que quizás tenga a bien responderme en los próximos días. Espero que no se sienta ofendido porque lo mencione, ya que me limitaré a responder sus apreciaciones.
Es decir, reclamo mi derecho a réplica.
En primer lugar, quisiera que me aclare si mi presencia en Montevideo, once meses recién cumplidos y el hecho de que mis apariciones públicas y más concretamente las de postaportenia hayan conseguido abrir un hueco de duda en la historia oficial de los últimos sesenta años, la considera un acercamiento a esa verdad que tanto se persigue, incluso por quienes no han vacilado en falsearla.
En segundo lugar, si le molesta que algunos interlocutores sean o hayan sido asiduos participantes en esta posta. Parece que es así, ya que se atreve a calificar nuestra libre disposición a expresar nuestros puntos de vista de “sin sentido”. Creo que tanto c.e.r. como Tato López y yo teníamos y seguimos teniendo –mientras El Porteño no decida otra cosa- a expresarnos libremente.
El mismo derecho que tiene Fernando Moyano a expresar sus opiniones, aunque lamento que se limite a repetir las viejas consignas que idearon los que hace más de cuarenta años cometieron los más grandes despropósitos, tanto políticos como militares.
A lo que no tiene derecho Fernando Moyano es a tergiversar mis palabras. Yo no estoy buscando que se me equipare con nadie, ni busco perdones ni reconciliaciones. Me estoy limitando a contar mi verdad, planteando hechos reales y en las circunstancias que se produjeron.
Debería llamarle la atención a Fernando Moyano, que en otros temas ha mostrado gozar de cierta experiencia y perspicacia, que mis argumentos no son discutidos, sino descalificados sin más, incluso por quienes hace varios años vienen ratificando lo que tuve a bien dejar escrito en 1972.
Le aconsejo a Fernando Moyano que consulte con algún abogado amigo, que supongo tendrá, o con cualquier periodista experto en cuestiones de tribunales, o más fácil aún, que consulte la prensa de setiembre del pasado año y verá que son muchos, variados y más calificados los que se refieren a mi procesamiento como disparatado o como se dice en términos jurídicos, “no ajustado a derecho” Y si no es “ajustado a derecho”, que me explique si la causa de mi procesamiento no es política.
Ahora bien, más allá de acertijos o supuestas hipótesis, yo creo que de lo que se trata es de analizar hechos. Yo los doy, mientras que otros, entre ellos el mismo Moyano e incluso Ricardo, no aportan hechos sino afirmaciones de otros nunca comprobadas, mientras se ocultan de manera deliberada las actuaciones de otros, supongo que correctas, ya que nadie ha salido a desmentirlas, que involucran a miembros del partido de gobierno en los mismos hechos de los que a mí se pretende acusar, o se han echado toneladas de tierra sobre otras actuaciones, como las del “hombre del paraguas” para poder mantener la acusación sobre mí.
“El fracaso de la guerrilla tupamara se debe a causas políticas y sociales profundas” en lo que tiene razón, pero decir que “al mismo tiempo Amodio es un traidor” merece al menos una mínima fundamentación. “Negar que la traición de Amodio sea la CAUSA de la derrota no implica negar que esa traición haya existido. Así de simple”, dice Fernando Moyano, tan dado a explicarnos científicamente lo que para el resto de los mortales alcanza con el uso del sentido común.
Pasaré por alto las fundamentaciones teóricas y el relato cinematográfico. Y si le sirve de algo, yo también creo hoy que nuestro intento estaba condenado al fracaso. Pero a lo que no hay derecho es a haber acusado a otros de la debacle para ocultar las propias responsabilidades, máxime cuando el acusado fue uno de los más firmes críticos con los planes y las conductas que propiciaron esa debacle –creo que nunca he utilizado la palabra derrota, que era inexorable-.
Puede ser que a Fernando Moyano le parezca irrelevante la búsqueda de responsabilidades. Está en su derecho, faltaría más, pero tiene el deber de admitir que a mí sí me importa, ya que he tenido que soportar que mi nombre haya sido usado como sinónimo de todo lo bajo y despreciable, aunque todo se haya basado en infamias que lo único que pretendían era culparme del desatino de otros, glorificados por la historia, sin más mérito que las alabanzas que se han vertido sobre ellos, sin nada que las verifique.
