Excedente generado por la clase obrera
Rolando Astarita [Blog]
Aunque no hubo transferencia de excedente del agro a la ciudad, sí hubo una extraordinaria transferencia de mano de obra, necesaria para la industrialización. Entre 1926 y 1939 el empleo agrícola bajó de 72 a 48 millones de trabajadores; en su inmensa mayoría fueron transferidos a la industria y otras ocupaciones urbanas.
De esta manera hubo una nueva composición de la clase obrera. Los trabajadores que provenían del campo y se incorporaban a la industria carecían de experiencia sindical. Más importante aún, escapaban del hambre y estaban dispuestos a trabajar por salarios muy bajos. “La colectivización funcionó porque permitió al régimen soviético procurarse mucho grano, y por lo tanto, controlar la geografía de la distribución. Convirtió en insoportable la vida en el campo”; y en las ciudades se podía encontrar la comida que no se encontraba en el campo (Duncan, 1986). Además, muchos fueron trasladados compulsivamente a las ciudades. Para eso, las administraciones industriales firmaban acuerdos con las administraciones de las granjas colectivas, según los cuales estas últimas estaban obligadas a suministrar un número especificado de “miembros sobrantes” de mano de obra (Deutscher, 1971). Las transferencias incluían a jóvenes a partir de los 14 años de edad. Esta masa laboral se incorporaba a una fuerza laboral agotada por años de privaciones, las guerras y convulsiones sociales. Además, dado que la industrialización privilegió el desarrollo de la industria pesada en detrimento de la producción de bienes de consumo e inversión residencial, hubo una fuerte caída en los niveles de vida de los trabajadores. Por otra parte, los ritmos eran agotadores
Y en 1935 se extendió el trabajo a destajo, que puso todavía más presión sobre los obreros. Un obrero, ex campesino, escribía a un diario en Siberia, a comienzos de los treinta: “Ahora los trabajadores viven malamente. Antes vivían mejor. Trabajamos duramente por todo lo que valemos durante ocho horas y no podemos relajarnos. Si te relajas ganas poco. Pero hay todo tipo de campañas ‘suban la productividad’, ‘el régimen de economía’. En mi opinión la competencia socialista significa ‘exprime las últimas gotas de los trabajadores’. ... No puedo entender lo que está pasando ahora en nuestro país. He estado en la producción por solo un año. Antes vivía en el campo y pensaba a que los trabajadores vivían mejor en la ciudad. No hay diferencia” (citado por Kuromiya, 1985).
Todo indica entonces que la industrialización fue financiada con el excedente generado por la clase obrera. Fue un excedente obtenido por la vía de la plusvalía absoluta, esto es, exprimiendo la fuerza de trabajo. “La mayor parte de los enormes fondos de inversión de la industria era, de hecho, una deducción del presupuesto de los salarios nacionales. En términos reales, una clase obrera mucho más numerosa debía subsistir con una masa reducida de bienes de consumo, en tanto se construían las nuevas centrales, las nuevas acerías y las nuevas fábricas de construcción mecánica” (Deutscher, 1980).
En el mismo sentido, Ellman (1975) afirma que las fuentes principales de la industrialización fueron el aumento en términos numéricos de la clase obrera y la caída del salario real. Según sus cálculos, un 30% del incremento de la acumulación industrial provino del aumento de la plusvalía resultante del aumento numérico de la clase obrera, y el 70% restante por la caída del salario real (véase la parte 13 de la nota). Por otra parte, las condiciones de alojamiento en los treinta eran deplorables (ídem).
