Rolando Astarita [Blog]
Posiblemente uno de los principales obstáculos que enfrenta hoy cualquier alternativa anticapitalista está asociado al efecto, en el ideario socialista, del colapso de los “socialismos reales”.
Para explicar el punto, partamos de la situación que enfrentan, por ejemplo, las masas populares en Argentina: un nivel de pobreza superior al 25% de la población; varios millones de personas en la indigencia; más de un tercio de los asalariados en empleos precarizados; servicios de salud y educación pública en estado calamitoso, y otras calamidades semejantes.
Frente a este panorama, los partidos de izquierda proponen, naturalmente, programas radicales. Por caso, el Frente de Izquierda (según el sitio web del PTS) propone salario mínimo igual a la canasta familiar; 82% móvil para los jubilados; reparto de las horas de trabajo hasta acabar con la desocupación; prohibición de despidos y suspensiones; terminar con el trabajo precarizado; no pagar la deuda externa; la reestatización bajo control obrero de las empresas privatizadas; un plan económico debatido y controlado por los trabajadores; la nacionalización de la tierra, pero respetando la propiedad que no explote mano de obra; impuestos progresivos; funcionarios que ganen igual que un obrero y revocabilidad de sus mandatos por los electores; jueces elegidos por voto popular; y disolución de los cuerpos de inteligencia del Estado, entre las medidas principales.
En otros países los padecimientos de las masas populares son similares a lo que sucede en Argentina, o muchas veces más graves, y las organizaciones de la izquierda revolucionaria también avanzan medidas de corte parecido a las del FIT. Evidentemente, se trata de soluciones que, en principio, están concebidas para motivar y movilizar a los trabajadores en la perspectiva de un cambio de fondo de la sociedad. Sin embargo, estos programas no logran penetrar en las masas populares. Para ponerlo en números: admitamos que, con toda la buena voluntad, un 10% de la población en Argentina adhiere o ve con simpatías un programa como el del FIT. Por lo cual la pregunta es por qué el 90% de los votos, en promedio, va a partidos que son enemigos del socialismo, o a organizaciones “semi-socialistas” que presentan soluciones sin rebasar los límites del modo de producción capitalista
La pregunta puede extenderse a otros países, donde el voto a los partidos radicales de izquierda es todavía más minoritario que en Argentina. Incluso en aquellos golpeados por la crisis capitalista, las salidas progresistas que votan las masas populares no cuestionan el sistema capitalista. Syriza, de Grecia, es un caso emblemático: a lo sumo negocia parches y remiendos con los acreedores de la deuda, y con el capital en general, pero “no saca los pies del plato”. Esto sin contar los países en que avanzan opciones de derecha, incluso respaldadas por el voto obrero, como sucede con el Frente Nacional de Francia, el UKIP de Inglaterra, el Bloque Flamenco Belga, el partido Liberal de Austria, y semejantes. ¿Por qué no hacen pie en estos países de largas tradiciones de socialismo y/o de comunismo, programas del tipo FIT de Argentina?
Alguna gente, que se ubica a la izquierda del FIT, podría explicar que no hacen pie porque el programa no está lo suficientemente radicalizado. Sin embargo, y concediendo que una propuesta como la del FIT deja en un cono de sombras desde qué tipo de poder estatal se pueden aplicar las medidas que se avanzan, la realidad es que un programa más explícitamente socialista no mejoraría mucho las cosas. Es que a nivel de la recepción masiva del mensaje, quien vota a la izquierda más radicalizada lo hace porque acuerda en que son necesarias transformaciones de raíz, sin detenerse en muchas sutilezas.
Otra respuesta al interrogante planteado es que la izquierda no dispone de los medios de propaganda que sí tiene la derecha. Lo cual es cierto, pero no alcanza a explicar el asunto. Aunque en mucha menor medida que los defensores del sistema, los candidatos de la izquierda hacen oír su voz en programas de radio y TV; y su propaganda llega a empresas, colegios y barrios populares. Pero una mayoría de oyentes sigue apoyando a partidos del sistema. El obstáculo entonces es más profundo, y pensamos que enraíza en lo que se experimenta como “el fracaso del socialismo”. Por eso, y para abordar la cuestión, es conveniente tener una perspectiva histórica de la evolución del ideario socialista, como alternativa al capitalismo. En esa evolución, y a grandes rasgos, distinguimos tres etapas.
