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Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS (4)

El significado de la polémica Preobrazhenski Bujarin

Rolando Astarita [Blog] 

La crisis de las tijeras desató una intensa polémica en el partido Comunista. “A partir del año crucial 1923, las divergencias de apreciación sobre las relaciones entre la industria y la agricultura… se agravan en el partido dirigente”, señala Trotsky en La revolución traicionada. Hubo dos posiciones polares enfrentadas, las de Preobrazhenski y Bujarin

La polémica echa luz sobre las dificultades que enfrentaba la economía soviética en los años veinte, pero también ilumina acerca de los problemas más generales de economías atrasadas y estructura dual, esto es, industria estatizada en un mar de producción campesina y artesanal pequeño burguesa. El debate soviético de los veinte incluso tuvo eco en las teorías burguesas de crecimiento. Por caso, el modelo de Arthur Lewis, que supone que hay exceso de mano de obra que se transfiere del agro a la industria, desarrollándose esta a partir de la reinversión de los beneficios, con salarios a nivel de subsistencia, está inspirado en el modelo soviético (Lewis, 1959). De la misma manera, la relación capital/producto (la inversión en equipos y máquinas requerida para obtener un crecimiento deseado), que está en el centro del modelo de crecimiento de Harrod-Domar, había sido planteada en los años veinte en la URSS. Asimismo, el problema de cómo financiar, en un país atrasado, esa inversión requerida para obtener el crecimiento deseado que absorba la mano de obra no ocupada, o la desocupación disfrazada, estuvo en el corazón de los debates soviéticos de los años veinte y en los inicios de la industrialización. Por eso Domar afirma, en el capítulo IX de Ensayos en teoría del crecimiento económico, que para un estudioso del crecimiento y el desarrollo, la literatura económica soviética de los 1920 es de gran interés.

En este respecto, señalemos que la conexión entre teorías referidas a programas, entornos sociales y objetivos muy distintos, posiblemente no sea casual. Es que hay restricciones que tienen que ver con la naturaleza material de la reproducción de una sociedad. Por ejemplo, las relaciones entre excedente e inversión; entre producción de bienes agrarios e industriales; entre crecimiento de la industria de medios de consumo y la de medios de producción; entre consumo e inversión, y similares, que no pueden desconocerse arbitrariamente (ampliamos más adelante, cuando analicemos la aplicabilidad de los esquemas de reproducción de Marx a la planificación soviética). En cualquier caso, los bolcheviques tomaron rápidamente conciencia de estas restricciones en un país atrasado y predominantemente campesino. La noción de acumulación originaria socialista tuvo esta base objetiva y, como dice Harrison (1985), significó dejar atrás la creencia de que bastaba con estatizar y repartir la riqueza creada por el capitalismo para avanzar en la construcción socialista. Esta es una cuestión sobre la que debería reflexionarse en la izquierda, donde muchas veces parece predominar la idea de que basta con “voluntad revolucionaria” para superar las condiciones objetivas. Volveremos sobre este asunto a lo largo de la nota.

La polémica de los veinte: Preobrazhenski

Preobrazhenski, que pertenecía a la Oposición de Izquierda, publicó en 1924 un artículo, que sería la base de La nueva economía, editado en 1926 (para lo que sigue nos basamos también en Erlich, 1950). Preobrazhenski sostuvo que la crisis de las tijeras se debía a la elevada demanda de bienes industriales con relación a su oferta. Es que la demanda se había incrementado porque los campesinos disponían de más recursos a partir de que la eliminación de impuestos del zarismo, y el reparto de la tierra. Sin embargo, la industria no podía satisfacer esa demanda. Durante el Comunismo de Guerra se había interrumpido la formación de capital; luego, en los primeros tiempos de la NEP, se habían vendido productos industriales por debajo del costo y se habían utilizado fondos de amortización para sostener salarios. Por eso, aunque la utilización de capacidad instalada había permitido mejorar la producción, se había acentuado el atraso industrial. Y en la medida en que se siguiera sosteniendo la producción en base a sobreutilización de capacidad y mano de obra, caería todavía más la productividad, y se agravarían los problemas.

La solución entonces pasaba por aumentar la producción industrial, la infraestructura energética y del transporte por encima de los niveles de preguerra. El argumento se reforzaba porque la industrialización también era vital para absorber la elevada desocupación (mucha de ella se mantenía encubierta en el campo); y si aumentaba la productividad, como se esperaba, sería necesaria aún mayor expansión industrial para incorporar a los desocupados. Por supuesto, la desocupación también podría disminuirse si se intensificaba la acumulación en el campo: pero ello supondría desviar recursos que debían ir a la industria. La industrialización también era indispensable para desarrollar las fuerzas productivas en el campo. Dentro de la industria, había que dar prioridad a la industria productora de medios de producción, a fin de posibilitar una industrialización intensiva; o sea, con aumento de la relación medios de producción / trabajador.