Régimen represivo sobre el trabajo
A finales de los años treinta también se endurecieron los reglamentos de trabajo. Además, aunque legalmente la jornada de trabajo era de 7 horas, en la práctica el sobretiempo era obligatorio. La regimentación y coerción sobre el trabajo fueron extremas. “Un giro político de finales de los 1930 que merece atención debido a su impacto en la vida cotidiana fue el endurecimiento de la disciplina laboral con las leyes de 1938 y 1940, que introdujeron castigos más estrictos por ausentismo y llegadas tarde al trabajo” (Fitzpatrick)
Escribe Deutscher: “… algunas de las formas de regimentación del trabajo fueron mucho más drásticas que cualquiera de las que se habían empleado en la militarización del trabajo durante la guerra civil. Los notorios y enormes campos de trabajo forzado, establecidos en la década de los treinta, constituyen un buen ejemplo” (1971). La ley de 1940 imponía penas criminales para todo trabajador que llegara 20 minutos tarde (y no importaban las deficiencias del transporte). Pasarse en los tiempos de descanso era considerado ausencia, y podían ser motivo de despido. En 1938 se estableció una libreta de trabajo, con la que se buscaba controlar los movimientos de los trabajadores, y se impuso de dos a cuatro meses de prisión para los que dejaran los trabajos. Otra sanción para los que abandonaran los empleos sin autorización o hubieran incurrido en indisciplinas laborales consideradas graves fue el desahucio de las viviendas que ocupaban, sin que se les proporcionara otro alojamiento.
Los sindicatos fueron funcionales al sistema: cuidaban de que los trabajadores recién llegados tuvieran un salario y condiciones de alojamiento elemental, pero también eran los encargados, total o parcialmente, de acostumbrar a los recién llegados a la disciplina laboral (ídem). Además, “[e]l sindicato soviético desalentaba las huelgas y detrás del sindicato estaba la policía política” (Deutscher, 1971). Las malas condiciones de vida y alimentación afectaron la productividad y causaron una alta tasa de rotación, así como insatisfacción en los trabajadores.
División de la clase obrera
Con la industrialización el número de obreros industriales creció rápidamente. Solo entre 1928 y 1930 pasó de 2,7 millones a casi 3,7 millones. Pero la incorporación de cientos de miles de nuevos trabajadores a la industria no fortaleció proporcionalmente a la clase obrera, ya que dio lugar a divisiones en su seno; divisiones que fueron aprovechadas por las direcciones de empresa y la burocracia.
Según Kuromiya (1985) los nuevos (ex campesinos en su inmensa mayoría) eran vistos con desconfianza por los trabajadores viejos, eran objeto de discriminación, prejuicios y hostigamiento y maltratado por la administración y los capataces. Pero las direcciones también se aprovechaban de su inexperiencia y necesidades para erosionar el poder de la vieja clase obrera. Es que los nuevos, en búsqueda de salarios más altos, hacían horas suplementarias (trabajaban entre 10 a 12 horas por día) lo que llevaba a las administraciones a elevar las cuotas del pago por piezas. Esto generaba hostilidad por parte de los trabajadores viejos, que hostigaban a los recién llegados y exigían el derecho exclusivo a ocupar la mejor posición en la producción. A su vez, los nuevos envidiaban las mejores condiciones de trabajo de los viejos. Por otra parte, los nuevos no veían diferencias entre el antiguo propietario capitalista y el director rojo, al que consideraba un explotador. Los sindicatos tenían grandes dificultades para instruirlos políticamente. Incluso costaba que entendieran la diferencia entre el sindicato y el management. Para la dirección del Partido este estrato, proveniente de la pequeña burguesía, no estaba en condiciones de lidiar con las dificultades de la construcción socialista. Pero por otra parte, Stalin se montó sobre las diferencias para acentuarlas y debilitar la resistencia de los viejos trabajadores a su política de “racionalización de la producción”. Según Stalin, la racionalización significaba sacrificios “temporarios e insignificantes” que los viejos obreros no estaban dispuestos a aceptar. Los trabajadores estaban acostumbrados a cerrar filas frente al capataz y rechazaban a los que buscaban romper las primas en la producción a destajo. Para quebrar esta “cultura del trabajo”, Stalin apeló a las brigadas “de shock”, desde comienzos de 1929, y a la competencia socialista para mejorar la productividad y aumentar la disciplina laboral.