El ideario socialista en perspectiva, primera etapa
La primera etapa de esta evolución va desde el surgimiento del socialismo como movimiento político, hasta el triunfo de la Revolución de Octubre. En ese largo período el socialismo se presentaba ante los trabajadores como un programa para iniciar, desde el poder, la marcha hacia una sociedad que no existía, pero que se concebía factible. Esta primera etapa podemos dividirla, a su vez, en dos fases, siguiendo el planteo de Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico (un escrito influyente en la formación ideológica del socialismo obrero del siglo XIX). En la primera, los socialistas utópicos (Saint Simon, Fourier, Owen) proponían planes de reconstrucción social que contenían “geniales gérmenes de ideas” (Engels), aunque no tuvieran sustento en el desarrollo del capitalismo. En la segunda fase, a partir de Marx y Engels, el programa socialista se basó en el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas y la agudización de las contradicciones que lo acompañaban. Más específicamente, la contradicción entre la producción cada vez más social, y la apropiación cada vez más concentrada, apuntaba a la salida socialista, esto es, a la necesidad de socializar la propiedad de los medios de producción.
Se trataba entonces de un programa para el futuro, pero con bases en lo real existente. Las luchas reivindicativas y los programas de los marxistas se inscribían en un horizonte teórico en el que se entreveía una nueva sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. La misma tendría todavía “el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede”, pero en ella habría sido eliminada la explotación del trabajo (Marx, Crítica al Programa de Gotha). Incluso se preveían algunas soluciones prácticas. Por ejemplo, Marx pensaba que sería relativamente sencillo que la sociedad entregara al trabajador un bono en el que se anotara que había rendido tal cantidad de trabajo y, después de descontado lo necesario para un fondo común, recibiera en bienes el equivalente a esa cantidad de trabajo rendida. Además, la Comuna de París también había demostrado que era posible una organización democrática del trabajo, dispuesta por los productores.
Por otra parte, los movimientos anarquistas también presentaban un ideario de sociedad futura, que daba un norte a las luchas cotidianas. Bakunin, por ejemplo, señalaba premonitoriamente los peligros de la burocratización de una futura revolución, a la vez que compartía el objetivo de la colectivización de los medios de producción.
Pero además, esa visión de relativa sencillez para organizar el trabajo colectivo se potenció, en el marxismo, con la aparición de la gran empresa. El ejemplo más destacado lo encontramos en El Estado y la revolución, de Lenin, escrito en las vísperas de la toma del poder. Allí, el líder bolchevique planteaba que la concentración del capital y la centralización estatal de la economía durante la Guerra facilitarían la administración obrera. Incluso afirmaba que administrar esa economía ya centralizada, en el contexto del poder de los soviets, sería tan sencillo como dirigir la empresa estatal de Correos. Una visión excesivamente optimista que cambió drásticamente después de la toma del poder. Es que la estatización de las grandes empresas había sido una empresa relativamente fácil, pero no garantizaba el avance al socialismo. A comienzos de los 1920 Lenin debía reconocer que las tendencias mercantiles y capitalistas afloraban por todos los poros desde las profundidades de la inmensa masa de pequeños propietarios, campesinos o artesanos. Y en ese momento ya no podía contarse con el auxilio de la revolución socialista europea en un plazo más o menos rápido.