El problema sin embargo era cómo conseguir los fondos necesarios para poner en marcha la industrialización. Preobrazhenski sostenía que el Estado proletario debía encarar una acumulación originaria socialista. La idea se inspiraba en lo ocurrido, según Marx, en los orígenes del capitalismo: hubo un período en cual, mediante métodos violentos, se produjo una transferencia de riqueza desde el campesinado y las colonias hacia los centros del incipiente capitalismo. De esa manera se generaron las condiciones para la posterior acumulación sostenida; esto es, para la reinversión de la plusvalía generada por el capitalismo para ampliar el capital. Preobrazhenski sostenía que un proceso similar debía ocurrir en Rusia para el surgimiento de una economía socialista. Era la “acumulación originaria socialista” (el concepto ya había sido adelantado por Smirnov). Antes de que la industria soviética pudiera autosustentarse y autoexpandirse reinvirtiendo el excedente generado por ella, debía obtener recursos de otra economía. Pero la URSS no poseía colonias; y no era posible sobre explotar a la clase obrera, como había ocurrido durante la Revolución Industrial inglesa; en consecuencia, los recursos debían obtenerse del campo. Sin embargo, no debía emplearse la violencia para arrancar el excedente a los campesinos, como había ocurrido en el Comunismo de Guerra. Por eso, el medio principal de transferencia hacia la industria sería un intercambio comercial desfavorable para el agro; el Estado soviético, utilizando su poder de monopolio, establecería precios industriales altos y precios agrícolas bajos.

Al intercambio desigual Preobrazhenski sumaba otras medidas, como impuestos a los campesinos. También era necesario fomentar el plan, aunque no fuera la solución completa de los problemas. Por otra parte, proponía medidas proteccionistas del comercio exterior, para impedir que las escasas divisas se dilapidaran importando bienes que no fueran indispensables para la industrialización o el avance tecnológico. Era consciente, además, de que debido al atraso industrial de Rusia, los campesinos presionarían por vender y abastecerse directamente en el mercado mundial. Por eso no podía levantarse el monopolio del comercio exterior.

Preobrazhenski  sostenía que la lucha estaba planteada entre la ley de la acumulación socialista originaria (basada en el cálculo del trabajo) y la ley del valor. El Estado no debía permitir que el mercado actuara libremente distribuyendo la fuerza de trabajo y los recursos a través de los precios; la acumulación originaria consistía precisamente en esto. Lo cual no significaba desconocer la ley del valor; esta debía utilizarse para la acumulación socialista. Por otra parte, “la fuerza objetiva de las leyes” de la propiedad estatal abriría el camino al socialismo. Esas leyes se impondrían y forzarían a los dirigentes del Partido a convertirse en los instrumentos del socialismo, en “agentes de la necesidad histórica”, incluso a pesar de sus errores y ceguera. En otros términos, la nacionalización de la gran industria empujaba a la planificación de la economía y a la industrialización (véase Deutscher, 1979). Es posible que esta concepción haya influenciado en su posterior decisión de respaldar el giro de Stalin de 1928-9. En el plano político, Preobrazhenski, que se alineó con la Oposición de Izquierda, pensaba que la creciente complejidad de la economía soviética hacía necesario ampliar la democracia al interior del Partido.

La polémica de los veinte: Bujarin

Bujarin compartía con Preobrazhenski la idea de que la industrialización era imposible apelando solo a los recursos de la industria, y que por lo tanto debía haber una transferencia desde el agro a la industria. Los obreros industriales eran cinco millones, en tanto los hogares campesinos eran 22 millones; era inevitable que los campesinos tuvieran la mayor carga. En lo que discrepaba con Preobrazhenski era en las vías y las formas para obtener el excedente agrario y transferirlo. En su opinión -véase Sobre la acumulación socialista, también Cohen, 1976 para lo que sigue- el programa de Preobrazhenski afectaría la smichka, o unión de la clase obrera con el campesino, como había quedado demostrado durante la crisis de 1923. Y si el campesinado se negaba a entregar productos debido a lo desfavorable de los precios, habría que volver al programa del Comunismo de Guerra. Pero ello implicaba un enfrentamiento abierto e insostenible con el campo; y la smichka era la base del poder soviético. Por otra parte, con la política recomendada por Preobrazhenski, se arruinaría la economía campesina, no habría excedente para expropiar y se achicaría el mercado interno, perjudicando también a la industria. Además, los altos precios de los bienes industriales, establecidos por poder de monopolio, generarían ganancias extraordinarias sin incentivar a los directores de empresas a mejorar la productividad. Por último, en el largo plazo, de aplicarse la propuesta de Preobrazhenski, el proletariado podía degenerar y transformarse en una nueva clase explotadora.