Pese a lo que Fernando Moyano dice, yo no enchastro a nadie. Me limito a contar la historia desde otro ángulo, con la perspectiva del que conoce la historia real y ha sido acusado y condenado por hechos que no cometió, mientras que a otros se les ha perdonado precisamente para poder mantener la acusación sobre mí, y perdonen la insistencia. Si alguien resulta enchastrado, será como consecuencia, no como intención.
¿Y por qué tengo que ser yo quien acuse o señale a militares cuando ellos ya han reconocido sus responsabilidades o tengo que “esclarecer algunos de sus crímenes impunes de terrorismo de estado” si no he tenido nada que ver con ellos y sí otros que todavía permanecen encaramados a los pedestales levantados con la complicidad de la mayoría, fueran tupas o no, quincistas o wilsonianos?
En cuanto a la historia de los papeles, me cuesta creer que alguien tan “leído” como Fernando Moyano no dé la talla en comprensión lectora. Porque leerme me ha leído. Y si hubiera leído Alto el fuego, verá que hay un militar que admite que la improvisación y por tanto la descoordinación eran inevitables, lo que llevó a que el mismo local fuera allanado en varias oportunidades por unidades distintas, lo que ocasionó muertes entre las propias FF.AA., o que se torturara a detenidos para apresar a alguien que ya lo estaba desde hacía meses, o ya estaba exilado en Chile o muerto el mismo 14 de abril.
Esa fue mi función, “hacer limpia” de los locales allanados al día de la fecha e “individualizar” a algunos prófugos mediante la relación de detenidos que ya lo estaban pero que escapaban al control de la OCOA, que circulaba entre los jefes S2 y que estos no atendían por estar inmersos en la vorágine operativa.
Función que realicé a partir del momento en que Nepo Wassen me comunicó que yo era “el cabeza de turco” pese a haber asumido él la responsabilidad por la cárcel del pueblo.
Yo entiendo que a Fernando Moyano le resulte algo menor y hasta intrascendente que alguien que ha sido injustamente acusado y condenado se quiera defender. Pero Fernando Moyano tiene que admitir que yo tengo derecho a hacerlo y que otros hayan querido terciar en la polémica –ejemplar por las formas- que algunos hemos mantenido.
Quiero decirle a Fernando Moyano que yo no tenía grandes planes, a diferencia de otros que sí los tenían, aunque fueran irrealizables. Yo solo mantuve la idea de mantener la propaganda armada, con la que habíamos logrado acosar al gobierno de Pacheco –espero se me reconozca la modestia al no mencionar al imperio americano-. Propaganda armada que los teóricos patrios creyeron superada, por lo que había que pasar a otra etapa, mediante la “elevación del nivel de los enfrentamientos”, lo que nos llevó a abandonar, mediante una táctica equivocada, la única estrategia que nos era viable, la guerrilla urbana.
Para terminar, dice Fernando Moyano que va a tratar de un tema mediano, que es así como califica el tema de la “locura” de Sendic. Me extraña que Fernando Moyano, tan puesto en temas internos del antiguo MLN y de sus posteriores derivaciones, crea que el adjetivo aplicado a Sendic tuviera el sentido coloquial que él en su aparente ingenuidad pretende adjudicarle.
Por si no lo sabe, la razón de la supuesta locura, en parte, estuvo motivada por la compra de unos terrenos mediante unos dineros de “dudosa procedencia” y puestos a nombre de una persona ajena a las diferentes fracciones en las que el MLN se había convertido, nucleadas alrededor del “grupo de los 17”.
Antes de intentar rebatirme, le aconsejo que pregunte a su alrededor, no sea cosa que después tenga que rectificar, como le pasó con el libro de El Padrino.
Espero sus aportaciones, ya que “si entre todos la mataron y ella sola se murió”, la única manera de revivirla es entre todos. Abierta y francamente. Yo vine para eso y mi puerta está abierta.
Ojo: me estoy refiriendo a la verdad, no se vayan a creer otra cosa.