Al principio estos movimientos fueron organizados por jóvenes obreros calificados. Hubo un choque con los viejos, quienes consideraban a los jóvenes rompehuelgas y traidores. En juego también estaban los antiguos oficios, que se ponían en peligro por la mecanización; se pensaba que mucho del trabajo calificado estaba siendo reemplazado por trabajo semi-especializado. Partidarios del taylorismo soviético atacaron a los viejos por su conservadurismo, y hubo intentos de debilitar o romper la vieja cultura de trabajo de los viejos obreros. Lo cual provocó resistencias y descontento. A fines de los 1920 este entrelazamiento de obreros viejos descontentos y nuevos indisciplinados creó dificultades “de orden social” y llevó a algunas huelgas. Si bien los viejos se beneficiaban de la proletarización del partido y del Estado, por otra parte perdían terreno y se sentían inseguros. La dirección stalinista condenó la reacción de la “aristocracia obrera” contra los nuevos y denunció sus tendencias sindicalistas. Estos trabajadores viejos tenían las tradiciones del viejo sindicalismo, más pluralista y libre, y deben haber resistido el ataque a los sindicatos, a los que dominaron durante los 1920.
Stajanovismo
En 1935, junto a la generalización del trabajo a destajo, las brigadas de choque fueron reemplazadas por el movimiento stajanovista. El nombre se debe al minero Alexéi Stajánov, quien según las autoridades había producido en un solo turno una cantidad asombrosa de carbón. Se premiaba entonces a los obreros que establecían récords de producción; los stajanovistas de hecho prolongaban su jornada para superar las normas establecidas, y de esa manera las elevaban para el conjunto de la clase obrera. Además, las cifras eran infladas, y en la realidad los récords se conseguían con la ayuda del resto de los trabajadores. El stajanovismo provocó resentimiento entre muchos obreros, y fue un nuevo factor que potenció la división al interior de la clase obrera.
Explosiones de resistencia sin alternativa de fondo
Las duras condiciones de vida, los bajos salarios, los ritmos acelerados, el resentimiento generado por la burocracia y las políticas de división, dieron lugar a algunos estallidos de resistencia obrera. Uno de los más importantes fueron la huelga y manifestaciones callejeras de más de 16.000 trabajadores textiles de la Región Industrial de Ivanovo, a principios de 1932 (véase Rossman, 1997). El motivo fue la reducción de las raciones de alimentos a un nivel que impedía la reproducción física de los trabajadores y sus familias (se había establecido 4 kilos de pan cada 10 días por persona). La fuerza del movimiento y el cuestionamiento que hubo a la política de industrialización, obligaron a la dirección soviética a dar concesiones: se transfirieron recursos desde la industria pesada a la liviana; en mayo de 1932 se legalizaron los mercados de las granjas colectivas; y en octubre se elevaron los salarios industriales, lo que mejoró el nivel de vida de los obreros en las ciudades. Estas concesiones permitieron que cientos de miles de familias de los estratos de menos ingresos pudieran sobrevivir a la hambruna.
Sin embargo, el movimiento también precipitó medidas represivas contra la resistencia a nivel de los lugares de trabajo y la indisciplina, y en agosto y noviembre de 1932 se aprobaron leyes contra el robo de la propiedad socialista y el ausentismo. “El legado de las huelgas, por lo tanto, fue ambiguo” (Rossman). Filtzer (1996) también dice que en los treinta hubo huelgas y manifestaciones callejeras, y que la insubordinación, incluyendo ataques físicos a los directores de empresas y a los stajanovistas, era común. Pero la mayor parte de las veces se trató de explosiones espontáneas de rabia y frustración frente a las condiciones de trabajo que empeoraban y la escasez de bienes. No hubo una oposición coordinada y con un programa capaz de ser alternativa del stalinismo; el curso de fondo de la política oficial no se modificó.
¿Poder obrero frente a la burocracia?
