EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA
Industrialización y continuidad de las condiciones capitalistas de explotación
Mientras en el exterior se propagaba el mito del socialismo “en fin realizado”, en base a la colectivización y la industrialización, en Rusia mismo el enorme avance de las fuerzas productivas del capital se vive como un reforzamiento de todas las condiciones de esclavitud asalariada, incluso el hambre. Ciliga tiene la lucidez de afirmar que dicha esclavitud no provenía del capitalismo privado sino que el carácter capitalista y burocrático del sistema constituían el propio fundamento orgánico de esta industria estatal. Lo más remarcable y contra la mitología dominante, es sin dudas el reconocer en la industria estatal al enemigo de siempre: el capital.
El proletariado en Rusia más esclavizado que nunca no encuentra forma de resistir (en cualquier otro punto del planeta hay mucho más huelgas y luchas) y se encuentra totalmente aislado por el mito y el triunfo del marxismo leninismo como religión de Estado. La maximización de la tasa de ganancia en la Rusia estalinista pasa entonces por la maximización de la explotación y la propaganda estatal contra los “indisciplinados, holgazanes y borrachos”. Todos los aparatos políticos, sindicales, policiales utilizan el látigo de la “emulación socialista” para la maximización del tiempo y la intensidad del trabajo, es decir aumentar lo máximo posible la extracción de plusvalía y la tasa de explotación. Pero por supuesto la mentira y violencia plebiscitaria, la democracia obrera y el mito del poder soviético era lo peor: todo acto de resistencia proletaria era denunciado por el obrero mismo. La destrucción de la clase organizada era total, el proletariado (como había dicho Marx en circunstancias parecidas) “había desaparecido como clase de la escena histórica”
Ricardo
EXTRACTOS:
¡No digo que la industrialización no fuera algo grandioso y nuevo! Al contrario, en Rusia equivalía a una auténtica revolución técnica y económica.
Modificaba también en cierta medida el contexto económico mundial. Una nueva Norteamérica, tan ávida y dinámica como la vieja, nacía en la inmensa superficie de Europa oriental y Asia septentrional, 10.000 kilómetros de largo y entre 3 y 4.000 de ancho. La industrialización de la Rusia europea y de Asia tiene una importancia fundamental para el progreso histórico del continente asiático, para la revolución económica, social y política que está madurando en el conjunto de Asia. Paralelamente al crecimiento de la industria metalúrgica que ya existía y a la construcción de nuevos centros metalúrgicos (Magnitogorsk-Kuznetsk), se creaban nuevas ramas industriales: construcción de maquinaria, de tractores, industrias automovilísticas, aeronáuticas, químicas, y se creaba o se reforzaba la industria metalúrgica. La industrialización era la base de la revolución agraria, de la mecanización y de la colectivización de la vida rural. Al mismo tiempo que esta economía rural se acercaba a la industrial y el campo a las ciudades, la industria propiamente dicha ganaba importancia en el conjunto de la economía nacional.
Pero fuera cual fuera la importancia nacional e internacional de esta industrialización, no introducía ningún nuevo principio en la estructura social de la propia industria ni planteaba ningún problema teórico nuevo. El inmenso y rápido crecimiento de la industria, el desarrollo de las viejas fábricas y la creación de todo tipo de nuevas ramas industriales no hacían más que reproducir a una escala más amplia las relaciones sociales que ya existían en la industria antes del Plan Quinquenal. Por ello la vida de los obreros de Leningrado no me ofrecía nada que no hubiera visto ya en mis tres años de estancia en Rusia. Pero –y esta es una de las frecuentes contradicciones rusas– el propio hecho de que las relaciones sociales en la industria no se hubieran modificado era un enigma que había que resolver. En efecto, los más diversos fenómenos capitalistas y burocráticos que se manifestaban en la industria soviética estatal se atribuían siempre a la influencia de elementos capitalistas y pequeño-burgueses, o bien se explicaban como concesiones inevitables y provisionales a estos elementos, cuya importancia en los tiempos de la N.E.P. era considerable y se reconocía oficialmente. Ahora que se había suprimido la N.E.P., extirpando todo capitalismo privado y destruyendo sin piedad a la pequeña burguesía, estos fenómenos capitalistas y burocráticos, lógicamente, tendrían que desaparecer de la industria y ceder su puesto a la organización socialista de la producción industrial. Pero en realidad no sucedió nada de esto. Es más, los métodos capitalistas y burocráticos salieron fortalecidos: trabajo a destajo, separación entre trabajadores y dirección, concentración de todas las funciones dirigentes en manos de la administración, las funciones de los obreros reducidas a las de simples ejecutantes, consolidación del sistema asalariado y aumento de las diferencias salariales para beneficio de los burócratas
Todo esto demostraba que el carácter burocrático y capitalista de la industria soviética estatal no se debía únicamente a la influencia que ejercían los restos del viejo capitalismo privado, sino que constituían el propio fundamento orgánico de esta industria estatal. Por tanto, era en el conjunto de la economía soviética, tanto en la industria como en la agricultura, donde había que plantear la cuestión de saber cuál era el nuevo sistema social y económico, ya que no se trataba de capitalismo privado ni tampoco de socialismo. Cuanto más observaba los sentimientos de los obreros, más urgente me parecía la respuesta a esta cuestión. Un viejo obrero cualificado que trabajaba en una de las principales fábricas de Leningrado me decía, por ejemplo: “Ahora vivimos peor que en tiempos de los capitalistas. Si hubiésemos sufrido tanta hambre, si en la época de nuestros viejos patrones los salarios hubiesen sido tan bajos, habríamos hecho miles de huelgas. ¿Pero qué podemos hacer ahora? Somos nosotros quienes queríamos el poder soviético, ¿Cómo podemos combatirlo? Si nos ponemos hoy en huelga, nuestras propias mujeres se burlarían de nosotros diciendo: ‘Ahí tenéis vuestro poder soviético’.” Cuando se reclutó a 25.000 obreros para llevarlos al campo, este trabajador fue uno de los voluntarios. Volvió disgustado al cabo de unos meses: “Hay demasiadas injusticias; no es colectivización, es pillaje”. Como obrero cualificado, no pedía ningún favor al poder. Su cualificación le daba seguridad y cierta independencia. Era un sin partido, pero había estado varios años en el frente durante la guerra civil. La angustia y el asombro que le sacudían ahora me parecía que reflejaban los sentimientos de las capas más profundas del proletariado. “Nos hemos equivocado de puerta”, esa era la conclusión que sacaban de la revolución.