Por eso, Bujarin planteaba que debía promoverse una relación con el campesinado sobre una base cooperativa, bajo dirección del Estado proletario. Su idea rectora era avanzar en la transformación (o sea, no la aniquilación ni explotación) de la economía campesina a través del desarrollo económico y el mercado. Para eso se apoyaba en la autoridad de Lenin y en los últimos escritos del líder bolchevique (véase la segunda parte de esta nota), aunque poniendo el énfasis en el comercio: en lugar de las cooperativas de producción, había que fomentar las de consumo, comercialización y crédito, que se integrarían, en el largo plazo, al socialismo. Sostenía que podía llegarse al socialismo a través del mercado, y que la lucha de clases en la URSS pasaba por la competencia económica pacífica. Con este enfoque, desestimó la intervención estatal en el agro y en la producción artesanal, no otorgó importancia al plan económico, ni puso la prioridad en la industria pesada. Para industrializar a Rusia había que alentar el consumo, en primer lugar de los campesinos medios y acomodados. Para ello era necesario bajar los precios para satisfacer a las masas. Así se alentaría la demanda, que arrastraría a la industria ligera, y esta a la industria pesada. La industria soviética debía adecuarse al mercado campesino; la industria y el agro serían interdependientes, alimentando mutuamente la oferta y la demanda. Los fondos para la industrialización provendrían de los impuestos obtenidos mediante una tributación racional al campesino, o con el ahorro voluntario de los productores independientes y las cooperativas. 

En este marco, Bujarin no consideraba a la NEP como una “retirada”, sino como una política para avanzar. Sostenía que en la relación con la pequeña producción el mercado funcionaba mejor que el Estado. Es que para supervisar y guiar las funciones económicas de los pequeños productores y de los pequeños campesinos se requerían demasiados funcionarios y administradores. Pero todos esos pequeños burócratas (chinóvniki) estatales generaban un aparato tan colosal, que el gasto de su mantenimiento resultaba incomparablemente mayor que los costes improductivos derivados de la anarquía de la pequeña producción. Por lo tanto había que fomentar el comercio -donde el Estado intervendría lo menos posible- y la libertad de acumular generaría el mayor desarrollo de las fuerzas productivas. El sector estatal terminaría venciendo al privado mediante la competencia en el mercado. Bujarin planteaba que el aparato burocrático estaba asfixiando a toda la economía. Por eso, si la clase obrera no se elevaba a las tareas de control y organización de la economía, los funcionarios podían constituir el embrión de una nueva clase dirigente basada en “el monopolio de la autoridad y el privilegio” (véase Cohen, 1976). Sin embargo, aliado a Stalin, y a pesar de que se consideraba “pacifista y moderado”, no cuestionó la represión contra la izquierda ni los métodos burocráticos hasta el giro de 1928-9. De manera que en su propuesta la principal barrera al poder de la burocracia parece ser el mercado.

Destaquemos que en el esquema de Bujarin era clave que los campesinos medios y los kuláks acumularan. En 1925 lanzó una proclama que cobró fama: “A todos los campesinos globalmente, a todas las capas de campesinos, debemos decirles: enriqueceos, acumulad, desarrollad vuestras haciendas” (citada por Cohen, también Trotsky, 1973). Claramente parecía minusvalorar las tendencias pro-capitalistas que generarían el mercado y la acumulación libre; por eso no daba importancia a la influencia kulak en el campo, ni ponía el acento en la necesidad de transformar las relaciones de producción pequeño burguesas. Cuando se refería a la estructura social de Rusia, Bujarin hablaba de dos clases sociales, el proletariado y el campesinado, como si este último fuera un todo homogéneo, compuesto casi exclusivamente por campesinos medios. Tampoco tuvo en cuenta los peligros de restauración termidoriana, que podía ser vehiculizada por los kuláks y los “hombres de la NEP”, y que denunciaba la Oposición de Izquierda.