La segunda etapa
La segunda gran etapa del ideario socialista arranca a mediados de los años 1930, cuando Stalin proclamó el triunfo definitivo del socialismo. El mismo estaría asegurado por la terminación de la colectivización del agro, la puesta en marcha de los planes quinquenales y la industrialización a marchas forzadas. Por eso, para millones de trabajadores en el mundo, la URSS representaba la confirmación de la posibilidad de superar al capitalismo. Incluso Trotsky, que fue crítico de la burocracia, y demostró que el socialismo en los treinta estaba lejos de alcanzarse en Rusia, escribió que de todas formas la planificación había triunfado por sobre el capitalismo: “El socialismo ha demostrado su derecho a la victoria no en las páginas de El Capital, sino en una arena económica que forma la sexta parte del globo; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad” (La revolución traicionada). Agregaba que aun si la URSS sucumbiera, “quedaría para el porvenir este hecho indestructible: que la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia. Así se cierra el debate con los reformistas del movimiento obrero”
Durante décadas este tipo de argumentos fueron centrales en las filas del comunismo y en la mayoría de las organizaciones marxistas. Los mismos se vieron reforzados con el triunfo de la URSS sobre el nazismo, y luego con las experiencias del Este de Europa, Yugoslavia, China y Cuba. Por supuesto, los marxistas críticos no dejaban de señalar los desastres a que habían conducido políticas aplicadas en la URSS o en China (las muertes por millones con la colectivización forzosa en la URSS, o con el Gran Salto Adelante en China); y denunciaban el ahogo de la democracia obrera. Además, desde los años 1960 muchos economistas soviéticos, o del bloque del Este, insistían en que la economía planificada enfrentaba problemas crecientes, y que eran necesarios cambios urgentes. Sin embargo, a los ojos de millones, estos regímenes demostraban la viabilidad y la superioridad de la planificación.
Hasta tal punto esto fue así que algunos países capitalistas (Egipto, India) adoptaron formas de intervencionismo estatal inspiradas en los planes quinquenales soviéticos; y en Asia y África surgieron experiencias de socialismos sui generis, que también tomaban como modelo, al menos parcialmente, las experiencias soviética o china. Y aun desde una perspectiva crítica de la burocracia, se pensaba con frecuencia que la instalación de un régimen de democracia soviética superaría todas las dificultades e impulsaría todavía más el desarrollo (era la visión de Ernest Mandel, por ejemplo). Una creencia que se mantuvo hasta las vísperas mismas del derrumbe de la URSS. Por ejemplo, en Argentina, todavía a mediados de los 1980, candidatos trotskistas “demostraban” la superioridad del socialismo comparando el desarrollo de India con el de China (que, irónicamente, estaba virando al capitalismo); o el de Cuba con Haití. Aunque debían evitar la comparación entre las dos Coreas; o entre Suecia y Alemania Oriental, por ejemplo.
De todas formas también hay que decir que a lo largo de estas décadas de “testimonio vivo y práctico de socialismo”, una amplia porción de la clase obrera que vivía en el capitalismo rechazó el totalitarismo stalinista, al que identificó con el socialismo. Por eso, la polémica con el reformismo socialdemócrata estuvo lejos de cerrarse. Para los trabajadores que apoyaban a la socialdemocracia en Francia o Italia, al Laborismo en Inglaterra o al partido Demócrata en EEUU, la democracia capitalista y la economía keynesiana parecían preferibles al socialismo. En la izquierda este hecho fue duro de admitir, o fue mal digerido. La explicación más común fue que se trataba de la aristocracia obrera, favorecida por las plusganancias de los monopolios que explotaban al Tercer Mundo. Aunque esto dejaba sin responder la pregunta de por qué también millones de trabajadores en el Tercer Mundo apoyaban a variantes pro-capitalistas; o por qué los trabajadores con bajos salarios y malas condiciones laborales del Primer Mundo tampoco abrazaban el programa anticapitalista
Tercera etapa, la caída de los “socialismos reales”
La caída de la URSS determina el surgimiento de la tercera etapa, la del “no hay alternativa”. Discurso que fue reforzado con el giro de China y Vietnam al capitalismo y por los colapsos de los “socialismos africanos” o “asiáticos” (piénsese, por ejemplo, en el impacto que tuvo el genocidio perpetrado por los Khmers Rojos en Camboya).