Cuando terminaba el Plan Quinquenal, en la época de la “vida alegre” proclamada por la burocracia, estas capas terminaron dándose cuenta de lo que era el sistema vigente en la URSS. Escuché el mismo tipo de reflexiones en boca de un obrero comunista extranjero que trabajaba en la industria textil. De origen meridional, se expresaba más apasionadamente: “En mi vida he visto esclavitud semejante a la que reina en mi fábrica. ¡Si esto ocurriera en un país burgués, hace tiempo que habría lanzado una bomba!”.Pero en Rusia se callaba, pues no veía ninguna salida:las masas obreras son pasivas y el poder no es “nuestro poder”. Desesperado, trataba de que le repatriaran a Europa: allí al menos sabría contra qué y cómo luchar.Logró que le repatriaran, pero sólo tras pasar por enormes dificultades, pues conocían su “falta de entusiasmo por el régimen soviético”. Hoy, aunque ha perdido la fe,continúa trabajando en el partido comunista oficial. De todas formas, no hay nada “mejor”, me confesó más tarde, cuando los dos habíamos vuelto a Europa.Me acuerdo también de una conversación con un obrero que acababa de hacer una reparación en mi cuarto. Al ir a pagarle a su domicilio, le hallé distraído leyendo un periódico. Apenas le conocía, y le pregunté: “¿Qué dicen los periódicos?”. Me señaló la noticia acerca de la limitación de la legislación social en Alemania, que la prensa soviética había trasformado en una abolición de los seguros sociales. “Igual que nosotros”, dijo el obrero sin más comentarios. Esta sencillez y sinceridad hablaban más claro que cualquier discurso sobre los sentimientos que la burocracia soviética inspira a los obreros. Mi humilde interlocutor parecía querer decir, en un tono calmado y descorazonado: “No sólo soy yo, todos pensamos así”. Efectivamente, en esta época se declaró que el paro se había “liquidado” en la Rusia soviética; por consiguiente, las indemnizaciones por desempleo también fueron “liquidadas”. También se abrogó una cierta cantidad de disposiciones que protegían a los trabajadores. Por su parte, los periódicos se empleaban con violencia con los obreros que de una forma u otra se resistían a la explotación burocrática, y los declaraban “indisciplinados, holgazanes y borrachos”.
Bajo el manto de la “emulación socialista” se introdujo un sweating system / 1 que se combinaba con la corrupción de una pequeña minoría obrera mediante todo tipo de “adelantos”. Un obrero con el que discutía sobre la posibilidad de preparar una huelga en la fábrica pronunció unas frases que ilustraban muy bien esta política. Era un hombre reflexivo, obrero sin partido y auténtico proletario. La burocracia, que conocía sus aptitudes, ya había tratado adueñarse de él y de obligarle a aceptar un puesto de representante sindical en la corporación a la que pertenecía. Logró con mucho esfuerzo escabullirse de este intento de alistarle en el aparato administrativo: no era fácil defenderse cuando la asamblea general de los obreros, convocada por iniciativa de un hombre de paja de la administración, decidía que “usted, el mejor obrero” debe convertirse en el representante sindical, o incluso en udarnik /2 (obrero de élite) o incluso inscribirse en el partido… La mentira plebiscitaria, la violencia plebiscitaria impregnaba toda la vida social de Rusia. Este obrero pensaba que el principal obstáculo para un trabajo tan vasto como es la preparación de una huelga no era tanto la G.P.U. como la propia actitud de las masas obreras. “No se puede confiar en el obrero. Hoy es tu hermano, mañana te traiciona. Trabaja contigo en la misma corporación, en la mesa de al lado, piensa y habla como tú, ve que se ha engañado a los obreros, que su vida es miserable, que se les tiraniza. Pero mañana, cuando le den un pequeño adelanto, cuando le lancen un pequeño aumento como si fuera un hueso, allí estará con un discurso totalmente distinto y berreando en las reuniones como los burócratas. Si se le habla cara a cara y se le reprocha su conducta, les responderá: ‘hago lo que hace todo el mundo’. ¡Vaya usted a confiar en esta gente! Se echará a perder sin ningún beneficio para la causa.” Había una cuestión que torturaba a este inteligente proletario: ¿de dónde sale esa maldición que parece no abandonar a la clase obrera? ¡Después de tantas revoluciones, siempre hay alguien que la explota, que se beneficia de su trabajo! Para pensar en todo esto y tratar de encontrar una respuesta a esta cuestión esencial de nuestra época, este obrero estaba dispuesto a correr el riesgo de relacionarse con mis camaradas y conmigo.
A. Ciliga
1) Trabajo a destajo (nota de Ciliga)
2) Término que se usaba en el mundo soviético para designar a los obreros superproductivos y entusiasmados con el trabajo. (nota de Ciliga)