El “dilema Preobrazhenski” 

Haciendo un balance del debate, en un muy citado trabajo de 1950, Alexander Erlich planteó que la posición de Preobrazhenski encerraba un dilema. Es que el intercambio desfavorable para el campesinado abría la posibilidad de una huelga de ventas campesinas a la vista del retraso de la industria. Los campesinos se retirarían del mercado, como había ocurrido en 1923, y esto mataría la recuperación industrial, ya que la privaría del suministro de comida e, indirectamente, de bienes de producción extranjeros, por la caída de las exportaciones agrícolas. Pero por otro lado, si los campesinos forzaban al Estado a capitular, habría alza de precios de la comida, lo que iniciaría la inflación. Preobrazhenski luchó con este dilema, pero no logró resolverlo. Sostuvo que si los precios industriales eran bajos, eso tampoco ayudaba a los campesinos, ya que los intermediarios impondrían precios altos en el mercado. Sus críticos le respondieron que si esto era así, de todas maneras no ponía a salvo a la clase obrera de la inflación. Por otra parte, la propuesta de aplicar impuestos a los campesinos ricos fue criticada porque reduciría aún más los excedentes que podían ir al mercado, en una coyuntura en la cual los campesinos medios o pobres no podían cubrir esa diferencia. Preobrazhenski terminó respondiendo que la solución última de todos esos problemas era que Rusia saliera de su aislamiento. Como dice Erlich, en su peor interpretación, esto equivalía a una admisión de que todo intento de encontrar una solución dentro de los límites de la economía soviética aislada era como intentar la cuadratura del círculo. Y en su interpretación más benigna, era un esfuerzo desesperado por lograr la estabilidad de mañana a expensas de tensiones enormemente incrementadas en el presente, sin saber bien cómo resistirlas.

Digamos también que la propuesta de Bujarin parecía evitar el peligro de la huelga campesina. Además, subrayaba la necesidad de que la entrada de los campesinos a las cooperativas debía ser voluntaria, y debía cuidarse la alianza de la clase obrera con el campesino. Pero no daba respuesta al segundo cuerno del dilema de Preobrazhenski, el fortalecimiento de las tendencias mercantiles y pro capitalistas, y su preeminencia sobre la industria, que generaría la mejora de los términos de intercambio para los campesinos.

La posición de Trotsky en el debate

Trotsky consideró que el programa de Bujarin, que se aplicó entre 1924 y 1928, representaba el mayor peligro para la Rusia soviética. De ahí que se negara a hacer cualquier acuerdo programático con Bujarin contra Stalin. “La pequeña producción de mercancías crea necesariamente explotadores”, sostenía, y alertaba del peligro que encerraba el crecimiento del trabajo asalariado en el campo, y el enriquecimiento de los kuláks y los comerciantes privados (véase Trotsky, 1973). Por eso, exigió, junto a otros dirigentes de la oposición, que se frenara la economía privada, se acelerara la industrialización, se reforzara la planificación y se avanzara en la organización de cooperativas agrícolas de producción.

En cuanto al programa de Preobrazhenski, si bien tenía más coincidencias, no respaldó la extracción compulsiva de excedente a los campesinos. Al menos en el curso  del debate, Trotsky nunca hizo una declaración explícita a favor de ese programa. Y en la Revolución Traicionada reconoció que los “prestamos forzados” tomados del campesinado, cuando eran “demasiado considerables”, ahogaban el estímulo al trabajo. De todas formas, compartía la idea de que la industrialización debía realizarse tomando recursos del campesinado y que, al reforzar socialmente a la clase obrera, fortalecería los fundamentos sociales del régimen soviético. Además, entre Preobrazhenski y Trotsky había otra diferencia más sustancial, que señala Cohen: en tanto el primero razonaba sobre una industrialización socialista en la aislada Rusia, Trotsky ponía el acento en la necesidad de que una eventual revolución en Europa viniera en ayuda de la URSS.

Bibliografía:
Bujarin, N. (1973): Sobre la acumulación socialista, Buenos Aires, ed. Materiales Sociales.
Cohen, S. (1976): Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política 1888-1938, Madrid, Siglo XXI.
Deutscher, I. (1979): Trotsky. Le prophète désarmé 1921-1929, París, Christian Bourgois editeur.
Domar, E. (1957): Essays in the Theory of Economic Growth, Nueva York, Oxford University Press.
Erlich, A. (1950): "Preobrazhenski and the Economics of Soviet Industrialization", Quarterly Journal of Economics, vol. 64, pp. 57-88.
Harrison, M. (1985): "The Primary Accumulation in the Soviet Transition", Journal of Development Studies, vol. 22, pp. 81-103.
Lewis, W. A. (1959): "Desarrollo económico con recursos ilimitados de mano de obra”, Desarrollo económico, enero/abril, pp. 374.
Preobrazhenski, Y. (1970): La nueva economía, Caracas – Barcelona, Ariel.
Trotsky, L. (1973): La revolución traicionada, Buenos Aires, Yunque.