Se ha argumentado que la industrialización tuvo un carácter extensivo, y dado que a partir de los inicios de los 1930 no hubo desocupación (en realidad, había carencia de mano de obra), la clase obrera habría dispuesto de un importante poder de negociación al interior de los lugares de trabajo frente a las administraciones de empresa y las instancias superiores. Era fácil conseguir trabajo, y existía seguridad laboral; era raro que se despidiese a un trabajador. De ahí también que hubiera una presión de la clase obrera, que se hacía sentir a través de la alta movilidad entre las empresas. Ese flujo de trabajadores existió desde los primeros años de la industrialización, y aunque intentó ser combatido por el Gobierno con medidas represivas, se mantuvo hasta el final de la URSS. De ahí que las direcciones de empresas se vieran obligadas, a menudo, a ceder y negociar con los trabajadores de planta. A la rotación de la mano de obra se sumaron otras formas de resistencia: ausentismo, bajos ritmos de producción y alcoholismo.
Sin embargo, hay que relativizar el poder de negociación que tuvo la clase obrera soviética. Es cierto que la desocupación no actuaba como elemento de coerción, como sucede en el capitalismo. Desde este punto de vista, los trabajadores siempre podían apelar al cambio de trabajo. Pero de conjunto, se trataba de una acción defensiva y despolitizada, igual que lo fueron otras acciones de rechazo, tales como el ausentismo, la desatención y el bajo ritmo en el trabajo, o incluso el alcoholismo. Dice Filtzer: “La industrialización había dado lugar a una relación laboral específica en la cual los trabajadores habían devenido incapaces de confrontar a la elite dirigente o la management industrial como una entidad colectiva, en búsqueda de objetivos políticos o económicos más elevados. La naturaleza burocrática y sin plan del sistema, de todas maneras, con su ausencia de regulación económica, permitió a los trabajadores imponer sanciones negativas directamente en el punto de producción. Esto no era ‘resistencia’, sino una acción defensiva individualizada ejercida por una fuerza laboral esencialmente despolitizada y atomizada” (1996).
Pero incluso esa capacidad de “sanción negativa” de la clase obrera al interior de las plantas, de la que habla Filtzer, parece exagerada. Harry Braverman, en Trabajo y capital monopolista, escribe: “En la práctica, la industrialización [soviética] imitó el modelo capitalista; y conforme la industrialización avanzaba… la Unión Soviética establecía una organización de trabajo diferente solo en detalles a la de los países capitalistas, en tal forma que la clase obrera lleva [el texto es de los 1970] todos los estigmas de las clases obreras occidentales”. En cualquier caso, las negociaciones con las direcciones de empresas tenían límites de los que todos eran conscientes, y no se pasaban. Menos todavía había lugar para cuestionar las orientaciones políticas generales del Gobierno soviético.
Bibliografía:
Braverman, H. (1982): Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX, México, Nuestro Tiempo.
Deutscher, I. (1971): Los sindicatos soviéticos, México, Era.
Deutscher, I. (1980): Trotsky, le prophète hors-la-loi, Paris, Union Générale d’Editions.
Duncan, C. A. M. (1986): “On Rapid Industrialization and Collectivization: An Essay in Historiographic Retrieval and Criticism”, Studies in Political Economy, vol. 21, pp. 137-155.
Ellman, M. (1975): “Did the Agricultural Surplus Provide the Resources for the Increase in Investment in the USSR during the First Five Year Plan?", The Economic Journal, vol. 85, pp. 844-63.
Filtzer, D. (1996): “Labor discipline and the decline of soviet system”, International Labor and Working-Class History, Nº 50, pp. 9-28.
Fitzpatrick, S. (2005): La Revolución Rusa, Buenos Aires, Siglo XXI.
Kuromiya, H. (1985): “The Crisis of Proletarian Identity in the Soviet Factory, 1928/1929”, Slavic Review, vol. 44, pp. 280-297.
Mandel, E. (1969: Tratado de economía marxista, México, Era.
Rossman, J. (1997): “Strikes against Stalin in 1930s Russia”, Russian Review, vol. 56, pp. 44-69.