El cambio, además, fue vertiginoso. Todavía en 1980 una gran parte de la población del mundo vivía en regímenes que se consideraban socialistas, o eran considerados por el común de las personas socialistas (o comunistas). Una década después, solo quedaban en pie Cuba y Corea del Norte. Además, las transformaciones hacia el capitalismo y el libre mercado eran impulsadas por fuerzas incubadas al interior de las economías planificadas. Uno de los casos emblemáticos fue Vietnam: vanguardia de la lucha contra el imperialismo, bandera de las movilizaciones anticapitalistas de los años 1960 y comienzos de los 1970, apenas un año después de la derrota de EEUU, Hanoi inició conversaciones para incorporarse al FMI. Solo a la vista de lo que sucedió en los años que siguieron pudo apreciarse la honda significación de ese paso hacia la “normalización” de las relaciones con el mercado y el capital. De hecho, hoy Vietnam es un país capitalista
En este cuadro, el argumento de la burguesía fue que “en la práctica” el socialismo había demostrado su fracaso; “en la práctica”, el mercado había vencido al plan, dejando casi sin argumentos a los que habían identificado plan con socialismo y mercado con capitalismo. Por supuesto, se podía decir, desde posiciones marxistas, que ya Lenin había advertido sobre la importancia de mantener relaciones mercantiles en tanto no estuvieran dadas las condiciones para su superación; y que Trotsky había insistido en lo mismo.
También se podía afirmar que los regímenes stalinistas tenían poco o nada que ver con el socialismo (presento un argumento de este tipo en relación a la naturaleza de la URSS aquí y aquí). Pero lo que importa es que en la conciencia de millones, el ideario del socialismo se había derrumbado. Y sobre este derrumbe avanzó el “no hay alternativa” (al capitalismo), consigna asumida no solo por el neoliberalismo, sino también por la socialdemocracia, los movimientos nacionalistas y por millones de militantes o ex militantes de los partidos Comunistas.
Los ejemplos abundan, pero aquí presento uno que es muy representativo del cambio ideológico y político ocurrido. Se trata del informe The Challenge of the South. The Report of the South Commission, (Oxford University Press), presentado por la Comisión Sur, en 1990. Esta Comisión, que estuvo integrada por personalidades de 26 países del Tercer Mundo, fue presidida por el tanzano Julius Nyerere, prócer de la independencia, ex presidente y heraldo del “socialismo africano”, que intentó desarrollar en su país entre mediados de los 1960 y principios de los 1980. Pero en 1983, y ante crecientes dificultades económicas, Nyerere renunció al proyecto socialista, giró hacia las políticas de mercado, y poco después abandonó la presidencia de Tanzania. Por otra parte, entre las personalidades que integraron la Comisión Sur estaban Aldo Ferrer, de Argentina; Celso Furtado, de Brasil; Carlos Andrés Pérez, de Venezuela; Qian Jiadong, de China; y Carlos Rafael Rodríguez, de Cuba.
Pues bien, lo significativo es que el Informe sostenía que la responsabilidad por el desarrollo de los países del Sur estaba en los pueblos del Sur y convocaba a encontrar vías de cooperación con los países adelantados, en un mundo crecientemente globalizado. Planteaba también que el Estado y los mecanismos de mercado debían complementarse; que había que ayudar al empresario; elogiaba las industrias trabajo intensivas que promovían el crecimiento en China y en los NICs (Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Taiwán); criticaba los mecanismos de planificación sobre-centralizados y burocráticos; sostenía que el mercado era un mecanismo eficiente para la asignación de recursos y enfatizaba la importancia de un buen desempeño exportador industrial como motor del crecimiento. ¿Qué había quedado entonces de las “vías africanas al socialismo”? La respuesta es que nada. El “socialismo” terminaba identificado con políticas burocráticas y centralistas que se declaraban fracasadas. La única alternativa era el mercado, con mayor o menor intervención del Estado. Nyerere, líder del “socialismo africano”, recomendaba a los países atrasados y dependientes, y con las firmas de las direcciones cubana y china, que había que aceptar el capitalismo. Por eso, “el clima de época” de los años de esplendor del “neoliberalismo” no puede entenderse al margen de estos desarrollos sociales, políticos e ideológicos, al interior del campo llamado socialista.
La continuación del “no hay alternativa”
En el último cuarto de siglo la situación abierta con el colapso de los socialismos no se ha revertido en lo fundamental. Es cierto que la aparición del chavismo generó la esperanza en un sector de la izquierda de que el socialismo volvía a ponerse en la agenda como alternativa de masas a nivel mundial. Pero la realidad es que el capitalismo de Estado venezolano está en crisis, y no es alternativa socialista para prácticamente nadie por fuera de Venezuela. La agenda del socialismo no se puede reconstruir sobre la base del lumpen burgués, los burócratas arribistas y los militares puestos a “salvadores de la nación”. Como tampoco es alternativa anticapitalista Cuba, que hoy está dirigiéndose al capitalismo por una vía “a lo China”. Por eso, en ningún lado la izquierda presenta su programa diciendo que su objetivo es una sociedad del tipo de la que hoy existe en Venezuela, o en Cuba.
Poner en la agenda el ideario socialista
Volvamos entonces a los programas de gobierno que la izquierda presenta al pueblo. Al contextualizar esos programas y la propaganda y agitación de la izquierda radical en la evolución que ha tenido el ideario del socialismo en la conciencia de millones, el problema se hace nítido. Es que esos programas y propuestas son leídos a la luz de la experiencia real que se hizo con los socialismos reales
Por eso, cuando, por ejemplo, un programa de izquierda propone un plan económico nacional debatido y gestionado por los trabajadores, reaparecen todas las cuestiones que se discutieron históricamente, y que siguen pendientes: qué rol jugaría el mercado en la elaboración e instrumentación del plan; cómo se planifica “desde abajo” producción, precios y cantidades distribuidas de varias decenas de millones de productos; cómo se impide la burocratización en la ejecución del plan; cómo se supera la “delegación de tareas” una vez que baja el impulso revolucionario; o con qué criterio se remunera el trabajo (¿se favorece el igualitarismo?). Algo similar ocurre con la pequeña industria y el pequeño comercio. ¿Cómo se subordinan a un plan millones de cuentapropistas, o negocios que a lo sumo tienen dos o tres empleados? ¿Qué relación tienen con el mercado? ¿Son viables las cooperativas? Si lo son, ¿de qué manera se evita caer en el “cooperativismo impuesto”, que fue típico de los regímenes soviéticos? O también, ¿qué relación tiene el mercado con los “precios dirigidos”, que muchas veces se han intentado en las planificaciones? Todo esto sin contar con las cuestiones referidas a la organización del Estado: ¿un sistema de consejos? ¿Elecciones generales con revocabilidad? ¿Plena libertad a todos los partidos políticos? ¿Cómo se contrarresta la tendencia a delegar en representantes? Si se va a una democracia consejista, ¿se respetan siempre los resultados de las elecciones a los consejos, o se reivindican “soluciones extremas para casos excepcionales”, como sucedió en Kronstadt? Además, si los intentos de construir el socialismo al interior de un país inevitablemente fracasan, ¿qué relación debería mantener una revolución socialista triunfante en un país con el resto del mundo?
Por supuesto, muchas de estas cuestiones no podrán resolverse en sus detalles de antemano. Pero sí es necesario elaborar una perspectiva sobre la base del análisis crítico de las experiencias pasadas. Ya no hay forma de sostener que “definitivamente el plan demostró su superioridad en la práctica”. Tampoco hay manera de que la lucha por “soluciones concretas” desemboque espontáneamente en un programa socialista. Por eso, la reconstrucción de un ideario socialista no podrá efectuarse pasando por alto estos estudios y debates. Por eso también, hay que ser consciente de que estas cuestiones exigirán tiempo y una intensa lucha y enfrentamiento con la ideología burguesa dominante. Y por sobre todas las cosas, una actitud abierta a admitir el problema y la necesidad de encararlo de frente, y con toda honestidad intelectual